Voces necesarias hechas visibles, un aporte documental de Ingrid León

Análisis de “Mujeres… la hora dorada”, una de las producciones más recientes del Proyecto Palomas.

Tomado de Cubarte

Lizette Vila e Ingrid León

“Que es necesario hablar del dolor, porque es la manera que uno tiene de aportar una posibilidad de justicia, una posibilidad contra la discriminación, hay que hablar…”, palabras de la poetisa Lina de Feria en los minutos conclusivos del documental Mujeres…la hora dorada; frase escuchada también cual si la propia directora de la obra fuera quien la pronunciara, posible síntesis de su propósito creativo, semilla lírica de una oda concebida y estructurada a través de 12 testimonios reunidos. Oda a la superación del dolor y del miedo.

Se palpa, por la numerosidad de quienes entrevista, que Ingrid León, junto al equipo del Proyecto Palomas, tuvo que seleccionar a las testimoniantes, regirse por un tiempo preciso en la edición, pensar cierta secuencia y ritmo en la dramaturgia para poder conferirle organicidad y coherencia al documental, pues de guiarse por su afán filantrópico, humanista, pienso incontables los casos que querría hacer visibles. Mujeres…la hora dorada nos adentra en pasajes de la vida, tanto de mujeres muy conocidas públicamente (Diana Rosa Suárez, Ana Fidelia Quirot, Lina de Feria), como de otras de profesiones y sistema de vida muy distintos. Los alegatos de cada una de las entrevistadas se aúnan en un coro único y confieren un sentido universal y social al documental, muy diferente a cuando se trata de abordar la misma problemática desde la visión y subjetividad de una sola persona. Las voces individuales de las participantes se difuminan para dejarle el protagonismo a cuestiones concernientes a todos las personas: la maternidad, la drogadicción, la fe en una determinada religión, la violencia, el deterioro de la salud, la preferencia sexual, etc. Sin llegar a convertirse en polémico, en cuestionador, el documental nos hace reflexionar sobre asuntos espinosos como la identidad oficial de aquellos que adoptan como propia la imagen del sexo opuesto y cuán certera es la labor de la Justicia.

Si bien el dolor resalta y entinta la esencia del documental, también es posible apreciarlo solo como una vía para hablar de cuestiones tan primordiales como las antes mencionadas. La obra nos ratifica que lo confesional, método histórico milenario, desemboca o se relaciona estrechamente con la liberación espiritual. A través de su documental, Ingrid León les ofreció a las mujeres elegidas una vía para que hicieran catarsis de sus dolores, de sus conflictos. Omite datos, informaciones, pero presenta lo esencial; no sugiere, prefiere el barroquismo detallista de los testimonios, la crudeza de la verdad.

La edición se valió de los estados anímicos y las circunstancias vividas en común por las protagonistas para enlazar las entrevistas. Estas se ven complementadas por frases o fragmentos de poesías de relevantes creadoras como Dulce María y Flor Loynaz, Gabriela Mistral, Gertrudis Gómez de Avellaneda y Sor Juana Inés de la Cruz. Los versos buscan recalcar cada sentimiento, forman parte del legado espiritual sempiterno dejado por esas poetisas, se funden con el sentir de esas mujeres contemporáneas, lo universalizan y lo convierten en secular. No descubrimos llamativos puntos de giro en la dramaturgia, no avizoramos en su concepción un tratamiento de diferentes niveles de intensidad; sin embargo, el documental logra una armonía interna que basta para capturar la concentración de los espectadores, tal vez porque la información nos la brindan bien fragmentada y dosificada, tal vez porque ante el testimonio de cada mujer podemos sentir admiración, asombro, piedad, comprensión e incomprensión.

El tiempo vive dentro del documental como un personaje que, en la primera impresión, nos parece secundario, pero que después se nos revela con mayor significación.

esde luego, no se trata de una obra con el propósito de documentar cronológicamente determinado hecho, problemática o proceso. Es al escuchar las declaraciones cuando percibimos el peso del tiempo en la vida de las testimoniantes: los años de censura o silencio oficial que padeció la poetisa, los años dedicados por Bebita a cuidar a sus hijos enfermos, las 15 ocasiones en que la actriz tuvo que ingresar médicamente a su segunda hija, el período de cárcel de la ex fiscal o el lapso que hubo de transcurrir para que Odilia se apartara de las drogas y sintiera amor maternal. Sus historias nos hacen entrever la capacidad del tiempo para transformar y redimir a las personas, sus actos. Trasmiten la voluntad de vivir. Bien a conciencia fue seleccionado el título de la obra. La hora dorada resulta aquel momento decisivo, trascendental, crítico, en el cual la persona puede perder la vida o sobrevivir, cambiar totalmente su destino, su forma de pensar o sucumbir ante determinadas circunstancias u obstáculos en la vida. Algunas de las interpeladas están convencidas de ya haber sobrevivido más de una hora dorada; otras, como Daylín, la adolescente madre con solo 16 años, no pueden contar ese instante todavía o enuncian soñadoramente cuál desean que fuera.

