Mario Conde en La transparencia del tiempo

Nueva entrega del más leído y querido de los escritores cubanos: Leonardo Padura.

La transparencia del tiempo, la última entrega de Leonardo Padura, tiene una vez más a su popular creación literaria, el detective Mario Conde, como protagonista.

Foto: Tomada de Edición Original

La recepción de Leonardo Padura en la crítica no es lineal. Aupado por decenas de críticos en el exterior, en su isla querida, cada triunfo suyo parece[1] no tener eco para la dimensión de esos lauros e impera silencio.

Se suprimen cientos de decibeles en la vocinglera nacional, en la pachanga auditiva de la isla. Tal hipocresía receptiva parece programática y para la cual tiene más resonancia, en los medios nacionales de prensa escrita y televisión, una competencia de zancos que cualquiera de los reconocimientos mencionados.

Porque, si bien como dice un bloguero, los medios de prensa en el exterior son tendenciosos y llegan a: «Identificar los problemas de los personajes de Padura con los de la sociedad cubana en su conjunto es ya la tónica general en los medios…»[2] los del interior parece que obran igual pero en signo contrario: suprimen, omiten, tachan, niegan, ningunean.

Crean una ausencia que delata. Omiten la relevancia de este Premio Nacional de Literatura 2012 al suprimir su nombre de parrillas y galeras con un ahínco que roza lo deportivo.

Ese contexto incoherente ha sido su valladar en Cuba. Articulación inútil porque cada día parece tener más lectores y tal estrategia de ostracismo se ha bumerizado: es el más leído y querido de los escritores cubanos. Contra esa ola de empatía nada puede. Ni el pataleo del silencio, ni los decibeles suprimidos en la TV, ni las tiradas que no se reimprimen a decenas de miles.

Espero se retome la práctica de dedicar las Ferias del Libro de La Habana a los Premios Nacionales de Literatura que se detuvo hace unos años, y cuando le corresponda a Padura, se obrará con más esplendor, al unirse su agasajo con la demanda, nunca satisfecha, de lectores de su obra que ese prestigioso evento, con tanto empeño organizado por el Instituto Cubano del Libro, puede propiciar.

La recepción en Cuba de su obra ha sido traumática y sesgada.

Existe una variedad de crítico suscrito al asombro, al instrumental inaudito, al hartazgo cosmológico. Ese tipo de lector prioriza más en sus valorizaciones su propia capacidad de sorpresa ante las estrategias de escritura que el desarrollo de una trama perfecta, las lecturas fluidas y gratificantes ofrecidas por las pesquisas del personaje emblemático del policial cubano.

Quizá tal juez no sea entusiasta ante La transparencia del tiempo, la última entrega de Leonardo Padura, que nos devuelve a su Mario Conde indagando por una virgen negra que ha sido robada en una Habana cada vez más cismática y donde parece estar todo en venta salvo el ideal inquebrantable del Conde y de su círculo íntimo.

Esta última aventura de Mario Conde, detective mejor esbozado de la literatura cubana, y uno de los pocos especímenes que ha dado el policial en castellano que sobrevivirá a su autor, y quizá al país de este, ofrece una nueva oportunidad de adentrarnos en la sicología de un personaje que irradia una simpatía arrolladora entre sus lectores: el Conde es una de las rarezas creadas por el arte que son tan corpóreas en su humanidad que arrastran masas de seguidores, incluso más allá de la vida de su creador.

Al referirse a la construcción de este emblemático personaje Padura comenta:

Comencé entonces su real construcción pues, además de aficionado al alcohol, sería un hombre amante de la literatura (escritor pospuesto, más que frustrado), con gustos estéticos bastante precisos; aunque con rasgos de ermitaño, formaría parte de una tribu de amigos en la que su figura hallaría complemento humano y le permitiría expresar una de sus religiones: el culto a la amistad y a la fidelidad; sería además nostálgico, inteligente, irónico, tierno, enamoradizo, sin asideros ni ambiciones materiales. Incluso, había sido cornudo. Y, en última instancia, era un policía de investigación, no de represión y, por encima de todo, un hombre honrado, una persona «decente», como suele decirse en Cuba, con una ética flexible pero inamovible en los conceptos esenciales.[3]

Precisa más adelante su relación con el personaje, su alter ego:

A partir de Vientos de cuaresma comenzó un lento proceso de evolución del personaje, en dos sentidos esenciales que yo no había previsto al iniciar la saga: primero su propio desarrollo como carácter, que se fue redondeando, haciéndose más humano y vivo; segundo, su acercamiento hacia mí y mi acercamiento hacia él, hasta el punto de haberse convertido, sino en un alter ego, sí en mi voz, mis ojos, mis obsesiones y preocupaciones a lo largo de veinte años de convivencia humana y literaria.[4]

A ese renacido Mario Conde, expolicía y ex de casi todo, salvo obseso de la amistad, en el umbral de los sesenta años, le viene encima un pedido de un condiscípulo: Bobby, que ya ha dejado de ocultar una orientación sexual que todos sospechaban falsa y es un abierto gay del mundo del arte, un marchand que ha despojado el patrimonio nacional y ha montado un negocio entre La Habana y la Florida para el tráfico de estas obras vendidas o robadas.

