Anna Pavlova, el centenario de su primera visita

El paso perdurable de una estrella.

El Museo Nacional de la Danza de Cuba abrió el pasado 13 de marzo una exposición en memoria del centenario de la primera presentación en Cuba de la gran bailarina rusa Anna Pavlova (1881-1931). La estrella del ballet debutó en el Teatro Payret, para desplazarse luego a Cienfuegos y Matanzas. La artista era ya, más que una celebridad, un verdadero mito de la escena. Varios intelectuales de la época dejaron constancia de su fascinación por el arte de la danzarina, quien retornó a la isla en 1917 y 1918.

El siglo XX no parecía estar bajo la égida del ballet clásico tal y como la artista rusa lo concebía. La norteamericana Isadora Duncan rompió con ciertos prejuicios y convenciones y, envuelta en su túnica griega, difundió a los cuatro vientos su filosofía de la absoluta libertad humana. En sus Memorias, aunque elogió el talento de la bailarina rusa no dejó de expresar su estupor y cierta ironía ante el estricto régimen dietético y de ensayos que esta se imponía. El arte de la Pavlova le parecía más una curiosidad que algo humano y fecundante. Mary Wigman, Marta Graham y toda la larga serie de cultivadores de la danza moderna continuaron ahondando las distancias respecto al ballet, mas este mostró una rara capacidad de supervivencia sólo comparable con la de la ópera. Hoy, el renovado interés por el repertorio casi olvidado del siglo XIX y la revisión del período clásico con sus aportes técnicos y estilísticos, han despertado nuevamente la sombra de Pavlova. El arte necesita cada cierto tiempo ser fecundado por un mito.

Nacida en Estonia en 1881, Anna estudió en la Escuela de Ballet anexa al Teatro Marinski de San Petersburgo.Tras siete años de estudio pudo entrar en la compañía que tenía su sede estable en ese coliseo. Allí llegó a ser nombrada solista en muy corto tiempo. Desde aquel escenario conocería a figuras muy diversas: el joven virtuoso Vaslav Nijinski, de quien ella llegó a sentir celos, pues defendía la idea romántica de que el centro exclusivo de un espectáculo debía serlo la bailarina; el coreógrafo Mijail Fokin, admirador suyo y creador de un solo brevísimo: La muerte del cisne, con música de Camille Saint Saëns, que a través de su magistral interpretación obtendría celebridad mundial. También ganó Pávlova la admiración de Nicolás II, el último zar ruso, por entonces amante de la estrella de la compañía Matilde Chessinskaia, a la que regaló un palacio y una célebre colección de cubiertos de oro. El monarca dedicó su retrato a Pavlova y ella lo llevó consigo por el mundo y hizo que presidiera su camerino, muchos años más allá de la desaparición del autócrata.

La danzarina estuvo entre aquellos que vivieron la gran aventura fraguada por Serge de Diaghilev de llevar los Ballets Rusos a Occidente. En una noche memorable de 1909 conquistó al público parisino al bailar Las sílfides de Fokin junto a Tamara Karsávina y Vaslav Nijinski, pero su estancia en la compañía no fue duradera; ella, que tenía una noción decimonónica de lo que era ser estrella, no podía soportar que su nombre pudiera estar en la cartelera debajo de otros y cuando se emprendió el proyecto más audaz de esos años, La consagración de la primavera (la partitura de Stravinski coreografiada por Nijinski), abandonó la troupe afirmando que ella no bailaría “esas inepcias”.

A partir de entonces y hasta su muerte, la Pavlova tendría su propia compañía, centrada en ella, con algún partenaire sometido a su voluntad y un puñado de bailarinas destinadas a formar un hermoso y mediocre marco donde sólo ella debía brillar. Víctor Dandré, su esposo, preparó todo a su gusto, desde un salón de ensayos en el palacio en que residía, hasta un tren adaptado para trasladar a la troupe con trajes, decorados y todo. Europa y América pudieron contemplar durante dos décadas el esplendor de la estrella.

Curiosamente, una mujer que se sentía tan por encima del mundo común, se volvía frágil cuando se trataba de presentarse ante alguna testa coronada, así sucedió en 1911, según cuenta su vestuarista Helen Lieberg:

Nos dirigimos a Londres, donde bailaría en el Covent Garden en presencia de la Reina María y de su corte. Estaba muy nerviosa porque tenía que interpretar La muerte del cisne, ballet creado especialmente para ella. Antes de salir a escena un ataque de nervios hizo que se colgara de las perchas. Trabajo me costó bajarla de allí, pues habían hecho dos llamadas a escena. Cuando logré mis propósitos salió, no sin antes amenazarme repetidamente. Mientras bailaba yo atisbaba tras las bambalinas y, por supuesto, el éxito fue tan rotundo, que debió salir muchas veces a la escena. La Reina y el público aplaudían de pie, sin cansarse.

Pavlova llegó por primera vez a La Habana en marzo de 1915 y se presentó el día 13 en el Teatro Payret, junto a su partenaire Alexander Volinine, en un espectáculo de concierto que incluía ballets como La muerte del cisne, Papillons y Bacanal de otoño.

