Verde verde: ejercitándonos para el coming out

A propósito de la Jornada contra la Homofobia, AlterCine propone un texto sobre la película de Enrique Pineda Barnet.

Tomado del blog del cineasta cubano Enrique Pineda Barnet

Verde verde es una película que avanza en la búsqueda de una visión menos complaciente, no solo de la homosexualidad.

A pocos meses de su estreno oficial, ocurrido en febrero de este año -tras una premier especial que funcionó como adelanto a inicios del pasado diciembre-, Verde verde, el proyecto fílmico más reciente dirigido por Enrique Pineda Barnet, ha desencadenado una oleada de comentarios que la confirman como una película incómoda e inquietante. Necesaria, según lo provocado, para el cine cubano y algo más.

Hay quienes la ensalzan hasta catalogarla de poco menos que clásica, mientras otras personas se empeñan en denostarla ferozmente. Con un argumento basado en una relación homoerótica, en la cual por vez primera el cine nacional muestra a dos hombres enzarzados en un juego físico que culmina en violencia, sangre, castración y delirio; el filme ha removido el aura de apatía o hipocresía con el cual nuestra filmografía ha elegido hablar del asunto oblicuamente, a casi 20 años de que Fresa y chocolate llegara a las pantallas, desatando una onda expansiva que, como demuestra esta fábula que protagonizan los actores Héctor Noas y Carlos Miguel Caballero, la hace aparecer en esos extremos tan riesgosos.

Si unos defienden la obra desde un enlace directo con la necesidad de aperturas que la diversidad sexual va exigiéndonos, disculpando al filme detalles estéticos que otros juzgan acerbamente; entre los que se oponen a Verde verde no escasean quienes, justo por esa intención, la creen deleznable.

A través de textos que han circulado mediante blogs, reseñas en la prensa (pocas) y otros medios, la propuesta de Pineda Barnet ha conseguido ir más allá de la recepción convencional que nuestro cine suele, más o menos, conseguir. Eso bastaría, quizás, para hablar de su eficacia. Pero ya sabemos que el cine, arte al fin y al cabo, es también algo más.

Fotografiada cuidadosamente, con una dirección de arte que quiere reforzar los juegos claustrofóbicos de su trama, la loable banda sonora a cargo de Juan Piñera y sostenida por dos actores que trabajan a sabiendas de que no pueden bajar la guardia, a fin de que el argumento no se desvanezca demasiado rápidamente, Verde verde es un filme digno, dirigido por una persona que, a su edad, no ha temido narrar con imágenes lo que el cine del país, desde hace mucho tiempo, debería haber afrontado.

No solo porque así nuestra industria cinematográfica estaría a tono con lo que ya no es noticia en muchas otras partes del mundo, sino porque, al menos desde los albores de la década ardua de los noventa, lo homoerótico en Cuba ha ido dando señales intensas, que no por intermitentes han dejado de ganar un eco singular.

La poesía, la narrativa, el teatro, las artes plásticas… son algunas de las zonas donde se ha visibilizado, desde coordenadas de calidades diversas, esta clase de asuntos. Y era hora -o lo era desde hace mucho tiempo- de que nuestra pantalla no titubease más ante temas que, en la cotidianidad de la isla, no solo pugnan por ganar un sitio en las agendas oficiales, sino que ya son parte tangible de un país que, más allá de la pacatería de su prensa y medios de mayor poderío representativo, ha multiplicado su galería para dar cobijo a estas y otras historias aún más estremecedoras o terribles.

Si Verde verde es un filme que llega tarde a estas discusiones, la culpa no es de su director, ni hay que achacársela a la película misma, en una nación que, desde aquel 1993 en el que Alea y Tabío versionaran a Senel Paz, debió haber sido más consecuente con lo que tal gesto representaba y demandaba.

Conocí la película en una oportunidad privilegiada, en la propia casa de su director, cuando no estaban a punto algunos detalles técnicos. Volver a ella en la pantalla del cine Chaplin, la misma en la cual vi por vez primera Fresa y chocolate, ha desatado en mí nuevas y mayores interrogantes. El filme, que ha corrido de mano en mano en copias pirateadas, ha sido calificado como manifiesto de proselitismo homosexual, incluso por personas informadas y que emiten su opinión en ciertos espacios públicos. Valdría la pena corroborar cómo una película donde los protagonistas no son, exactamente, un modelo de felicidad consumada, puede ser calificada de tal modo.

La muerte y el desvarío son el destino de Alfredo y Carlos, algo que resulta poco edificante para quien quiera verlo como un juego de exaltaciones. Si algo dice la película, con sus virtudes y defectos, es que un deseo reprimido puede acabar ocasionando, a quien lo sufra, las peores consecuencias. Si la obra de Pineda Barnet no llega a decirlo con la intensidad o sutileza propia de Ang Lee, es cosa que merece un análisis menos asaeteado por una homofobia que cree ver, en la pantalla, lo que no es precisamente una edulcoración ni una invitación a insistir en viejos estereotipos.

La película no se libra de la máxima que asegura que en la mayoría de las obras de este tipo, donde aparecen personajes homosexuales, el único de ellos al que podríamos ver feliz es, justamente, al homosexual muerto. Vito Russo, en su imprescindible repaso a la historia de la representación de gays y lesbianas en el séptimo arte (The celluloid closet), enumera en cuántas ocasiones esos caracteres acaban falleciendo de modo violento antes de los minutos finales de las cintas en las que tienen alguna importancia. Inspirada en varios de esos referentes, y en algunas muertes nada naturales encontradas como anécdotas en la vida real, Verde verde sigue esa tradición, no para hacer “justicia” al mundo y hablarnos de lo que las personas de tal orientación sexual se buscan a través de una vida sórdida, sino para recordarnos que podemos ser cómplices o parte de acontecimientos de ese tipo.

