A grandes males

El crecimiento de actitudes delictivas y violentas preocupaban al gobierno cubano desde 1999.

Jorge Luis Baños - IPS

Los huracanes que cada año asolan el país, dejan un saldo irreparable de pobreza en la población cubana

Apenas habían concluido los festejos y discursos por la celebración del 40 aniversario del triunfo de la Revolución, cuando se produjo el que sin duda es para Cuba el primer acontecimiento de relieve político y social del presente año 1999: la reunión del presidente cubano Fidel Castro con una nutrida delegación de la Policía Nacional Revolucionaria en ocasión de cumplirse las cuatro décadas de la creación de este cuerpo armado.

La práctica habitual hacía esperar un discurso de aniversario: recuento y homenaje hubieran sido lo previsible si la situación social cubana no hubiera impuesto otra mirada sobre el acontecimiento que se celebraba. Y es que, más a tono con los tiempos y la realidad, se impuso una mirada crítica y una llamada de alerta sobre determinados males que van corroyendo la sociedad cubana hasta el punto de poner en peligro la propia existencia del sistema político.

Prostitución, proxenetismo, robo, tráfico de drogas, violencia, corrupción fueron los asuntos que afloraron en la extensa comparecencia del presidente cubano. Con cifras y datos que mueven a la reflexión (y a la preocupación), el máximo dirigente de la Revolución puso en evidencia el estado de desorden social que ha ido creciendo en los últimos años, bajo el manto de dos fenómenos de origen económico y de duras consecuencias sociales: el estado de carencia material que se acentúa desde la instauración del llamado “período especial”, decretado a principios de la década, y el incremento del turismo internacional, opción económica emergente que ha dado un respiro al país, mientras éste trata de recolocar su comercio y revitalizar su industria -no siempre con éxito, como lo ha demostrado la persistente ineficiencia de las zafras azucareras, otrora la mayor fuente de ingresos de la isla.

Resulta interesante destacar, alrededor del incremento de la violencia y la presencia cada vez más extendida de diversas manifestaciones delictivas cómo los diversos llamados a frenar su crecimiento, hechos a lo largo de los últimos meses por diversas instancias oficiales – del gobierno, del Estado, del Partido-  tuvieron una escasa repercusión social y más bien quedaron como intentos aislados y noticias efímeras en la prensa, que no puso a debate una situación que afecta a toda la población del país.

Las “cacerías” de jineteras efectuadas en los últimos meses y el cierre de las discotecas turísticas pareció así más un episodio aislado que el resultado de una política social de la cual debían participar todos los ciudadanos del país.

De modo similar, el desarrollo vertiginoso de formas diversas de violencia social rara vez tuvo el eco público que merecía e, incluso, se criticó de alarmistas y pesimistas a quienes vieron en tales actitudes un fermento de descomposición social altamente nocivo y potencialmente peligroso para la misma esencia política del sistema.

Estas actitudes, que son fruto del  crecimiento acelerado de la marginalidad tienen, ante todo, un claro origen económico en las enormes dificultades materiales que el vivir diario impone a los cubanos: desde la falta de transporte hasta la dificultad para conseguir los alimentos son condiciones que generan violencia, del mismo modo que las diferencias económicas entre los ciudadanos (entre los que tienen y los que no tienen dólares, entre los que trabajan en el turismo y los que lo hacen para el Estado) fertilizan la semilla de la marginalidad.

No obstante, los modos en que se ha ido estableciendo el desorden social, la violación del respeto ajeno, la burla a las leyes y decretos, es una realidad que supera los claros orígenes antes expuestos y reclama una mirada más profunda sobre las condiciones en que se desarrolla la vida de los cubanos y la necesidad de hallar el origen profundo de tales actitudes, tratar de solucionarlas y, sólo en última instancia, reprimirlas.

Porque tan o más preocupante que los hechos visibles, son las cicatrices aparentemente ocultas que tales situaciones y fenómenos van dejando en la espiritualidad y en la moral de los cubanos. El hecho – pongamos por ejemplo – que una muchacha dedicada a la prostitución conviva alegre y normalmente con otras jóvenes que pueden ver en ella un ejemplo a seguir es más peligroso que el acto mismo de vender el cuerpo a un extranjero. La pérdida evidente de valores que se produce alrededor de este tipo de actitudes no puede resolverse con drásticas medidas represivas y, por tanto, es más difícil de controlar y erradicar.

Lo mismo sucede con la ostentación a que se lanzan las personas que trabajan en esferas cercanas al dólar quienes, por una vía no siempre limpia, cambian con una velocidad supersónica su modo de vida y pasan de la bicicleta a la moto, del tennis sin marca al Adidas, creando un espejismo que – muchas veces con la ilegalidad en su origen – hace ver agua en medio del desierto.

La sociedad cubana, que en los últimos años se ha visto envuelta en profundos cambios estructurales, no parecía estar preparada para enfrentar los retos de la nueva realidad sin pagar el costo social que se ha generado.

Una shopping en cada barrio es algo más que una estrategia para recaudar divisas, al igual que resultan una tentación las infinitas posibilidades de cambio de vida que permite el acceso a las divisas. Por eso, junto a la necesaria represión, se impone – y así lo expresó el gobernante cubano – mirar más hacia dentro, llegar a la semilla de actitudes violentas y delictivas, tratar de cortar raíces, pues no sólo con medidas policiales y judiciales se puede evitar que los grandes males de hoy no sean los males inevitables y catastróficos de mañana.

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