Miradas de género: monólogo para mujeres

En Lavando calzoncillos salta a la vista el punto de vista del director, capaz de captar la complejidad de la vida de una mujer.

Fotograma de Lavando calzoncillos

La selección del monólogo interior como vía de expresión es el acierto más interesante de la propuesta.

La cafetera cuela en la hornilla eléctrica el café mañanero. La leche del desayuno está lista para la familia. El esposo y el hijo salen a trabajar y estudiar según corresponde; ella se queda allí, en su camiseta y short hogareños, los despide en la puerta y comienza su día de labores domésticas. También comienza su catarsis diaria, su grito interior de… ¿esto es justicia? Así se muestra esta mujer que no cesa de hablarse (nos) y hacer la diatriba  contra el hombre ausente.

Cuando empezamos a ver la animación de Víctor Alfonso Cedeño, Lavando calzoncillos (2012),  lo primero que salta a la vista es el punto de vista del director, capaz de captar  la complejidad de la vida de una mujer cuyo trabajo es realizar las tareas de la casa y atender a su esposo e hijo.

Esta es una historia en la que, mediante un monólogo, el personaje femenino devela la monotonía, el hastío de su vida cotidiana. Aderezado con el humor que Cedeño suele propinar a sus historias[i], este cortometraje exhibe, sin embargo, cierta mueca entre la sonrisa y la angustia. Una especie de relación en la que podríamos, a la vez, degustar con placer o vomitar con la rabia de la impotencia.

Una historia lineal, contada a través de un día en la vida de esta mujer y en la que la repetición de acciones, de palabras y quejas son la manera de marcar  el absurdo de su vida cotidiana y cargante.  El tema de las tareas domésticas y la carga de trabajo y esfuerzo que implica para ellas –labor que nuestra cultura insiste en volver invisible e irreconocible en tanto trabajo por demás no remunerado—ha sido difícil encontrar en nuestro audiovisual.

La propuesta se vuelve más interesante cuando el riesgo ha sido representarlo desde el lenguaje de la animación y además, afrontado desde la mirada de quien (re) conoce la violencia machista implícita en el ejercicio naturalizado de la vida doméstica que involucra, además, la ubicación del espacio privado como “reino privilegiado” del género femenino. Este espacio es simbólico, pues ha sido un topos recurrente para hablar del sometimiento histórico de las mujeres y sus estrategias de resistencia, construidas también desde lo privado.

El corto de marras nos muestra la casa, en tanto sitio en el que esta mujer asume las riendas: así lava, organiza el cuarto, cocina y, mientras, su monólogo interior cuestiona a su esposo  y la vida que hace, alejado de la realidad del día a día, y en la que ella y el trabajo que realiza son incorpóreos. La historia muestra dos líneas interesantes: una, relacionada con la vida matrimonial de esta pareja que ha hecho de la rutina su propia existencia; la otra,  la invisibilidad del trabajo doméstico que la ha destinado a un repetido de quehaceres que le impiden descubrirse en su sexualidad plena. La salida al espacio público del personaje sucede, precisamente, porque lo único que le queda para defender es ese territorio “privado” del que su esposo forma parte. Por ello el acto de presencia en el trabajo de él –la salida que realiza a visitar al esposo–  es una marca del espacio del cual ella es, absurdamente, la dueña.

Que el realizador seleccione el monólogo interior como vía de expresión es el acierto más interesante de la propuesta. Asumir la primera persona ha sido la manera de evidenciar un conflicto que es evocado desde el drama de quien lo vive y no desde otro que  lo nombre. La mirada de Cedeño es una apuesta desde la voz del conflicto y por ello también ese conflicto se revela tan veraz, pues no atraviesa  los filtros de la compasión y mucho menos los de la burla. Una de las secuencias que mejor explican esa mirada es la escena del baño, en la que el desnudo de ella, mujer envuelta en carnes, con la celulitis evidente, se vuelve un plano al estilo de la película Las mujeres de verdad tienen curvas (2006), de Patricia Cardoso, con aquellos deliciosos personajes que comienzan a desvestirse y muestran la verdad de la vida y las mujeres de todos los días: latinas –cubanas, en este caso–  llenas, gorditas y hermosas en esa robustez, porque esa cotidianidad, esa supervivencia de todos los días, las hacen llevar la belleza verdadera, la que emana de la resistencia, no de lo impostado que muestran y venden los medios.