Para romper el estatismo, la monotonía en la visualidad y el espacio que imponen los primeros planos fijos y los lugares cerrados, se intercalan, manipuladas por animación, imágenes de obras de artes plásticas de disímiles creadores: Alicia Leal, Moisés Finalé, Gólgota, Daymara Orasma, Vladia Rubio, entre otros. En reiteradas ocasiones, la ciudad de La Habana, sus símbolos arquitectónicos, se muestran en algunas de esas imágenes de manera invertida, distorsionada, a través de charcos contaminados por desechos humanos, lo pienso recurso para establecer una semejanza, un símil visual de la situación o el estado anímico de las entrevistadas. Representan la incertidumbre, el derrumbe espiritual, lo caótico de una circunstancia existencial. Se suma una voz en off que les imprime emotividad y lirismo a los versos e imágenes. Al abordar el tema de la edad infantil o la maternidad feliz, se emplean obras propias e identificativas del universo infante, a la vez que le imprimen un tono lúdico y simpático a la narración mediante su animación. También de forma convencional se emplean fotografías y fragmentos de documentales pasados para calzar y apoyar los testimonios.

Uno de los aspectos más debatidos respecto al género documental consiste en cuán objetivo puede o debe ser, cuánto de subjetividad humana permanece o subsiste a pesar del empeño del realizador en ser objetivo. En Mujeres…la hora dorada descubrimos la objetividad en lo cierto y lo real de los hechos que nos narran las protagonistas, en la no dramatización reconstruida de las historias o sucesos. Las interrogantes previamente elaboradas, así como el conocimiento anticipado por parte de las interpeladas de que harán, frente a una cámara, confesiones muy íntimas sobre temas polémicos, suprimen un gran porcentaje de la espontaneidad en la proyección de ellas, en la cadena de acciones y sucesos; por ende, se limita la objetividad de captar la realidad sin maquillaje, sin ningún aspecto antinatural. Inversamente, se posibilita, se busca, la edición basada en la funcionalidad de las frases, en la conexión o entrecruzamiento de ideas, según la estructura dramática deseada por la realizadora; estructura en la cual no queda margen para improvisaciones, palabras o gestos desorientados. La subjetividad en Mujeres…la hora dorada estriba en el propio discurso de las confesantes, en la forma en que recepcionemos sus historias, en el juicio que podamos hacernos de ellas, en comprender, tolerar o no sus actitudes, quiénes son. Sobre todo, en los casos de Marian, la joven convertida en musulmana; de Yasmani, el muchacho travesti y de Odilia, víctima de la drogadicción. Todas forman parte de una alteridad, de otro que en el documental no se juzga, ni se cuestiona, sino se le da voz como manera de demostrar respeto y sensibilizar a los espectadores con la vida por ellos elegida.

Con la intención de caracterizar Mujeres…la hora dorada más como un documental con cierta estética y mirada de autor, que como un audiovisual con fines y lenguaje periodístico, deseo compartir este criterio comparativo entre el cine y el periodismo que ha dejado plasmado Jean Luis Comolli, colaborador, entre otras revistas, de la tan prestigiosa Cahiers du Cinema. Refiriéndose a las semejanzas y las diferencias del cine con respecto al periodismo expresa: “Lo que lo acerca al periodismo es que se refiere al mundo de los acontecimientos, de los hechos, de las relaciones, elaborando con ellos relatos filmados; y lo que lo separa del periodismo es que no lo disimula, no lo niega sino al contrario, afirma su gesto que es el de re-escribir los acontecimientos, las situaciones, los hechos, las relaciones en forma de relatos; en una palabra, de reescribir el mundo, pero desde el punto de vista de un sujeto, escritura aquí y ahora, relato precario y fragmentario, y que lo reconoce, y hace de este reconocimiento su propio principio.” Aunque en ningún momento de la obra se hace explícito a través de palabras, la posición, el criterio de la realizadora respecto al pensar o el conflicto de sus entrevistadas, sí se hace patente en la manera en que los muestra y en las interrogantes que les hace, que su intención es dignificarlos, hacer visible el valor con que han enfrentado las circunstancias difíciles y dolorosas de la vida. A la realizadora no le basta con enunciar una problemática, hacer visible cuán agudizada se encuentra; ella desea trasmitirla según su sensibilidad, su percepción. El hecho de que los recursos que emplee para plasmarla no sean novedosos dentro de la concepción del género, no significa que no logre impregnarle un sello único, un aliento autoral a la obra.

El género documental en su progresión estética ha demostrado no ser un concepto cerrado sino dinámico, amplio de fronteras y formas de expresión. Mujeres…la hora dorada se inscribe en esa tradición documental que defiende la indagación ontológica del ser humano, la valiente exposición de los aspectos más oscuros y negativos de la existencia humana. Hay luces guías que han orientado el camino de Ingrid León, es posible nombrar, entre otros a Sara Gómez, a Agnès Varda, cineastas aspirantes a la extroversión fílmica del alma del protagonista de sus obras y a la consecución de los derechos de todo el género humano.

Cierto es que, para hablar del dolor, no hay necesariamente que presentar lágrimas frente a la cámara, que existen otras vías de expresión, de comunicación, mediante una manera menos directa y convencional para mostrar las situaciones complejas de las protagonistas; pero no me parece necesario señalar las debilidades de la obra y sí resaltar aquellas cualidades que la convierten en un documental con gran valor humano, y a su directora y su equipo en realizadores necesarios, defensores de los derechos de todas las personas, mujeres y hombres, creadores con fe en el poder del arte, del cine, para transformar el mundo; ¿cómo no aplaudir su empeño?.

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.