Mujer ante, durante y a través del espejo

Con Mujer ante el espejo, la documentalista Marisol Trujillo trasciende las fronteras vernáculas y se proyecta sin límites, con la auténtica fortaleza de su hondura sensitiva.

La bailarina cubana Rosario Suárez, motivó a la realizadora Marisol Trujillo para su documental Mujer ante el espejo.

La pasada década del ochenta marca el apogeo del documental cubano hecho por mujeres: Mayra Vilasís, Miriam Talavera, Rebeca Chávez, Belkis Vega y Marisol Trujillo son nombres indispensables en ese recuento y, de alguna manera, suponen la continuación del legado de Sara Gómez. Sin embargo, aunque desde el punto de vista temático y cuantitativo no hay sustanciales diferencias con la producción ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos) de las décadas anteriores, cualitativamente se advierte en general una declinación con respecto a la excelencia discursiva, al menos en lo que a experimentación se refiere.

Es probable que un acercamiento científico al estudio del documental cubano de este período permita arribar a postulados más sustanciales; incluso pudiera aventurarse la hipótesis de que el audaz manejo del lenguaje cinematográfico, como instrumento narrativo, en función de dinamitar las fronteras entre el universo ficticio y la realidad, permitió la realización de las obras más significativas en esa década. El caso de Enrique Colina, por ejemplo, que debuta entonces como documentalista, demuestra que la dramatización de ciertas situaciones o temas ayudó a enriquecer la dimensión artística de la obra, además de servir de palafrén a la crítica social y los cuestionamientos éticos.hqdefault

Iniciados los ochenta, comienza la carrera de Marisol Trujillo como realizadora, coincidiendo con un momento de auge en la producción cinematográfica nacional. Precisamente en 1981 rueda su primera obra, exhibida bajo el título Encuentro, y que describe en forma de reportaje breve el vínculo artístico entre la prima ballerina del Ballet Nacional de Cuba, Alicia Alonso, y el bailarín soviético Vladimir Vasiliev. En ese propio año filma A escena, dedicado a mostrar una visión caleidoscópica del VII Festival Internacional de Ballet celebrado en La Habana en 1980, empleando como leit motiv escenas de “El lago de los cisnes”, interpretadas por bailarines de diversas nacionalidades. Finalmente, en 1983 cierra la trilogía del ballet con Mujer ante el espejo, documental que llevaría a un alto significado lo que la dedicación al arte —o a cualquier otra actividad productiva o creativa— implicaba en aquel momento para una mujer cubana. Cuenta entonces el trauma psíquico y físico de una bailarina que, primero renuncia a la maternidad para ofrecer en la danza los frutos de su ejercicio diario, y más tarde asume un nuevo embarazo para ofrecerse a sí misma, a su pareja, el fruto del amor, no sin dejar de pagar la cuota de sacrificio adicional que ello supone para una bailarina de ballet clásico.

Más allá de de los bordes contextuales y locales, Marisol Trujillo consigue mostrar, en apenas 17 minutos, la devoción de una bailarina por su carrera —la artista elegida es Rosario Suárez, relevante figura de la danza cubana por aquellos años—, así como su vocación hacia la maternidad. Estos son los dos pilares emotivos sobre los cuales se alza el tema central de Mujer ante el espejo, título que sintetiza la compleja disyuntiva de la mujer contemporánea, más allá de las propias circunstancias que la cinta propone. Sin dudas, el primer mérito de este corto es que el tratamiento del tema, en esencia, trasciende las fronteras vernáculas y se proyecta sin límites, con la auténtica fortaleza de su hondura sensitiva.

Vale aclarar que una lectura literal de este cortometraje sería más que precaria, ingenua. En primer lugar estamos ante el resultado de la exploración creativa de una documentalista —que no abundan mucho en el cine— en el intento de retratar una situación específica de otra artista privilegiada en su profesión, pues el ballet clásico se basa en el lucimiento de la figura femenina, en el absoluto glamour de sus expresiones corporales y destreza técnica. Ahí está una señal interesante de esta obra: una profesional intercepta la ruta históricamente masculina del cine, en contraste con el universo de su protagonista. Toma a la bailarina no desde la perspectiva del pavoneo y el alarde triunfal de una diva que, obligada por la naturaleza de su arte, halaga los sentidos del varón degustador, sino desde la hondura de sus desgarramientos, el rigor de su oficio, los riesgos, el dolor físico y ético, la renuncia y la perseverancia.

