José Soler Puig: ¿cien años de subestimación?

Soler Puig es un escritor cubano que debió formar parte del boom latinoamericano.

Soler no gozó en vida del reconocimiento que se merecía pese a que, en 1987, obtuviera el Premio Nacional de Literatura.

Foto: Cortesía de la autora

No es que el narrador cubano José Soler Puig sea un perfecto desconocido en su país, ni que no haya gozado del reconocimiento de las instituciones y de algunos críticos entusiastas, pero siempre pensé que es un escritor subestimado si se le compara con otros como José Lezama Lima o Alejo Carpentier que sí tuvieron la suerte de figurar en el llamado “boom latinoamericano”  nunca alcanzado por el creador de El pan dormido.

Ahora, en distintas partes de Cuba se está celebrando su centenario. Un merecido homenaje a quien, tal vez por su modestia o por ser tildado de “provinciano” por algunas mentalidades obtusas, no ha sido leído con atención, especialmente por las nuevas generaciones de escritores que se están perdiendo una de las obras más sólidas y originales de la literatura de la isla.

Coincido con la ensayista y crítica Graziella Pogolotti, quien en un artículo publicado en la revista cultural La Gaceta de Cuba expresa: “Nadie es profeta en su tierra. Y, mucho menos, entre nosotros, dominados por una suerte de canibalismo”.

La historia literaria nacional, añade Pogolotti, no se incluye en los programas escolares. Entre los escritores se acentúa la tendencia a partir de cero […] La obra de José Soler Puig ha sido víctima de una permanente marginación…”

Y, en efecto, conocido sobre todo por algunos amigos y defendido por eruditos como el ensayista José Antonio Portuondo, Soler no gozó en vida del reconocimiento que se merecía pese a que, en 1987, obtuviera el Premio Nacional de Literatura e incluso que, en 1960, al ganar el Premio Casa de las Américas con su novela Bertillón 166, una parte de la crítica se enfocara hacia él pero nunca, ya lo he dicho, con la admiración que sí despertaban algunos de sus contemporáneos como Lezama y Carpentier.

El escritor ganó en 1960 el Premio Casa de las Américas con su novela Bertillón 166.

El escritor ganó en 1960 el Premio Casa de las Américas con su novela Bertillón 166.

Ningún editor de los cazatalentos que pululaban en Europa Occidental en la década del sesenta, fijó su atención en ese novelista santiaguero a quien se debe un libro maravilloso como El pan dormido, por solo citar el que considero el mejor, publicado en 1975, en el contexto de un quinquenio gris, que según la escritora Aida Bahr le reprochaba no haber reflejado en esa obra la vida del proletariado y sí a la pequeña y mediana burguesía.

Bahr demuestra en un artículo publicado también en La Gaceta de Cuba que el reproche falta a la verdad. Ella nos recuerda que, a diferencia de los jóvenes escritores de hoy, casi siempre ubicados profesionalmente en centros relacionados con la cultura, Soler Puig ejerció los más disímiles oficios como el de jornalero, vendedor ambulante y cortador de caña.

Esta inmersión en distintos sectores de la vida cubana permitió al narrador acumular las vivencias necesarias para introducir en su obra a personas de todos los estratos y un conocimiento de la vida que no tenían, ni tienen, los actuales escritores como tampoco la mayoría de sus contemporáneos.

En esa galería de figuras inolvidables, nos dice Bahr, tal vez sea el Haitiano de El pan dormido quien mejor represente al hombre humilde que llega a hacer de su trabajo una obra de creación y el soporte de su dignidad; pero son muchos los hombres de nuestro mundo que Soler supo retratar con extraordinaria eficacia.

Y concluye la también escritora santiaguera: “Tuvo el mérito de la mirada atenta y abarcadora, y el del acierto literario al trasmitirla en su obra. Sea su centenario ocasión para adentrarse en lo mucho que su narrativa nos ofrece, con la misma atención y apertura”.

Coinciden quienes lo conocieron, en que Soler era un hombre más bien solitario, ausente de los corrillos donde muchas veces se autopromueven los escritores y que su obstinada decisión de vivir en Santiago de Cuba fue un handicap para que se le conociera o se desconociera por completo más allá de su isla en la época en que muchos latinoamericanos eran objeto de atención de las grandes editoriales europeas.

El excelente crítico manzanillero, Francisco López Sacha, sostiene que la magia de este narrador, a los efectos de fijar un paradigma narrativo, está en que se contamina con sus personajes, habla y gesticula como ellos, se asume como un personaje más a quien vemos cuando actúa desde la primera persona o escuchamos cuando desaparece en sus poéticas descripciones.

Hace solo unos años, la directora de cine Rebeca Chávez realizó una versión fílmica de Bertillón 166 que tituló Ciudad en Rojo, pero desgraciadamente ello no parece hacer servido de motivación para que ese interesante libro de Soler fuera visitado o revisitado por un amplio número de lectores.

De todos modos, las celebraciones por el centenario de un autor que mereció y merece ser más conocido y valorado ha servido, al menos, para que su nombre se repita una y otra vez en los medios de comunicación y para la reedición de sus magníficas novelas.

¿Se empolvarán en las librerías o por fin llegarán a los millones de receptores que por sus cualidades estéticas y su evidente sinceridad y compromiso con la literatura merecen tener?

No parece posible que un autor de tanta valía cumpla cien años de subestimación después de su muerte en 1996 y la carrera que inició en 1939 y alcanzó también la radio, el cine y la televisión. (2016)

Un comentario

  1. Mayito

    No lo conocí pero estando en la guerra de Angola(1980) cayó en mis manos Bertillón… y una entrevista que alguien le hiciera. Conecté con él. Sentí compasión porque percibí a un hombre solitario y modesto, totalmente apartado del “brillo”, un hombre que sería consecuente hasta el final. Es verdad, es un marginal. Y DIGO ES.
    Voy a especular: ese hombre era mirada, silencio y literatura. Me alegra que se le recuerde, gracias.
    Mayito.

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