Regulación + espacio público + música ǂ cambios socio-culturales

El reguetón y las prácticas musicales lascivas son síntomas sociales que desbordan el ámbito legal.

Jorge Luis Baños - IPS

La anunciada regulación legal de los usos públicos de la música en Cuba motivada por el reguetón y otras prácticas musicales, que proyectan sexismo y “expresiones vulgares, banales y mediocres”, ha trascendido con fuerza a la blogosfera insular y ha acaparado la atención de numerosos medios de prensa internacionales.

La normativa deberá cubrir un espectro que comprende los usos de la música en “los medios de difusión, las programaciones recreativas, las fiestas populares y la ambientación sonora de lugares públicos”, declaró Orlando Vistel Columbié, presidente del Instituto Cubano de la Música, en la citada entrevista concedida al periódico Granma.

Desde el pasado 2011, el tema ha conformado la agenda de la Comisión de Atención a la Juventud, la Niñez y la Igualdad de Derecho de la Mujer del parlamento cubano; del Consejo Nacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba; de la Federación de Mujeres Cubanas; así como de la Red Iberoamericana de Masculinidades, con sede en La Habana.

Aun cuando la mayoría de los pronunciamientos ciudadanos encontrados en Internet coinciden en su mirada crítica al reguetón, la preocupación fundamental está en la implementación de la medida, en quiénes trazarán los límites y decidirán qué es lo banal, lo ofensivo y lo mediocre.

Y es que la historia reciente de Cuba está matizada por acontecimientos que explican por qué la ciudadanía quiere apropiarse del sintagma “prohibido prohibir”. Esta vez, la predisposición y la desconfianza de la sociedad civil tiene su génesis en la pasada década de los sesenta, cuando el rock and roll estaba penalizado y se pensaba que se podían homogeneizar los gustos musicales de la población.

Al respecto, desde el blog de Gina Picart se recomienda, antes de hacer comparaciones, “discriminar entre prohibiciones motivadas por conflictos estéticos, religiosos e ideológicos, y otras relacionadas con asuntos de moral”.

Una nueva “cruzada por la moral y las buenas costumbres musicales”, se avizora en el blog del periodista Fernando Ravsberg.

Este criterio también es compartido por el autor del post “La guerra del reguetón”, quien interpreta las declaraciones de Vistel como el primer disparo: “desde un bando y otro los tambores llaman al combate. ¿La causa?: una letra torcida, un fonema grosero, un lexema sin alma, unas presentaciones más sonantes que cantantes, un fotograma a medio vestir y loco por desnudarse”.

“Creo en la educación y en el crecimiento y mejoramiento de la gente, creo en la necesidad de que así sea, de que la sociedad sea cada vez más sana, más asertiva, más funcional y segura. (…) No puedo acallar a miles de ciudadanos que quieren vivir el reguetón no solo como música, sino también como modelo vital, pero me niego rotundamente a tener que convivir con una idiosincrasia que degrada al ser humano (…) y exalta toda clase de degeneración”, es el sentir expresado en el blog de Gina Picart.

Sin embargo, quienes encarnen el rol de Caballeros Templarios de estos tiempos, antes de elegir las armas, deberán escuchar las voces de músicos, intelectuales, periodistas y ciudadanía cubana cuando advierten que este asunto no se combate con prohibiciones: se trata de “problemas mucho más profundos, como la permeabilidad en ciertos sectores de la sociedad de mensajes discriminatorios y reaccionarios, y la pérdida de fuerza de ideas muy arraigadas en la sociedad cubana, como la igualdad, la no discriminación o la solidaridad”, considera José Manzaneda en un artículo publicado en La pupila insomne.

“El reguetón es la expresión de una coyuntura social, política y económica de la cual germina y a la cual, digámoslo así, le da rostro y voz. (…) El reguetón cubano es el hijo menor de la crisis económica y social, que se convertiría en una crisis de valores, que explota en la Cuba de la década de 1990 y por varios años redujo las expectativas del país y de la gente a la más dramática y elemental lucha por la supervivencia”, reflexiona el reconocido escritor Leonardo Padura.

Quizá “por esta vez el totí no sea el único culpable y sea necesario escarbar un poco más para encontrar el meollo del problema. Prohibir y censurar este tipo de música no resolverá nada, solo aumentar el precio (…) [en] que se comercializa en las calles”, señala la bitácora El colimador.

Las “soluciones drásticas, como el control de lo que se difunde y promueve por los medios”, apenas trata de “atajar una consecuencia —y creo que sin demasiado éxito”, considera Padura y agrega: “la mirada debería dirigirse más hacia las causas, que están aferradas a un estado social y económico que no ha conseguido devolver una lógica a las relaciones entre los individuos y a sus vías de expresión y realización. (…) Se necesitan acciones que acerquen más a la política y a la realidad, a la economía y a la vida”.

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