Humberto Solás: un extraño con éxito

Un hombre de éxito fue el primer filme cubano elegido en la candidatura al Oscar a la Mejor Película Extranjera en 1987.

Archivo IPS Cuba

El 4 de diciembre se cumplió un año más desde el nacimiento de Humberto Solás.

En fecha reciente, el programa Historia del Cine de la televisión cubana ofreció la cinta El extraño (conocida también como El extranjero; su título original es The Stranger). Filmada en 1946, esta película representa una inflexión singular dentro de la trayectoria del enfant terrible que dirigió, con sólo 24 años, ese Citizen Kane, considerada hoy la más importante película estadounidense y quizás del cine mundial en todos los tiempos.

Welles venía de desbordar presupuestos con The magnificent Ambersons (1942) para cosechar luego fracaso de taquilla y tibieza crítica, cuando abordó la realización de El extraño, un thriller sobrio que contrasta con la suntuosidad visual, la barroca desmesura característica de su sello personal.

La intención de Welles al filmar el argumento sobre un antiguo nazi que se ha refugiado en una pacífica localidad de Connecticut, bajo disfraz de cordero, fue justamente la de demostrar que él podía ceñirse el traje de “artesano eficaz” a la medida de los requerimientos de la industria.

Y aunque la jugada del genio cortó los resabios de Hollywood y le devolvió su favor; este, sin embargo, nunca se sintió cómodo con esa mancha en su currículo, y la vez que volvió a abordar el género se desquitó con la prodigiosa rareza titulada La dama de Shanghai.

Si traigo a cuento esta anécdota de los anales del cine es porque le encuentro similitudes con la carrera de Solás y el momento en que filmó Un hombre de éxito. También porque es un deber recordar al maestro del cine cubano, ahora que el 4 de diciembre se cumple un año más desde su nacimiento; y cuando el día 18 de diciembre, en el Centro Cultural Raquel Revuelta, se ha programado una jornada de homenaje en la que se exhibirá aquella cinta suya de 1986.

Solás, como Welles, dio temprana clarinada de su alento, al filmar con 27 años esa Lucía (1968) que todas las listas colocan en el cenit del cine cubano (acompañando a las Memorias del subdesarrollo de Tomás Gutiérrez Alea). Espinoso fue su camino subsiguiente en la ficción, con Un día de noviembre (1972) y Cecilia de 1982.

La controversia alrededor de esta última se desató a partir de la perplejidad de un sector del público con una versión tan personal del clásico de Villaverde; de ciertas críticas feroces aunque no muy atinadas, y por los rumores sobre las arcas saqueadas del erario del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos.

Al respecto, vale la pena advertir que, más allá del trasunto latente de una lucha de poderes en el seno del ICAIC, fue además la década del ochenta cuando el ámbito del cine cubano se acercó como nunca a los imperativos del “modelo industrial”, a su consiguiente ecuación de “relación costo-taquilla” y la premisa de “hacer un cine popular” (sería ese un período peligrosamente rayano en lo “populista”, pletórico de películas “agradables”, de un costumbrismo muchas veces ingenuo, fue una era para el estilo Se permuta y Los pájaros tirándole a la escopeta).

En este contexto, Solás emprende Un hombre de éxito, recortándose a sí mismo los excesos líricos y acrobacias especulativas, y vertiendo sobre un molde dramatúrgico de estrictas convenciones aristotélicas, cronológicamente lineal, la historia del clan Argüelles, una familia acomodada, en los tiempos de la desprestigiada República.

Las tensiones del drama al interior de una familia quebrantada por las elecciones opuestas de los dos hermanos: uno que opta por perpetuar los intereses de clase y fabricar su ascenso social a base de oportunismos; y el otro que escucha el llamado emancipador y rebelde de la época; se contornean sobre un lienzo de fondo que transita desde los años 30 hasta los días del estertor republicano.

Bajo el traje de la reconstrucción histórica estaba Solás, lanzando flechas al presente. Su bien meditada arma era la parábola. Por eso diría él de esta película: “Se confirma para mí como un primer paso o transición a una nueva etapa en mi carrera. Etapa que definiría como menos complaciente y menos lírica. Menos complaciente porque no me siento convocado a la celebración y sí al cuestionamiento y a la polémica.”

Se suele hablar como singularidad de Un hombre… en la obra de Solás acerca del abandono del protagonismo femenino para dar preeminencia a lo masculino. Sin embargo, menos se repara en el hecho distintivo de que Humberto hiciera que su personaje protagónico no fuera Darío, el hermano revolucionario, sino Javier,  el crápula encarnado por César Évora. De tal manera que su película funda una ruptura con la tradición heroica del cine cubano, al abrirse hacia la antiépica, a la exploración en la realidad desde la perspectiva del antihéroe. (Lo cual encaja además en el paralelismo que venimos trazando con El extraño de Welles, cuyo protagonista es el fascista Kindler).

Más, a diferencia de la insatisfacción de Welles con El extraño, sí apreciaba Solás a Un hombre de éxito, una cinta que -al contrario de lo que ocurriría con otras obras suyas- logró la conformidad del público y el beneplácito de los expertos. De ella afirmaría un crítico como Luciano Castillo, que es “un filme sólido, casi impecable”, “la obra que viene del sosiego, de la madurez intelectual”.

Tal vez fue entonces cuando más premios llovieron sobre Solás, desde el Primer Premio Coral en el VIII Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, hasta el suceso de aportar el primer filme cubano que fuera escogido en la candidatura al Oscar a la Mejor Película Extranjera (en 1987).

Pero, si algo regocijó mucho al cineasta de Cecilia, fue saber que había cumplido su propósito de dar empaque de costosa película de época a una realización donde primó el “más con menos”, gracias a la tremenda pericia de su equipo técnico.  El propio Humberto Solás llamaría a Un hombre de éxito su “hazaña económica”.

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