Bobby ha sido desvalijado por un amante llegado desde el oriente del país a conquistar la ciudad, con un nombre falso, una cara linda y los atributos sexuales que enloquecen al amigo de Conde.

Publicada por Tusquets Editores, con más de cuatrocientas páginas que se leen con agrado, es la novena entrega del detective. Estructurada en varios planos temporales, esquema ya usado en entregas anteriores por su autor, nos ofrece una radiografía de varias épocas y a la vez un mito de origen para esta virgen que viene a trastornar la vida del Conde y a La Habana, que es otro personaje más de la serie.

¿Existirá un estudio paciente que logre representar al Conde, sus avatares, y a La Habana? Es una relación hecha por contraste, a veces la visualizo en la conocida técnica utilizada para perfilar un dibujo dentro de otro. Es una lectura, una relectura sin ambages, un puzzle. Un diálogo donde ese ente, el Conde, dialoga con una urbe que lo es todo para él, que es su país, su cuerpo, su trazado y como tal la juzga, la seduce, la viola y la construye.

Es sintomática la marcada relación entre la edad del proceso revolucionario y el personaje. Para Las Cuatro Estaciones, Padura cerró el contexto del proyecto en el año 1989, donde ocurren los conocidos procesos llevados a cabo contra altos funcionarios del gobierno cubano y acontecen otros cismas en el panorama internacional como el derrumbe del Muro de Berlín y su simbolismo, sumado a la caída del nombrado socialismo real y su resonancia en la isla del caribe, receptora y ejecutora de esas emisiones ideológicas.

En el umbral de los sesenta años, casi la misma del proceso revolucionario del 59, el Conde busca una virgen mágica, henchida de un poder sobrenatural, con una mitología curativa que —hasta— sana cáncer, toda esa prosapia la sustenta: primero el bosque africano, el panteón yoruba, más adelante, avanzada la búsqueda su origen proviene de España, de la región de Cataluña, de los fríos pirineos catalanes pero que llegó allí arrancada en una de las estampidas de las cruzadas medievales en el norte africano.

Es una cadena de redescubrimientos: el desmantelamiento de una fábula, la rearticulación de un cuerpo y su mitología mística o el rearme también, y lectura, del cuerpo nacional, desgajado, hecho jirones y vilipendiado, víctima permanente de la rapiña. Esa dualidad de reconocimientos puede aventurarse a medida que el Conde se enfrenta al templo delictivo de la urbe que puede verse como un proceso de rearme, una dilatada relectura de las capas sociales habaneras, epítome de Cuba.

Ambas, la virgen perdida y la Revolución, usaron un discurso curativo, una metáfora medicinal, para imponerse y validarse. Dos argucias argumentativas que las emparentan, dos mitologías fundacionales que ayudan a imponer su impronta y ofrecen un marco humano que las cotiza a un precio impagable pero que también puede causar dolor, mucho dolor y felicidad, mucha felicidad. Ambas son proclives a ello.

El grupo de amigos del Conde recibe con sorpresa la reaparición de Bobby, no la reorientación sexual que ahora asume, sino el rol de negociante exitoso, de trapichero cultural capaz de vender el patrimonio nacional por un puñado de dólares sin perder el sueño. Es el prototipo de una especie de cubano que se asume como modelo de éxito en la Cuba de las primeras décadas del siglo xxi.

Esa casta profesa casi las mismas aficiones a las élites reflejadas en Las Cuatro Estaciones, ¿o es la misma con este rol: una abierta lucha por el capital, ya legal y estimulado por el discurso nacional? La pertenencia del amigo de Mario Conde, sobre todo al lobby del comercio de arte y a cuanto negocio aparezca, hace relucir a esa pléyade de un aura más condescendiente que la de un delincuente común aunque siempre las pesquisas del Conde nos ofrecen que están igual en el principio del delito, o sin misericordia, dentro de este.

