La invasión (post apocalíptica y audiovisual) de Oriente a Occidente

A los universos narrativos distópicos, que son cada vez más representativos de la producción audiovisual cubana, dedica espacio este comentario a propósito de dos cortos vistos en la Muestra Joven, 2018.

Fotograma de Adiós para siempre, preciosa.

Foto: Cortesía del autor

Los relatos distópicos no resultan tan extraños a la fílmica cubana contemporánea, como pudiera pensarse, incluyendo las historias de específico sino post apocalíptico, con producciones como Válvula de luz (Miguel Coyula, 1998), mediometraje indie que pudiera considerarse verdadero precursor para obras siguientes, como los cortos Brainstorm (Eduardo del Llano, 2009) y Diario de la niebla (Rafael Ramírez, 2015), o los largometrajes Juan de los muertos (Alejandro Brugués, 2011), Omega 3 (Eduardo del Llano, 2014) y Year of Meteors (Rafael Ramírez); este último en etapa de posproducción.

Mientras las más breves de las obras referidas proponen soluciones dramatúrgicas y conceptos más autorales, Juan… y Omega… están nítidamente ancladas en estéticas y conceptos al uso en los predios de la ciencia ficción y el terror a escala mundial, donde el cine de zombis ha devenido un verdadero subgénero. Lo mismo para la sci fi bélica llena de trompetazos del Fin del Mundo. Respectivamente sintonizados con semejantes frecuencias discursivas, arriban a la palestra fílmica nacional dos recientes abordajes del fin de la existencia como la conocemos: Adiós para siempre, preciosidad (Enmanuel Martín, 2017) y La sed humana (Danilo C. París y Daniel Alemán, 2017), incluidas en la Selección Oficial de la edición 17 de la Muestra Joven ICAIC.

Ambas películas establecen un eje apocalíptico entre las dos ciudades más importantes de Cuba: Santiago de Cuba y La Habana. La primera, infestada por los muertos vivientes, sin ningún Juan que los extermine a domicilio. La segunda, carcomida por una guerra definitiva donde los sobrevivientes se han visto reducidos a la más elemental (¿y animal?) brega por llegar al otro día, entre las ruinas de la urbe convertida en campo de batalla. Acorde también con pautas del más acertado cine post apocalíptico, los realizadores de ambas piezas se decidieron por hurtar las causas originales de los respectivos desastres, concentrándose en historias mínimas, íntimas, donde se exploran las conductas de los seres humanos sometidos a extremas circunstancias de-civilizatorias.

Fotograma de La mazana, episodio de La sed humana.

Foto: Cortesía del autor

En tal estado de cosas, el derrumbe de todo el constructo normativo de la convivencia en comunidad provoca el desembarazo de las máscaras sociales portadas, a tenor del sistema regulatorio ético-moral de la sociedad, a favor del desenfrenado florecimiento final de una verdadera orgía de los instintos. De la primacía del yo sobre las ruinas del “nosotros” y del retroceso brutal hacia los elementales orígenes de la especie, forjada en un mundo signado por la competitividad, donde el exterminio natural del débil bajo el fuerte es la única ley no escrita. Donde el concepto de “libertad” cristaliza en todo el horror de su esencia prístina. Es la expansión global de unas dinámicas conductuales carcelarias, en las cuales, al decir de Dostoievsky en Recuerdos de la casa de los muertos, se reconoce la verdadera naturaleza humana.

Adiós… y La sed… representan, una vez más, dos de las principales polaridades planteadas por el subgénero que suscriben: la referida eclosión de los instintos, para el caso de la obra de Martin; y la lucha sin cuartel por la supervivencia propia y del estrecho círculo familiar, clánico, en el caso de la propuesta de París y Alemán.

Desde una ya usual estética trash con tintes camp, Enmanuel Martin (El iglú, 2008) estructura con su corto una grotesca fábula erótico-escatológica, resultando el Apocalipsis Zombi el escenario propicio para la desenfrenada germinación de parafilias extremas y mórbidas, donde se mixturan el BDSM, la necrofilia y la zoofilia —en tanto el muerto viviente puede verse como un esclavo, irracionalmente sumiso hasta la bestialidad más absoluta. Sin alcanzar los extremos de cineastas como Lucio Fulci (Zombi 2, 1979), Umberto Lenzi (La invasión de los zombies atómicos, 1980) o Jörg Buttgereit (Nekromantic, 1987), Martin suma a su madeja de perversiones, más insinuadas que explícitas, la represión sexual como catalizador para el homicidio. O más bien, el homicidio visto como sucedáneo de la violación, como embozo misógino de la Venustrofobia[1] o la Ginecofobia[2] más general.

