¿Vale la pena?

El profesor Manuel Calviño mantiene frente a las cámaras uno de los empeños más loables en la lucha por la recuperación de valores perdidos.

Archivo IPS Cuba

El profesor Manuel Calviño mantiene un programa televisivo semanal llamado ¿Vale la pena? para reflexionar sobre la sociedad cubana

Unas pocas semanas atrás, en el habitual espacio televisivo Vale la pena, que desde hace unos años concibe y conduce el profesor y sicólogo Manuel Calviño, al abordar el tema del respeto al derecho ajeno, el estilo vehemente del presentador, que siempre trata de ser persuasivo y convincente, tuvo una visible fractura por la que se escapó la más real y evidente indignación, pues —al menos así lo recibieron muchos espectadores— el profesor Calviño hablaba de un asunto que lo molestaba como un dolor.

Y es que, hoy por hoy, el respeto por los demás es uno de los valores más escasos en la vida corriente y cotidiana de los cubanos.

Al margen de los ejemplos citados por Calviño —que en la punta de su silla se abalanzaba sobre la cámara—, la actitud del profesor revelaba la inconformidad de muchas personas ante un mal social de gigantescas proporciones y de impredecibles consecuencias, y contra el cual resulta difícil pero indispensable luchar.

Porque no se trata ya de actitudes calificables como delictivas o siquiera marginales, a través de las cuales algunas personas agreden, perturban o perjudican a otros ciudadanos y que pueden ser condenadas y reprimidas por las autoridades competentes. Más bien se trata, en este caso, de un estilo de vida que se va generalizando y en el cual el individualismo de ciertas personas borra las leyes elementales de la convivencia y, como si fueran dueños del mundo, los lleva a pasear por la vida imponiendo a los demás sus gustos, aficiones, malas costumbres, sin importarle, para nada, los gustos, aficiones y costumbres de los demás: sin tener en cuenta que los otros viven en el mismo mundo y también tienen sus derechos.

Para entrar en una de las aristas más dramáticas del tema se puede afirmar, sin temor a la duda, que fenómenos tales como el incremento desmedido de los accidentes del tránsito, las expresiones callejeras de violencia, la suciedad y casi destrucción de lugares públicos y otros males sociales con los que chocamos cada día, tienen en su origen la falta de comprensión por el derecho de los demás. El desmedido individualismo con que muchas personas se comportan, tanto en sus cotos privados como en los lugares públicos, va marcando una forma de vida y una sicología en la cual el lema parece ser «lo mío primero» y «también lo segundo».

No es ningún secreto que el incremento vertical de las actitudes delictivas ha obligado a las altas esferas del gobierno cubano a tomar drásticas medidas jurídicas y represivas que han tenido sus efectos más visibles en las recientes modificaciones del Código Penal (y su endurecimiento) y el aumento evidente de la fuerza policial desplegada en las calles de las ciudades cubanas con el objeto de prevenir y reprimir del delito.

Sin embargo, muchas actitudes que violan el derecho de los demás, que alteran las leyes no escritas de la convivencia y que perjudican la calidad de vida de muchas personas, difícilmente se pueden resolver con medidas jurídicas o represivas, por lo que su localización y erradicación se convierte en un empeño harto difícil.

Pero cuando un vecino decide oír a Ricky Martin a un volumen capaz de llegar a dos cuadras de distancia, cuando un ciclista y un chofer interrumpen el tráfico para sostener una animada conversación en plena calle, cuando el último de la cola decide convertirse en primero, cuando los alegres jóvenes recién salidos de una discoteca continúan su fiesta por las calles a las dos de la madrugada, cuando alguien coloca su basura en la acera el sábado por el mediodía, a sabiendas de que la próxima recogida no se efectuará hasta la mañana del lunes, cuando unos niños recién salidos de la escuela la emprenden a palos con las áreas verdes de un parque, un jardín o incluso una casa privada, o cuando un muchacho que va sin camisa por la calle le dice «puro» a un individuo al preguntarle la hora y se marcha sin dar las gracias… ¿qué se puede hacer?

Cierto es que existen regulaciones y organismos encargados de velar para que algunas de esas actitudes no se produzcan. Desde inspectores hasta policías tienen la potestad y el deber de evitar tales comportamientos, pero, más que la multa o la represión, en muchos casos debería actuar algo mucho más discreto y a la larga efectivo que es la conciencia de los propios individuos y la noción de que, para convivir en sociedad, lo más importante es respetar el derecho de los demás, para que así se respete el nuestro.

Los años más duros del período especial fueron, sin duda, un catalizador en el desarrollo de muchos de estos problemas sociales y de convivencia. La falta de respuesta estatal a necesidades sociales importantes, borró de la mente de muchas personas ciertas costumbres necesarias para vivir en armonía con el medio y con las otras personas.

Sin embargo, es evidente que no es en la calle donde nacen estos males: si allí se desarrollan es porque la semilla existe y, casi siempre, ésta ha sido plantada en los hogares, células de la sociedad, y en los cuales —por razones que van desde el divorcio hasta la falta de espacio vital— no se dedica el tiempo suficiente a cultivar la conciencia de esa necesidad de expresar nuestros gustos y apetencias de un modo que no sea lesivo para el resto de los mortales con los que compartimos el planeta.

La cruzada que durante años ha sostenido cada semana ante las cámara de la televisión el profesor Manuel Calviño es quizás uno de los empeños más loables en esta lucha necesaria por la recuperación de valores perdidos o atrofiados. Sin embargo, da la impresión de que falta conciencia social de la trascendencia de esta lucha, que en ocasiones parece andar tan en solitario que se puede llegar a pensar si en realidad vale la pena.

Lo cierto es, en cualquier caso, que todos los niveles de la sociedad y sus aparatos dedicados a crear conciencia deberían mirar con la necesaria preocupación el despliegue lento pero corrosivo de un modo de vida en el que el derecho ajeno parece no existir. Porque si bien no son todos los cubanos los que se expresan de ese modo, son cada vez más los que lo hacen y, en especial, su arraigo se ve a simple vista entre los más jóvenes. Definitivamente, es una lucha que vale la pena desarrollar, por el bien de la sociedad de hoy y, sobre todo, por la del mañana.

Un comentario

  1. Braulio Montenegro.

    Ese es el hombre nuevo que esta dentro de las promesas del mesias nombrado fidel castro. Es parte de la obra propuesta, de destruir nuestra PATRIA, antes de que le arrebstemos nuestra LIBERTAD.

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