Estas investigaciones del Conde siempre las leo con fruición, no puedo negar ser su seguidor. Pecado de parcialidad que los críticos evitan pero declaro sin dudar porque cuando tantos paradigmas se quebrantan qué mejor que quedarse al amparo del Conde, en el umbral de sus sesenta, celebrando su regreso, celebrando su vida. (2018)

Notas:

[1] Premio Roger Caillois 2011 de literatura latinoamericana (La Maison de l’Amérique Latine en colaboración con la Société des Amis et Lecteurs de Roger Cailloisy el Pen Club francés); Premio Carbet del Caribe 2011 (revista Carbet&Institut du Tout Monde) por El hombre que amaba a los perros; Premio Nacional de Literatura 2012; Orden de las Artes y las Letras (Francia), 2013; Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza, 2014; Premio Princesa de Asturias de las Letras 2015 (España).

[2] José Manzaneda: «Leonardo Padura y James Ellroy: novela negra en Cuba y EE.UU, crítica social y doble rasero» en https://la-isla-desconocida.blogspot.com/2018/02/leonardo-padura-y-james-ellroy-novela.html

[3] Leonardo Padura Fuentes: Un hombre en una isla. Ensayos, obsesiones y crónicas, Ediciones Sed de Belleza, Santa Clara, pp. 168-169, 2012.

[4] Leonardo Padura Fuentes: Un hombre en una isla. Ensayos, obsesiones y crónicas, Ediciones Sed de Belleza, Santa Clara, p. 170, 2012.

5 comentarios

  1. Gabriel Morales

    Ojalá y lleguen a las editorial de Cuba, los derechos para se pueda editar esta nueva novela de Padura. Gracias por este trabajo.

  2. MARÍA MAGDALENA MORÍN GLEZ.

    HACÍA MUCHO TIEMPO QUE NO COINCIDÍA TOTALMENTE EN LO QUE DICE UN ARTÍCULO PORQUE LO PERSONAL Y LA PALABRA LO DICE ES COMO “EL PATIO DE MI CASA” QUE ES PARTICULAR .
    MUY BUEN ARTÍCULO PARA UN ESCRITOR DEL QUE SOY FANÁTICA DESDE QUE MUY JOVEN LEÍ SU PRIMERA FIEBRE DE CABALLOS

  3. Juan Edel

    Excelente artículo. “Doy la mitad de mi reino y hasta caso a la Princesa” por tal de leer esta nueva entrega de L . P . Vivo con la ilusión de que llegue el día en que seamos los cubanos de acá los que podamos tener la posibilidad de regalarle los libros de L.P. A nuestros amigos en el extranjero y no al contrario lo cual es un absurdo, uno más. Saludos.

  4. MARTA ELENA HERRERA ÁLVAREZ

    Es indudable que cada entrega que hace Padura es para sus asiduos lectores (entre los que me encuentro) la difícil tarea de llegar a ella, pocas son las tiradas y cómo hay que tirarse para conseguirlas, más bien en el
    mercado ¨negro¨ de los revendedores de la calle de madera o por Obispo).
    Qué miran esos críticos, qué temen esos que no permiten una difusión de su obra, será como el refrán: que nadie es profeta en su tierra, para qué no dignificar su obra tan premiada y reconocida, piensan esas personas que
    acallarán por eso su obra, con la cual tantas personas se identifican y gustan de la forma en que escribe y relaciona los hechos, que errados están y con H, porque son errores humanos con lo cual después tratan de realzarlo cuando ya no existen, como han hecho con otros autores que murieron en su casa, con su tabaco en mano y en la mayor miseria.
    Sus lectores los seguiremos y los buenos críticos también, solo falta que los decisores detengan esa oleada de marginación y le den el valor que su obra tiene, mantiene y muestra al lector de una manera fluida, en momentos hasta coloquial la trama en sus obras.
    Tener en mano una obra de Padura es comenzar a leerla y no querer soltarla hasta llegar al desenlace final.
    Gracias PADURA no desistas en seguir escribiendo y dándonos la satisfacción de tus obras y premios, aunque no estemos físicamente presente cuando la recibes en tantas partes del mundo y no en tu CUBA, pero aquí te esperamos.
    No sé cuándo tenga acceso y posibilidad de leerla, pero esperaré pacientemente como hacemos muchos de tus seguidores o quizás algún amigo de otras tierras sea lo único que le encargue cuando quiera conocer Varadero.
    FELICIDADES

  5. Redacción IPS Cuba

    Necesario para mantenernos al tanto del proceso de crecimiento de un personaje muy querido por los amantes de la literatura, demasiado apologético para una figura que no lo necesita, quien se erigió el lugar que le corresponde, sin duda altísimo. No hacían falta epítetos altisonantes y peyorativos, que, a mi ver, solo contribuyen a “tratar” de separar al creador de su contexto. “echar leña al fuego”, seguir “el juego”, a una critica sesgada por la parcialidad. De todas maneras, es su visión y la respeto. Gracias.

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