Vientos de Cuaresma

En los días de la primavera cubana en que llegan los vientos calientes del sur, al teniente Mario Conde le encargan una delicada investigación.

«…Sí, puedo resistirla [la nostalgia], pensó [el Conde] al contemplar las columnatas cuadradas que sostenían el altísimo portal del viejo Instituto de Segunda Enseñanza de la Víbora, convertido después en el Preuniversitario que sería la guarida, por tres años, de los sueños y esperanza de aquella generación escondida que quiso ser tantas cosas que nunca llegarían a ser. La sombra de las vetustas majaguas de flores rojas y amarillas ascendía por la breve escalinata, desdibujando el sol del mediodía y protegiendo, incluso, el busto de Carlos Manuel de Céspedes». (Vientos de Cuaresma, pp 37-38).

«De las aulas bajaba un murmullo leve…». (Vientos de Cuaresma, p 39).
El Conde sintió definitivamente que aquel lugar, adonde regresaba después de quince años de ausencia, ya no era el mismo que había dejado. Si acaso le pertenecía en el recuerdo…». (Vientos de Cuaresma, p 39).
«Entre aquellas columnas, por aquellas aulas, tras esa escalinata y sobre esa plaza ilógicamente bautizada como Roja […] había terminado la niñez y […] se hicieron adultos…». (Vientos de Cuaresma, pp 37-38).

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