Al filme podrá achacársele el extender en demasía un argumento que, ya avanzada la trama, comienza a girar sobre sí mismo. Algunos diálogos no son, exactamente, capaces de transmitir flexibilidad ni naturalidad, demasiado atrapados en referencias poéticas que no ayudan a humanizar a sus personajes.

Si algo me estorba de Verde verde es su rejuego a ratos indiscriminado con guiños a cineastas y creadores que han conformado un canon de lo homoerótico, que se reproduce aquí sin alcanzar siempre originalidad en el replanteo. Fasbinder, Tom of Finland, el mundo de marineros y vicios que Genet elevó a tragedia, Mappelthorpe, Michelangelo Buonarroti, Bruce LaBruce, Pasolini, Whitman… son páginas del álbum al que nos remite la película, que arranca con un largo prólogo en un bar ubicuo, imaginado a través de los ojos de la pintora Rocío García, dueña ella misma de un cameo en esos minutos que pudieran ser más breves.

En su anhelo por añadir a nuestra memoria fotogramas cargados de conducta impropia, este largometraje reitera recursos narrativos, acentuando ciertos costados simbólicos que, en ese reciclaje, alcanzan hacerse demasiado obvios, como la presencia de una Farah María que, lejos de entonar aquí su célebre tema del tiburón maleconero, pasa por una Jeanne Moreau tropical y silenciosa que no cantará, como hacía la diva francesa en Querelle, estrofas de “La balada de la cárcel de Reading”.

Lo que saludo de Verde verde, por encima de esos detalles y de otros relacionados con una posible lectura de género que varios de esos elementos rebajan, es su manera de aparecer y no pedir disculpas. Que dos seres humanos, hombres o mujeres, aparezcan en nuestra pantalla encarnando una relación, sus deseos y la lucha con ellos -no con simples consignas o un dictado del deber ser que imponga lo moral, lo político o ideológico por encima de sus genuinos anhelos-, debiera impulsarnos a otras figuraciones, a otros límites por quebrantar que Enrique Pineda Barnet ha resuelto sin atender a las excusas que, quienes se dicen más atrevidos, otros o más jóvenes, han antepuesto al ofrecimiento de semejantes historias.

Ello, estoy de acuerdo, es solo el inicio de lo mucho que este filme ofrece para discutir, pero es desde ese presupuesto explicitado que debiéramos trazar las líneas del diálogo, y no quedándonos en un precepto donde lo sexual sea la única barrera desde la cual empecemos a cruzar palabras.

Verde verde puede no ser aún el gran coming out del cine cubano, aunque sí es un ejercicio que nos invita a esa irrupción y coloca en el rostro de dos actores conocidos una serie de inquietudes que, al fin, gracias a ello, están localizadas en la memoria de un espectador que debe reaccionar ante el filme como eso: una obra de arte capaz de alentarlo a preguntas mayores.

Ese espectador, saturado por spots y materiales que machacan una y otra vez ese mismo mensaje de tolerancia, que de tan repetido puede ser inaudible; o condenado a ver estereotipos en la telenovela de turno donde el gay o la lesbiana (ni hablar aún del travesti o el transgénero) son reducidos a cuerpos sin auténtico deseo; tiene en Verde verde una película que avanza en la búsqueda de una visión menos complaciente, no solo de la homosexualidad -sin anhelo de resolverla, en tanto problema, porque nos dice que no es exactamente un problema en sí-, sino de ese y otros conflictos que deben ajustar las capacidades de libertad individual que tales personajes, o el propio auditorio, estén dispuestos a poner en juego.

Tardío pero no inútil, imperfecto pero no desechable, divergente pero no radical, descarnado pero no eruptivo porque sí, Verde verde es un proyecto que, ante la complacencia de la mayoría de nuestras producciones, se atreve a apostar por un caudal diverso de interrogantes, sumándose a un breve número de empeños recién difundidos, por lo general de producción independiente, que han ido filtrando caracteres y actitudes que, al fin, empiezan a dejarse ver en nuestras pantallas, más allá de un pretexto para el chiste, la fundamentación meramente sociológica o el estigma del simple fenómeno.

En este filme hay un homosexual a quien, tras correr medio mundo, le cortan el pene; un joven que, luego de una larga lucha, se deja penetrar y luego, como mantis religiosa de otro sexo, aniquila a quien lo poseyó; y un grupo de marineros que, a unos metros de la habitación tan teatral en la cual sucede casi todo, tienen una fiesta de hombres solos.

Tal vez, en una próxima película, el cine cubano se atreva a contarnos qué ocurre en esa fiesta, que aquí vemos de soslayo bajo un haz de luces rojas. Quizás ese filme lo dirija también Enrique Pineda Barnet, que ha sabido esperar hasta contarnos lo que otros callan o quisieran haber callado. O lo haga alguien más joven, recogiendo un guante que tanto demoró en caer al suelo. Solo desearía que no tengamos que esperar otros 20 años para volver a los cines a sentir cómo se discuten y qué otras cosas nos exige la visceralidad de esta clase de historias.

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.