Ladrones de bicitaxis ante las ruinas de Pompeya

Una segunda aproximación al más reciente estreno del cine cubano Últimos días en La Habana y de su director vivo más importante: Fernando Pérez.

El actor cubano, Patricio Wood, en Últimos días en La Habana.

Foto: Fotograma del film

Disfrutar de una nueva película de Fernando Pérez siempre es un privilegio para quienes amamos el cine cubano. El director de Clandestinos, La vida es silbar y José Martí, el ojo del canario, regresa con otra historia que, según su propio título, Últimos días en La Habana, escoge como escenario a la capital de una isla en plena ebullición. Esta vez retoma el ambiente escenográfico que predominó en su filme semidocumental, Suite Habana y propone, como telón de fondo, fragmentos de una ciudad sucia, promiscua y escandalosa.

A diferencia de su anterior producción (La pared de las palabras), Pérez renuncia al pesimismo abrumador de aquella y opta por un discurso sobre la conquista de la felicidad, según lo que esta pueda representar para cada quien.

Diego, gay enfermo de sida, comparte su destartalado apartamento con Miguel, hombre maduro y taciturno que sueña con irse al “yuma”, con el mismo empeño sicótico con que cuida de su amigo. Otros personajes intervienen en sus vidas, lo que dramatúrgicamente se traduce en escenas de una sórdida comicidad que poco aportan al núcleo de la trama. Los dos elementos en verdad contrastantes en el filme son la depauperación física del entorno, graficada a través de la fotografía del maestro Raúl Pérez Ureta, y la calidad humana que se manifiesta en la convivencia de Miguel y Diego, dos sujetos diametralmente opuestos.

Es cierto que no pocas vías de nuestra urbe capitalina muestran un nivel de hacinamiento y precariedad material insoportables. La calzada de Monte, por ejemplo, y aún peor, la calzada de Diez de Octubre. Sin embargo, ahora que el turismo está en expansión, estas arterias citadinas no parecen, a primera vista, muy concurridas por los extranjeros, que aun prefieren el folklorismo maquillado del Centro Histórico. No obstante, la mirada de la occidental clase media parece celebrar con regocijo morboso la calamidad de ciertos espacios, que a su vez ocultan un montón de paradojas invisibles para el ojo turístico. Hay que ver la avidez con que el fisgón de paso dispara el obturador ante imágenes que, para nosotros, son en extremo triviales o vergonzosas. De igual modo, el audiovisual se convierte en expositor y mediador idóneo de lo que la ciudad tiene de umbrío y exótico, ya que basa su referente en la fragmentación del espacio urbano que muestra. Además, no hay posibilidad de “contaminación”, el lente ofrece un mirador virtual del basurero real.

Confieso no haber superado aún la inquietud que me produjo el filme la primera vez que lo vi, hace un año, en pre-estreno durante la apertura de la Muestra Joven ICAIC 2016. El buen cine, más allá de sus luces y sus sombras, siempre resulta una lectura infinita, un pozo de emociones al que se puede recurrir una y otra vez. Toda la obra de F. Pérez goza de esa cualidad. En este caso, es evidente que hay muchas maneras de enfocar la ciudad como telón de un argumento cinematográfico. Las diferentes Habanas registradas en los filmes de Fernando Pérez no se parecen entre sí; a fin de cuentas, cada relato precisa de su propio estado de ánimo y de una atmósfera particular. La Habana de Madagascar es lóbrega y kafkiana; la de La vida es silbar es trasparente y azul. La de Últimos días… viene cargada de churre, dolor, sonrisas y esperanza. Pero, para ser sincera, creo que esa esperanza está más en mi imaginación que en la imagen que se desprende de la ciudad mostrada o de la historia contada.

Los actores Jorge Martínez y Patricio Wood, en Últimos días en La Habana.

Cierta vez Roman Gubern preguntó a Carlos Saura si se sentía capaz de hacer cine político.  Saura contestó que todas las películas eran políticas: unas por omisión, otras por alusión, otras por evasión. ¿Cuál de las tres condiciones se podría atribuir a la presente obra de Fernando Pérez?, me pregunto; porque no creo en la inocencia de una imagen artística, aunque me fascine la libertad de su interpretación. Los filmes producidos por el neorrealismo italiano sufrieron la censura de los aparatos gubernamentales que consideraban una afrenta al pudor nacional, presentar una Italia de postguerra arruinada, hambrienta y paupérrima. Algo impulsaba a De Sica y a Visconti a mostrar las llagas de su propio país; quizás como terapia de choque en la lucha por alumbrar un futuro próspero. ¿Sería este el propósito de F. Pérez?