Sin embargo, Víctor Alfonso le ofrece al panorama del hastío cotidiano algunos instantes en los que la rutina pasa por ciertos encantos. Dormir juntos y ver la Tv parecieran actos exentos de placer, pero en el tono que la imagen le imprime acude a una belleza sutil que se percibe, precisamente, porque su historia está contada desde la mirada de quien ha comprendido que no es un tema fácil de juzgar. Sin embargo, se muestra radical cuando la voz de la protagonista lleva la narración porque es el gran tema que atraviesa su propuesta: mientras lavo calzoncillos y sostengo el espacio de lo privado, tú sales a buscar el dinero y a disfrutar de la vida afuera; mientras llevas una vida en el espacio afuera, soy invisible, mi trabajo es invisible. Así pareciera susurrarse como enunciación fundamental en esta historia, una especie de Mrs. Dalloway[ii]  acriollada.

Creo que, como su contemporáneo Bárbaro Joel Ortiz en su animación 20 años, este realizador se aventura en un posicionamiento ético y humano con respecto a lo que les sucede a las mujeres que hacen del trabajo doméstico, invisible, y sus vidas. Mientras Ortiz apela a un conflicto intenso: una pareja interracial y humilde, con un hombre que es el estereotipo perfecto de la hegemonía y el machismo cubano; Victor Alfonso Cedeño recurre a una historia que, de tan veraz, se ha vuelto natural y cotidiana, incuestionable casi. Por ello construir esta propuesta audiovisual sin una mirada sesgada por la dominación masculina, y además lograr el impacto a través de la animación con la técnica del flash –el típico dibujo que apela a la rapidez y cierto minimalismo–, es aún un mérito más interesante. Claro, la mueca entre la rabia y la sonrisa es su virtud, esa sensación de la inquietud…porque este monólogo de las mujeres para las mujeres es  la pregunta que nos asalta: ¿cuántas veces no hemos vivido esa historia, aunque solo sea como espectadores,  como público que observa y no se cuestiona, desde el espectáculo de quien conoce la injusticia pero no hace nada por cambiarla? Esta historia denuncia, provoca,  esa es una de sus apuestas.

Este tipo de narración apela a un conflicto que, para muchas personas –así lo he leído de algunos críticos también–, es el drama de mujeres que parecen preferir este tipo de vida; comentan que son actitudes de auto-sometimiento. Insisto en desconfiar de esa lectura sesgada por una mirada que desconoce todas las variables que complejizan el tema del trabajo doméstico y el destino de las mujeres, al parecer “incuestionable”, a ser sus depositarias “divinas”. Cedeño complejiza, parece entender a su personaje, hablar desde sus sensaciones y frustraciones. El guión, del que también es autor, asume en cada palabra la impronta de vivencias que este realizador ha sabido captar y respetar para ser representadas y convertidas en voces de mujeres y, lo que pareciera ser un estereotipo, es la fuerza convincente del personaje para ser precisamente todas las mujeres, o al menos…muchas, muchas más de lo que debiéramos en pleno siglo XXI, a pesar de los decenios que nos separan de Virginia Woolf y Simone de Beauvoir. Parecieran estar ahí todavía…hablándonos… ¿o no?


Notas:

[i] Anteriormente ha dirigido las tres partes de los cortos de animación: Danny y el club de los berracos. Con ellas se ha presentado en las Muestras de Cine joven que se realizan en el ICAIC y en otros espacios de difusión.

[ii] Novela escrita por Virginia Woolf y publicada en 1925.

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