Canto a La Habana

Imagen revelada de una ciudad colonial.

En su imprescindible estudio Cuba/España, España/Cuba: Historia común, el profesor Manuel Moreno Fraginals, uno de los historiadores más provocadores e inquietantes que han interpretado el devenir cubano, analiza y en ocasiones destroza varios de los mitos históricos que, de una forma u otra, se fueron asentando en la percepción aceptada del pasado colonial del país.

Una de las más enjundiosas revelaciones de ese ensayo está en su análisis del proceso de producción cultural cubano anterior al siglo XIX, el momento en que, al calor de la forja de la nacionalidad, se produce una gran eclosión de obras de carácter artístico que, desde los poemas bucólicos Manuel Zequeira y su tocayo Rubalcaba, y luego la obra de José María Heredia, abren la senda de la creación de una cultura artística propiamente cubana. Antes de ese instante, como recuerda Moreno, se hablaba de la cultura de la isla como de un prolongado vacío apenas iluminado por dos obras trascendentes, la música sacra de Esteban Salas y la escritura del poema Espejo de paciencia –dos obras que, por cierto, solo fueron cabalmente conocidas siglos después de creadas- a las que se sumaban aquella serie de grabados hechos con fines muchas veces utilitarios en los que, con notable y justificada presencia, se reproducían imágenes de la ciudad de La Habana y, en especial, de su bahía y puerto, centros de la vida social y económica insular.

 Moreno introduce entonces una importante revisión histórica: ese supuesto vacío cultural cubano anterior al siglo XIX no es tal. O lo es solo si se entiende la cultura en términos estrechos. Porque la isla, y de modo protagónico su capital, La Habana, fueron centros productores de cultura utilitaria, intrínsecamente relacionada con las actividades económicas y políticas que, para su desarrollo, exigían de la existencia de esa capacidad creativa. De ahí que floreciera, por esos siglos genésicos, toda una producción asociada a las actividades militares, comerciales y marineras que marcaban la vida cubana y que, en su ejercicio (intelectual y material) legaron esa cultura práctica que exigía a vida de la colonia, con más urgencia que poemas y piezas teatrales.

 Como valioso testimonio de ese proceso cultural, que en el siglo XIX irá llenándose de intenciones más abiertamente estéticas, ha sido concebido un hermoso volumen titulado La Habana, imagen de una ciudad colonial, fecundado por el celo, la pasión y el conocimiento del tema de la investigadora Zoila Lapique y el fotógrafo Julio A. Larramendi. Estampado en España por Ediciones Polymita (2013), casa asentada en Guatemala y dirigida editorialmente por el propio Larramendi, esta edición de tres mil ejemplares viene a convertirse desde ya en una obra imprescindible para el conocimiento de la iconografía colonial habanera, desde los tiempos de la conquista de la isla por los españoles hasta el instante que simbólica y políticamente cierra ese período: el momento en que Máximo Gómez posa para un fotógrafo cuando se dispone a izar la bandera cubana para dar acta de nacimiento a la nueva república.

 Este volumen, concebido como un álbum de tapa dura y con el papel adecuado para sus fines, resume visualmente un tránsito de cuatro siglos de historia habanera. Dividido en dos grandes acápites, el primero de ellos está dedicado a las llamadas “Estampaciones” que, desde las primeras visiones europeas del Nuevo Mundo y de la propia ciudad de La Habana hasta la obra de los artistas propiamente dichos del siglo XIX, recoge en sus estampas los hitos de una evolución de la imagen de lo cubano creada a través del tiempo, en un proceso de tanteos, aproximaciones y definiciones que nos permiten asistir a un acto de fecundación concluido en un alumbramiento. Estas estampas, realizadas en distintas técnicas, aunque con notable insistencia en el grabado, nos permiten seguir el tránsito histórico de La Habana y comprobar, de forma visual, la acertada tesis del maestro Moreno Fraginals: la mayoría de las imágenes tienen que ver con la actividad comercial y marinera, con la presencia de construcciones militares, con astilleros y buques… y, por supuesto, con el protagonismo avasallante de la mirada de lo habanero desde el mar por donde llegaba y salía casi todo lo que le daba vida económica, social y espiritual a la isla. Acompañado por un texto de la doctora Zoila Lapique, principal especialista en el tema de la iconografía colonial, ese recorrido histórico por la imagen habanera –lleno además de sorpresas y revelaciones- alcanza aquí una de sus más bellas y definitivas realizaciones bibliográficas.

El segundo sector del libro se abre con la llegada de la fotografía a Cuba, en 1840 (primera máquina para realizar daguerrotipos) y recorre seis décadas claves de la historia habanera y cubana, iluminadas aquí por el testimonio gráfico de decenas de fotógrafos, muchos de ellos anónimos, que nos legaron escenas de la vida criolla de esa época. Como era de esperar, el territorio fotográfico del libro es comentado por Julio Larramendi, convertido ya no solo en uno de los más activos artistas cubanos de la fotografía, sino en uno de sus más acuciosos investigadores y conocedores.

La Habana fotografiada que recoge Larramendi no es solo paisaje y piedra. Son sus personajes, imágenes de su vida íntima, de sus ambientes doméstico y público poblados de vida humana. Es una Habana que crece hacia dentro y se aleja del mar para alcanzar la fisonomía que la caracterizaría –y que, por fortuna, en muchos casos todavía hoy podemos disfrutar. Resulta significativo, en este trayecto, como al tiempo que evoluciona la técnica fotográfica también La Habana se desarrolla y expande desde el primigenio recinto colonial hacia lo que constituyó su primer ensanche, una vez derribadas las murallas que pretendieron defender la villa.

El contenido social que adquiere la representación gráfica de la realidad con la llegada de la fotografía ha sido convenientemente marcado en esta selección: imágenes de insurrectos, de la crudeza de la vida de entonces y de momentos tan emblemáticos como el que muestra la espectacular fotografía de la multitudinaria procesión cívica para celebrar la abolición de la esclavitud o la dolorosa estampa de las personas “reconcentradas” por Valeriano Weyler, hacinadas en una céntrica calle habanera.

Los años de esfuerzo dedicados al estudio de nuestra imagen por la doctora Zoila Lapique y el empeño creador e indagador del incansable Julio Larramendi consiguen en la delicada edición de La Habana, imagen de una ciudad colonial  la consumación de una obra donde se dan la mano, con armonía, la belleza y la utilidad. Un verdadero canto a La Habana (2014).

      

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