Angustiada por una incógnita que no consigo develar, me fui a casa de mi amiga Karla, que vio el filme hace unos días. Quería saber la opinión de alguien que desconoce absolutamente el análisis fílmico y la crítica cinematográfica; ni podría esgrimir ningún recurso valorativo, más allá de su sensibilidad de persona medianamente culta. Lo primero que hizo fue poner renglón aparte todo signo de pobreza, penuria y miseria patentes en el filme. “Más allá de todo eso, que sí, es verdad, está ahí, lo que busco y encuentro en cada película cubana –me dijo- es el tema de los valores, sentimientos y emociones, que en esta película llegan a un nivel descomunal. Eso es lo que siempre me reconforta del cine cubano. En esta película hay una historia de amistad y lealtad descomunal. También es cierto que esos valores, sentimientos y emociones parecen más auténticos por el contexto físico en que se inscriben. No es lo mismo sostener una amistad incondicional con un homosexual enfermo de sida, dueño de una mansión en Miramar, que compartir un techo de dimensiones paupérrimas, en un solar de Centro Habana o la Habana Vieja. No me parece. Es patético ver a los familiares de un sidoso moribundo disputarse un cuartucho de mala muerte que huele a mugre. Y eso pasa en Cuba todos los días. La principal virtud de esta película es que no propone personajes buenos, correctos, positivos, en contraposición a personajes negativos, malos, incorrectos.”

Le digo: pero es que el marcado marginalismo no deja lugar a los matices. Y ella vuelve a la carga. “Fíjate: lo primero que dice [la película], a mi modo de ver, es que nada es absolutamente malo, ni absolutamente bueno. Segundo, que el ser humano tiene derecho a concretar sus sueños por anodinos que parezcan. Un sueño cumplido equivale casi a un ser humano feliz. Tercero, que siempre es tiempo de volver a empezar, de encontrar la felicidad, que tiene muchas caras. Los anhelos de Miguel no son menos importantes que los de Yusi. Esa película es un canto a la vida.”

Me sobrecoge la simpleza de esta última frase.

De inmediato caemos en el tema de las actuaciones. Mi amiga Karla considera que Jorge Martínez (Diego) y Patricio Wood (Miguel) sostuvieron un duelo histriónico muy parejo, a pesar de que Martínez tenía un personaje con múltiples parlamentos y una personalidad bajo circunstancias complicadas. Tenía texto y contexto para irse por encima de Wood. Pero este último fue todo un coloso, al explotar su capacidad de expresar sentimientos muy intensos con una mirada, un gesto, una breve frase.  Es lo que se dice la personalidad de un actor total. Patricio Wood desaparece y, en su lugar, aflora un sujeto lacónico, de mirada medio estúpida, a quien los golpes de la vida han dejado seco en la superficie, pero en cuyo interior vive con ímpetu su ambición de fuga y su búsqueda de la felicidad. Todas sus energías están dedicadas a su fe. Es pura paciencia, pura mansedumbre, como se define a sí mismo: el Hombre Lobo en Londres, sin Londres.

Su contraparte, Diego, construye su alegría en el desespero de cada minuto en que puede reír y respirar. Vive robando instantes a la muerte, hasta que se cansa de vivir como un enfermo, como un montón de carne y huesos postrados. Es tan humano luchar como claudicar. Para mí, esa salida de Diego es lo mejor del filme, es el verdadero respeto por la vida, por el libre albedrío.

Por lo demás, Karla y yo estamos de acuerdo en que el resto de los personajes no fluyó como debía. El proxeneta y su novia, la sobrina Yusi y su novio, la tía, la prima, la vecina chusma, Avatar, Mowgli, Pocahontas…, lucieron inorgánicos, de una forma u otra,  Yusi la peor de todas. El cine cubano tiene una cuenta pendiente con la presentación de relatos sobre personajes adolescentes, pero esta no era la película de Yusi. No solo está fuera de lugar el protagonismo que intenta dársele en determinado momento, sino el monólogo que mal dice al final. Además de matar la intensidad de un cierre muy logrado con el plano de la nieve, ella introduce una serie de conclusiones innecesarias; (a esa hora nos enteramos de que P3 no era un chulo cándido, sino un rufián con bicitaxi, etc). Yusi se descalabra en su propia caricatura, en su recitación aburrida y memorística. Su mejor momento estuvo dentro del escaparate, del cual no debió salir jamás.

A la excelente fotografía de Pérez Ureta, se une en virtuoso tándem la destacadísima dirección de arte de Celia Ledón que, sobre todo en la ambientación y el atrezo al interior de la vivienda, cumple en rigor con el principio descrito por Einsenstein: “El objeto debe elegirse, volverse y situarse en el campo del encuadre de manera que, además de la imagen, se engendre un complejo de asociaciones que redoblen la carga emotiva y la idea del fragmento.  Así se crea el cuadro dramatúrgico. Así el drama se enquista en el tejido de la obra.” (1)

Fuera del carnaval de proposiciones epidérmicas, esgrimidas por los personajes secundarios, la relación entre Diego y Miguel pudo explotarse mucho más.  Es evidente que un guion mucho más concentrado en los protagónicos hubiera requerido una especial habilidad para movilizar la sensibilidad y conmover, sin traficar espuriamente con las emociones del público. Nunca apuesto por el llanto a mares, sino por los ríos de pensamientos. Y esa solidez, esa espesura conceptual es la que falta en estos últimos días, tanto en La Habana como en París, ya sea por omisión, por alusión o por evasión. (2017)

Notas:

1.- Serguei Einsenstein, Anotaciones de un director de cine. Editorial Progreso. Moscú (s. a.)

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