De manera consciente o inconsciente, el cortometraje termina resultando una alegoría deconstructiva de la masculinidad como postura violenta hacia un objeto de terror tan puntual como la mujer y todo su vórtice de misterios. Pues a lo desconocido generalmente se responde con agresión y sometimiento. Por eso, la carga protagónica terminaría recayendo sobre el personaje, llana pero definitoriamente nombrado como Héroe (Abraham Martín), más que sobre la vamp Mirna (Katerine Arias), dotada de una engañosa axialidad, cuando resulta el verdadero “monstruo” de Adiós para siempre, preciosidad.

Fotograma de Estereoscopio, Episodio de La sed humana

Foto: Cortesía del autor

Una vez más, la caída de la civilización como la conocemos es contexto y pretexto, convirtiéndose el mundo entero en gran laboratorio o corral para observar(nos) a los humanos en estado irrestricto, donde libertad y anarquía devienen sinónimos, donde todas las taxonomías morales se diluyen a favor de un darwinismo feroz y elemental.

Tal problemática se ve igualmente planteada en “La manzana”, historia inicial —y a la larga, la más lograda— de las tres que conforman La sed humana, aunque los realizadores se ubican en una perspectiva distópica de la niñez como canónica encarnación de la pureza, del bien y la esperanza. Pero también puede asumirse la infancia como un estado de absoluto descondicionamiento, de una pureza libre de cualquier reductor enfoque ético-moral y, sobre todo, una fase de irrepetible plasticidad, donde el homo sapiens es competentemente capaz de adaptarse a las circunstancias más agrestes, en pos de sobrevivir y primar.

Así pues, “La manzana” resulta más una fábula sobre la mera adaptación que sobre la corrupción. Adaptación que implica una reconfiguración a fondo de los sistemas de valores, ya que las historias post apocalípticas proponen, en sentido general, circunstancias post modernas donde, con el desmoronamiento de la civilización “moderna” —y de la ciudad como su encarnación material y monumental— colapsa de una vez y por todas su sistema completo de paradigmas y valores acumulados por milenios…instrumentados, quebrados, torcidos, burlados y violados hasta las heces. No en balde las revelaciones (apocalipsis) hechas a San Juan auguran un epílogo ineluctable para los rumbos que remonta la Humanidad desde sus inicios. Más allá del lenguaje altamente simbólico, se establece una deconstrucción sociológica, antropológica y cultural de la especie, que determina el kilómetro cero de los relatos distópicos sobrevenidos en abundancia siglos después.

“La manzana”, con la única (anti)heroína funcional de toda la película, sintonizada con las necesidades inmediatas y no con paradigmas abstractos, hubiera sido otra interesante opción para concluir esta trilogía. Aunque la epilogar “Tempestad” puede interpretarse como una veladamente sutil y sardónica alegoría al “sacrificio inútil” del uno a favor de la supervivencia de los otros. Con lo que, contrario al superficial tono optimista que algunos pudieran apreciar, termina muriendo definitivamente el viejo mundo moderno con su descontinuado sistema de valores, incluyendo la sacrosanta institución de la familia. Aquí hay optimismo, pero no moderno, sino basado en la capacidad de la especie en sobrevivir a las propias molduras autoimpuestas, cuyo arcaico enquistamiento solo puede exterminar a sus gestores. La vida resiste, trasciende y se lanza a continuar su curso a partir de nuevos senderos, nuevas reglas y nuevos métodos. (2018)

Notas: 

[1] También conocida como Caliginefobia o “Complejo de Licea”, es un miedo injustificado a las mujeres hermosas.
[2] También calificada como Gineobia, es un temor o desagrado hacia todas las mujeres.

 

Un comentario

  1. Alexis Abreu

    El Arte Cubano. goza de gran salud joven y es polémico. A veces llega al mundo de manera apasionada para
    mostrar cuánto tenemos como creadores y difusores de una cultura con personalidad propia, con mucho que decir y mostrar.

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