Salir por el techo no es tan mala opción

La población joven bajo foco en El techo, ópera prima de la realizadora cubana Patricia Ramos, que se estrena en este festival.

Ópera prima de la realizadora cubana Patricia Ramos

Foto: Tomada de www.habanfilmfestival.com

El techo es la ópera prima de la realizadora cubana Patricia Ramos, que tiene su estreno en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Ramos, quien ya había sido reconocida por cortometrajes como El patio de mi casa, continúa en este filme con una particular poética de lo doméstico como lugar donde comienza y acaba todo.

En ese sentido, El patio… ocurría en un área al interior de la casa. El techo, por su parte, se desarrolla mayormente en un área intermedia, diríase pública, como son las azoteas de un barrio centro habanero. Aun cuando en un filme todos los elementos son imprescindibles, en la cinta en cuestión, el lugar escogido por la realizadora se revierte de un significado mayor que en cualquier otra película.

Se puede decir que el techo, para cubanas y cubanos, tiene un sentido de ambigüedad, en muchas ocasiones negativo. “Salir por el techo” se dice de aquel quien algo le ha resultado mal. “Hasta el techo” se espeta para ilustrar grandilocuentemente una situación. Así, entre estas acepciones de un lugar que se debate entro lo público y lo privado, se encuentran los jóvenes personajes de El techo.

Una joven embarazada, un joven que insiste en su descendencia italiana y otro al que, aparentemente, solo le importan sus palomas y su padre. El grupo etario que ha seleccionado Ramos se inserta en una corriente de este Festival, en el cual la mirada cinematográfica del continente se ha desplazado hacia la juventud como grupo y espacio de socialización.

En este trío, que nunca pone los “pies en la tierra”, se desliza una mirada observacional y no prejuiciada. Es este uno de los aciertos de la realizadora. La construcción de sus personajes, no siempre hecha con el mismo nivel de metáfora, se desarrolla a partir de sus propias interacciones y su crecimiento personal transcurre de una forma naturalista, que apenas podemos notar.

En medio de cada trama particular se entrelaza una central que apunta hacia los deseos de soñar.

Si bien en El patio… Patricia denunciaba de esta misma forma naturalista la doble jornada a la que son sometidas las mujeres y lo poco reconocido que resulta el trabajo doméstico, en el largo la realizadora opta por crear un personaje femenino proactivo, que en muchas de las ocasiones servirá dramatúrgicamente para promover el camino y el paso a otras acciones en la trama.

El personaje, interpretado por Andrea Doimadios, es una adolescente embarazada dispuesta a formar una familia monoparental con su descendencia y que no se victimiza por esta situación, pese a que, por momentos, uno de sus amigos intente que el posible padre “dé la cara”.

Sin alejarse de ciertos recursos humorísticos, Ramos no recurre a la comedia o la sátira como elemento catalizador para entender realidades, pero tampoco se encierra en un ambiente autorreferencial y autoral a ultranza, sino que busca narrar historias de vida desde una perspectiva intimista. Aunque el techo sea un lugar público, la fotografía de Alán González no expone teatralidades, sino que más bien recrea ambientes domésticos que se han reinstalado en el techo.

La dualidad de lo público y lo privado es una interrelación que se mantiene durante todo el filme, tanto a nivel fotográfico como dialógico. A partir de macrorealidades, como pueden ser las reformas económicas del país, los protagonistas trazan sus vidas y proyectan sus aspiraciones más íntimas.

La migración, un tema que no parece ser lo suficientemente purgado en el cine nacional, ocupa en este filme niveles de aceptación sin conflictualidades políticas, ni melodramáticas. Aun cuando uno de los amigos termina emigrando, esto no supone una fractura en el hilo de la trama. Aunque sin un desenlace individual, emigrar no es el centro del problema; se ha convertido en una de las tantas soluciones.

Aún jóvenes distintos, de cierta forma la directora deja entrever una continuidad nacional, no de manual de libros de Historia, sino de genuinas creencias y rasgos populares, como la esperanza y el optimismo. Han buscado su lugar, quizás en las alturas más insólitas de una edificación, pero desde allí observan su ciudad y se imaginan desde los cielos. Han roto los límites que imponen las paredes y han decidido caminar por los patios, sin hacer mucho ruido, pero sin pedirle permiso a nadie.

El amor sigue siendo parte de la historia y crearse un futuro también. Así que estar o salir por el techo no parece tan mala idea, después de todo.

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