Cien años de soledad, cincuenta años después

Para los cubanos, Gabriel García Márquez fue el escritor por antonomasia y tanto Macondo como toda la progenie de los Buendía andaban en boca de todos.

Foto: Tomada de internet

Ha transcurrido medio siglo desde que un grupo de lectores inadvertidos abrió en Buenos Aires una novela de autor desconocido y comenzaron a leer estas líneas más bien alucinantes: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.” Había nacido Cien años de soledad.

Por esas fechas Gabriel García Márquez tenía 40 años y no era ningún niño prodigio. Había ejercido el periodismo por casi dos décadas en su natal Colombia y publicó sin mucha fortuna dos novelas: La hojarasca (1955) y La mala hora (1962). También había dado a la luz el relato El coronel no tiene quien le escriba (1961) y el volumen de cuentos Los funerales de la Mamá Grande (1962) pero la maestría de estos solo sería reconocida después, a la luz del éxito de Cien años de soledad.

Gracias al riesgo que decidió correr Francisco Porrúa, el director de Sudamericana en Buenos Aires, una novela emblemática venía a nutrir la hoguera del boom narrativo americano que ya se nutría con La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes (1962), La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa (1962), Rayuela de Julio Cortázar (1963) y Paradiso de José Lezama Lima (1966), por solo citar algunas de las más notables.

Sin embargo, Cien años de soledad no se limitaría a ser un éxito de crítica, ni el tema de conversación de una élite ilustrada en los cafés de Buenos Aires, Bogotá o Barcelona. Se convertiría en un libro de culto para esa entelequia que se llama lector común. El libro empleaba el idioma de una manera engañosamente sencilla, la acción fluía contada muy al modo de los narradores populares y prescindía de toda pose culterana.

El mundo de Macondo resultaba harto familiar para el público latinoamericano: repúblicas bananeras, guerras entre liberales y conservadores, militares iletrados. Sin embargo, esos elementos, presentes en la narrativa del Continente desde el siglo anterior, ahora venían aderezados por un ingrediente especial, un realismo mágico que borraba los límites entre historia y ficción, entre lo verosímil y lo delirante, pero, sobre todo, contado con esa naturalidad que ponen las comadres de cualquier punto de América para relatar las más desmedidas patrañas. Los que asistimos por primera vez a la ascensión a los cielos de Remedios la Bella, podemos comprender perfectamente lo que eso significa.

Después los críticos avisados insistirían en que García Márquez seguía a William Faulkner en eso de crear una región imaginaria que resumía los problemas y caracteres de un espacio mucho mayor, pero nadie pudo quitarle su invención exclusiva de Macondo, ese sitio tan local, tan aparentemente pequeño, pero que mezcla en su interior los elementos principales de la condición humana.

El autor supo aprovechar con creces su experiencia periodística al forjar en apenas dieciocho meses su novela. Es evidente que prefirió la transparencia de la narración a los juegos barrocos con el lenguaje que estaban de moda entre muchos de sus colegas. Parecía más dado a la tarea de informar y persuadir que a la de exhibir su virtuosismo conformando varios planos o produciendo efectos de luz y sombra. Nada de acciones implícitas, allí todo parecía harto evidente, bajo el implacable sol y las lluvias torrenciales de Macondo y además, con el marcado ingrediente periodístico de los detalles. ¿Por qué Remedios tiene que ascender a los cielos unida a las sábanas que estaba tendiendo? ¿Por qué era necesario registrar como si fuera un parte meteorológico que llovió “cuatro años, once meses y dos días”? Porque García Márquez, como cronista experimentado, sabía que a los lectores les apasionaban más los detalles aparentemente nimios que los grandes asuntos, quizá porque sentían que, gracias a ellos, los personajes importantes de los periódicos se parecían a la humanidad común.

La novela tuvo éxito en todas partes. En 1968 ya estaba traducida al francés y en 1970 se publicó en inglés en una traducción de Gregory Rabasa que ya había vertido a ese idioma Rayuela y se preparaba para el mismo empeño con el monumental Paradiso. Los lectores anglosajones tomaron el libro como suyo y multiplicaron su condición de bestseller. Muy pronto hubo otras traducciones al checo, el danés, el eslovaco, el esloveno y hasta al esperanto, por aquello de darle una dimensión auténticamente universal.

En Cuba vio la luz muy pronto, gracias una edición sobria y elegante de cubierta amarilla en la Colección Literatura Latinoamericana de la Casa de las Américas, sin embargo su popularidad reclamó enseguida una edición Huracán, reimpresa más de una vez, porque el libro se leía en todas partes, lo mismo en un ómnibus, un campamento cañero o un aula de preuniversitario, a pesar de que la pésima encuadernación hacía que las páginas, apenas leídas, se desprendieran del volumen y si este caía al suelo, hacía falta más de un par de manos para recomponerlo. Por entonces —1969, 1970 y mucho después— para los cubanos García Márquez era el escritor por antonomasia y tanto Macondo como toda la progenie de los Buendía andaban en boca de todos.

Muchos años después, cuando viví tres meses en la húmeda y hostil Bogotá, pude comprender enseguida la diferencia cultural entre cachacos y costeños, bastaba con recordar el habla y pretensiones de Fernanda del Carpio frente a la silvestre naturalidad de los Buendía.

A mi juicio, con esta novela García Márquez ganó tal altura que él mismo no pudo superarla. El otoño del patriarca, ese libro sin puntos y aparte, resultó un texto virtuoso y atractivo solo para los críticos y ciertas élites y El general en su laberinto, más allá de su reflexión existencial sobre Bolívar era una empresa a ratos tediosa. Muchos agradecieron el hilo sentimental de El amor en los tiempos del cólera, pero allí, como ocurre después de manera mucho más evidente en Del amor y otros demonios, hay ya una tendencia a repetir efectos, situaciones, maneras de hacer, una especie de parodia de sus propios logros.

Cerrada ya la obra de este autor, prefiero asociarla casi exclusivamente con Cien años de soledad y algunas de las piezas breves que están en su órbita como El coronel no tiene quien le escriba, Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo y ese largo y excepcional cuento que es La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su desalmada abuela. Tal vez sumaría, como ejemplo de escritura lograda, como un mecanismo de relojería, la Crónica de una muerte anunciada. De todos modos no son muchos los narradores latinoamericanos, por mucho papel que hayan emborronado, que puedan dejar un legado comparable con ese.

Como todo éxito trae su maldición, la progenie de Cien años de soledad fue tan extensa y monstruosa como los niños con cola de cerdo que nacían de las relaciones incestuosas en Macondo. En unos casos algunos creyeron que era esa la forma natural y definitiva de escribir en América, en otros casos fue sencillamente la fórmula para encubrir la propia mediocridad. Todavía, aquí y allá, tropezamos con libros que ni son realistas y mucho menos mágicos aunque lo pretendan. La literatura de América, desde Fernando del Paso a Roberto Bolaño y Leonardo Padura va por otros derroteros. Sin embargo, la novela que comentamos, como ciertas mujeres inteligentes, sabe envejecer muy bien. (2017)

 

 

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