Tatuaje de mujer (esto no es una telenovela)

Un documental que cumple, en buena manera, su cometido de revelar y provocar a audiencias desprevenidas, ajenas a los mil y un pliegues de la realidad que los engloba.

Foto: Cortesía del autor

El tatuaje como práctica sociocultural, ya común y asentada en Cuba, ha tenido que librar su batalla particular contra el atávico prejuicio generacional que lo segregaba y reducía a una condición estigmática.

Con todas las luces y sombras estético-conceptuales que conlleva cualquier fenómeno iconográfico tan extendido, el tatuaje ya ganó la decisiva batalla contra el apartheid socialmente convenido y ha inundado todas las capas y grupos sociales de la nación, con énfasis, claro, en las zonas etarias más bisoñas. Acorde el amplio espectro que cubre, se acomoda naturalmente a los discursos y signos de cada estrato sociocultural. En otras palabras (no exento de otra cuota de prejuicio), abarca de lo ridículo a lo sublime.

Sin embargo, todo sistema cultural, en la medida que alcanza su maduración y consolidación, ya libre de los primeros antagonismos contra antagonistas externos, pues desarrolla sus propias escalas, polaridades y contradicciones internas. Así, aunque se ha trascendido también los sexismos entre los sujetos tatuados, la profesión de tatuador como tal no se ha librado de los condicionamientos sexistas.

De ahí el valor de curiosidad casi noticioso que viene a significar el documental La piel como lienzo (Naty Gabriela González y Yaima Pardo, 2015) entre la mayoría de los espectadores que conocen de esta obra y la aprecian acto seguido. Y hasta para las propias realizadoras y las entrevistadas, acorde sus confesiones.

Más allá de los aires reporteriles que signan una gran parte de su generación creativa audiovisual, y de la cierta levedad que conlleva todo lo exploratorio —donde el investigador va aprendiendo de lo investigado a cada pregunta, a cada planteamiento—, este documental lanza, sobre la liza cada vez más polémica de los estudios y discusiones sobre género, una nueva zona de conflicto y hegemonía heteronormativa, casi virgen, donde las mujeres cubanas vuelven a experimentar subvaloración y marginalización: el tatuaje, o más específicamente, el arte y ejercicio profesional de tatuar.

La mujer que tatúa aún es una rara avis, algo peculiar y hasta gracioso, que provoca sorpresa. Claro, esto lo conocemos desde las aseveraciones directas de las tres protagonistas: de Ana Lyem Lara, Carmen García y Amanda Laurent Santana, cuyos testimonios hilvanan la dramaturgia del documental, que sin unas intenciones extremas de problematizar hasta la polémica ardiente, desecha la posibilidad de confrontar otras fuentes, o sea, hombres tatuadores que nieguen o refrenden la tesis principal desde sus posturas de géneros.

Pero Pardo y González no buscan establecer un contrapunteo como el que articula a conciencia Ernesto Pérez Zambrano con su documental ¿Grandes ligas? (2008). Ellas privilegian, en estado puro, las voces de ellas, de sus testimonios profesionales y de vida, en una suerte de “presentación en sociedad”, de quebradura de silencios, de revelación de un estrato ignoto, underground y minoritario al fin, dentro del contexto cubano de los tatuadores.

Ahora, La piel… va un tanto más allá de describir los respectivos inicios en este arte, desde sus ocupaciones previas, de la pasión con que lo acometen y la visceral vocación que hallaron en el tatuaje, más de los anecdotarios personales que ejemplifican el aun común extrañamiento y desconfianza que producen en los públicos y colegas, a veces hasta el rechazo abierto. Las tres tatuadoras trascienden el referido estatus de “curiosidades vivas” para engarzar en el contexto más amplio de una profesión aún no legalizada en Cuba, a pesar de su evidente apogeo sociocultural, prosperidad y verdadera rentabilidad para un sistema tributario nacional siempre sediento.

Así como las productoras audiovisuales independientes permanecen en un estatus de supina y curiosa “alegalidad”, amén de su respectivo desarrollo como futuro inmediato de la gestión y la creación audiovisual en Cuba, el tatuaje también ocupa este “punto ciego” en el ojo legal estatal cubano. Aunque todavía no dejan de producirse esporádicos desaguisados con los agentes de la ley. Vista la situación desde una perspectiva más fría y amplia, no hacen más que tratar de sancionar lo que no aparece legislado, siendo por ende, clara (y maniqueamente) “ilegal”.

La imagen, captada por el lente de Rocío Aballí, sirve como apoyatura y a la vez muestrario, casi catálogo, de las destrezas y signaturas estéticas de las protagonistas, a partir de creaciones colectivas sobre el cuerpo de una modelo —como una puesta en escena consciente— y alternancia de fotos fijas merecedoras de mayor elaboración. Pero las realizadoras van (una vez más) un poco más allá, y sobre todo los primeros minutos, a modo de introducción, se convierten en un discursar sobre el diálogo punzante entre piel-naturaleza y aguja-herramienta, como alegoría última y radical de la manipulación del entorno por el ser humano, siempre inconforme con lo que se le brinda y se empeña en variarlo, manipularlo a su imagen y semejanza.

Los primeros planos del proceso descarnado, sanguinolento (¿gore?) articulan una introducción provocativa, por lo impactante, pero que busca también sintonizar al espectador con el contexto y los planteamientos que se le propondrán a continuación. De hecho, esta resulta la parte más sólidamente propositiva de La piel…, que no deja de contar con las referidas aceptación y asimilación de que ya goza el tatuaje entre las mayorías.

Como primera mirada a una arista de la profesión tatuadora, como revelación de las siempre inesperadas encarnaciones que puede experimentar el sexismo en la sociedad cubana actual, La piel como lienzo cumple en buena manera su cometido de revelar y provocar a audiencias desprevenidas, ajenas a los mil y un pliegues de la realidad que los engloba.

 

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