El éxito fue inmenso a pesar de que el público cubano apenas conocía el género. Desde El Fígaro, la publicación cultural cubana más importante de la época, el poeta Federico Uhrbach (1873-1932) alzaba su panegírico en un tono voluntariamente romántico:

Cuando danzas, cuando vagas, cuando giras, ¿desciendes a la tierra o te elevas de ella? Nadie puede decirlo. Tu dominio es el aire. Tú misma eres el aire, porque como el ambiente, transmites a las almas el perfume, la luz y la armonía. Desciendes a la tierra porque nos traes un poco de la gracia del cielo, de su impalpable encanto. Asciendes de la tierra porque la purificas e idealizas con tu arte que es idea y es pureza.

Pavlova permaneció dos semanas en el país, actuó en el Teatro Luisa de Cienfuegos y en el Sauto de Matanzas. En todas partes la acogida fue clamorosa.

Retornó en 1917. En esta ocasión se presentaría en el Teatro Nacional, entre el 8 de febrero y el 3 de marzo, con Giselle, Coppelia, Las ondinas, una versión de Carmen y algunas piezas breves. El poeta Mariano Brull (1891-1956), futuro fundador de la vanguardia poética en Cuba, entregaría a El Fígaro un poema en doce estrofas consagrado a la artista, que apareció el 11 de febrero. El texto, evidentemente inspirado en la coreografía Bacanal de otoño, procuraba imitar el fervor clásico de esta:

Tú fuiste de la estirpe que al Olimpo blasona;

ungida por el óleo del antiguo esplendor

no ha olvidado tu mano el tirso, y la corona

es en tu frente ahora celeste resplandor.

(…)

Consagraste el racimo a tu dios, a Dionisos

en la fiesta sagrada del pagano esplendor;

te embriagaste de vida y animaste los frisos

con la fe de tu gracia y el poder de tu amor.

El entusiasmo del público fue muy semejante al de la ocasión anterior.

La última visita de Pavlova a La Habana tuvo lugar en el invierno 1918-1919, cuando se incorporó a la compañía operática organizada por el empresario italiano Adolfo Bracale, para interpretar los bailables de óperas como Rigoletto, Mefistófeles, Traviata y Aida. No hubo entonces ni sombra de los triunfos anteriores. Como era común en la época, se procuraba buscar estrellas para atraer la atención del público, pero la puesta era descuidada, los extras apenas ensayaban, vestuarios y decorados se alquilaban a ciertos teatros europeos que los habían desechado tras muchísimas puestas, en fin, el resultado artístico era bastante patético y la danzarina no podía suplirlo todo con su presencia. Un periodista escribió con ironía: “El público inteligente no olvida aquel minué, con sus respectivas pelucas blancas y tacones rojos que el empresario obligó a bailar a las huestes de Madame Pavlova, en los salones del Duque de Mantua”. Los espectadores parecían dar la espalda a la artista. Por esos días tenía mucho éxito el circo de Santos y Artigas.

Sin embargo, la estrella no mostró amargura por las contrariedades de la temporada –ni siquiera cuando le robaron un perro faldero que la acompañaba a todas partes-. Entrevistada para El Fígaro por el muy cosmopolita periodista nicaragüense Eduardo Avilés Ramírez, por entonces en La Habana, ella se refirió al largo y fatigoso viaje para bailar en el Teatro Oriente de Santiago de Cuba y afirmó que había gozado de aquel recorrido: “en verdad que me han encantado las risueñas perspectivas, las palmeras enhiestas, y el sol.”

Pavlova se presentó por última vez en Cuba el 11 de enero de 1919, en los bailables de la ópera Fausto. Nunca retornaría a la Isla.

La muerte, en forma de una galopante pleuresía, alcanzó a la estrella en La Haya, Holanda en 1931, en vísperas de actuar en el Teatro de la Moneda de Bruselas. Un cubano, José M. Valdés Rodríguez, recuerda en una crónica que en la noche siguiente la sala se llenó de espectadores y la orquesta tocó La muerte del cisne:

En la escena, en medio de un silencio espectacular, muchos ojos lloraban viendo el rayo luminoso de un reflector ir y venir sobre las tablas, alumbrando los sitios en que ella debía encontrarse si en vez de estar rígida dentro de un ataúd lleno de flores, estuviera viva y armoniosa y divina ante nuestros ojos…

Es justo celebrar el centenario de la visita de Pavlova. Fue la primera estrella del ballet que danzó para los cubanos en el siglo XX. Su presencia no solo inspiró poemas apreciables sino que contribuyó a motivar a las damas más cultas de la sociedad habanera a fundar la Sociedad Pro Arte Musical que décadas después serviría de cuna a la enseñanza del arte danzario en la isla. Una centuria después de aquella primera función en el Payret, Cuba aparece, por derecho propio, en todos los panoramas actuales del ballet. Eso hubiera sido un auténtico motivo de asombro para la artista rusa.

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