Pero el punto crucial de todos estos avatares se produce justo en aquel instante en que Rosario descubre en el espejo las turgencias de la maternidad. Acostumbrada a atisbar su imagen como parte de la rutina de su entrenamiento habitual, la protuberancia de la preñez sorprende a la Terpsícore, avisando futuros desaliños; pero está también en esa contemplación la mujer regocijada de su fecundidad, que se descubre hermosa y llena de vigor. La primera es una mirada masculina, construida culturalmente y basada en el reclamo de la forma perfecta que, en el ballet, alcanza su epítome. La segunda es una mirada que brota del instinto, cuyo regocijo —también construido desde la cultura— le permite dar una dimensión realmente humana a cualquier otra visión de sí misma.cuban_mujer_ante_el_espejo_JM00604_L

Nacida ya la criatura, el documental nos ofrece la nueva imagen del progenitor; ya no es el hombre amoroso que comparte un instante sublime caminando con su chica por la playa, ahora es un intelectual cómodamente enajenado entre sus papeles, tomando nota de sus asuntos y bien al margen de toda contingencia doméstica, sordo de disposición ante una bebé que llora a grito pelado. Aquí salta otro detalle peculiar de esta obra: el carácter de puesta en escena que la acompaña todo el tiempo. En el fragmento aludido, esa voluntad dramatúrgica se ha resuelto mediante el montaje; pero Marisol ha recurrido desde el principio a otros recursos expresivos, como el monólogo en off de la protagonista, que da inicio al documental, acompañando su propia imagen parcialmente iluminada sobre un fondo negro. La formación escénica de Rosario permite colocarla con facilidad en situaciones de representación dramática.

Como clausura, la realizadora ha preferido dejar un sabor de experiencia superada, de triunfo alcanzado. Se desprende de un texto gráfico que, tres meses después del nacimiento de Paula, Rosario no solo ha logrado acomodarse a los avatares de su nuevo rol doméstico, sino que ha conseguido trascender con rapidez al escenario, lo cual se evidencia en la coreografía Evasión, en la que, curiosamente, aparece un partenaire, como si la necesidad de una implicación masculina solidaria fuera el reclamo natural ante las nuevas circunstancias. Digamos que en escena encuentra lo que el hogar le escatima. Colofón inteligente, coherente con la historia ofrecida y, sobre todo, concordante con los planteamientos sociales de aquellos años, en que cada vez se hace más enfática la demanda de realización profesional para la mujer con el apoyo incondicional del hombre. No es casual que el documental comience con las declaraciones de Rosario acerca de sus propias limitaciones físicas en relación con el biotipo de la bailarina clásica y la dura lucha que para ella implica el reacomodo de su perfil a las exigencias de una actividad que ofrece al público la imagen vaporosa, inmaculada y etérea del cuerpo femenino, en una negación absoluta de materialidad y de defectos naturales que, como dice la canción, en la bailarina no se ven.

El manejo de la banda sonora también tiene fuerte implicación narrativa, y todo el efecto que se deriva de su empleo proviene de la pericia del montaje. Si bien se aprovecha la riqueza comunicativa de la música referente a las primeras secuencias coreográficas, después se agradecen los silencios, los jadeos y estertores muy sutiles que acompañan los momentos de pre-parto. A pesar de que Marisol se desplaza entre diferentes locaciones, se mantiene un equilibrio y un ritmo estables en la progresión de los planos. Esto, que pudiera parecer apenas un detalle, resulta clave en la concepción dramatúrgica de este documental, cuyas coordenadas, como ya hemos visto, se anclan fuertemente a la concepción de un relato cinematográfico.

Es de suponer que este fue un cortometraje de seguimiento, o sea, que durante muchos meses el equipo de realización estuvo a expensas de los vericuetos vivenciales de su “estrella”. Cuánto material se habrá filmado y cuánto se habrá desechado en la mesa de edición. Es mérito también de esta pequeña joya haber renunciado a la tentación de gozarse en lo sublime, extendiendo su metraje unos minutos más, para preservar, en cambio, la mesura, don que asiste a quienes, como Marisol Trujillo, han sabido hacer del arte una evocación de perpetua añoranza.

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