Cintio Vitier, a un lustro de su tránsito

Una obra clásica del pensamiento cubano.

El pasado 1 de octubre se cumplió un lustro del fallecimiento de Cintio Vitier (Cayo Hueso, 1921-La Habana, 2009). Fue miembro del Grupo Orígenes, esa promoción de autores que contribuyó de manera singular a la cultura cubana, primero desde las páginas de la revista homónima entre 1944 y 1956 y luego con sus obras individuales por el resto del siglo XX.

Hijo del filósofo y pedagogo Medardo Vitier, Cintio compartió con José Lezama Lima muchos de los momentos gloriosos de su promoción literaria: la común influencia ejercida sobre ellos por Juan Ramón Jiménez; la edición de revistas como Espuela de plata y Orígenes;  sin olvidar las célebres reuniones en Bauta, presididas por el sacerdote y poeta Ángel Gaztelu.

Lo esencial de su creación poética fue recogido en tres grandes sumas: Vísperas (1953), Testimonios (1968) y Nupcias (1993). Él mismo se encargó de definir en 1948 los temas fundamentales que por entonces abordara en esos versos, llenos de un ansia metafísica: “la extrañeza del mundo, el misterio de la mirada y la memoria, el paso de lo onírico a la sequedad del espíritu, el imposible como hogar”. Mas, su conversión al cristianismo en 1953 abre su poética a otros destinos: la búsqueda de la sencillez expresiva, el rechazo de los artificios puramente literarios, la voluntaria cercanía con poetas entrañables desde San Juan de la Cruz hasta Unamuno y Gabriela Mistral.

Aunque su ejecutoria lírica hubiera garantizado su inclusión en la historia de la literatura cubana, es su labor como ensayista e investigador la que, a mi juicio, ofrece frutos más relevantes. La antología Diez poetas cubanos (1948) fue la primera visión de conjunto de la poética de Orígenes y el primer deslinde de las constantes temáticas, afinidades estéticas y aportes de este conjunto de autores, por entonces noveles. Cincuenta años de poesía cubana (1952), por su parte, es el balance personal, sereno y polémico, de los textos más notables que la isla legaba a la primera mitad del siglo XX. Este volumen, tiene el mérito esencial de repasar la poesía cubana con una mirada integradora que hace convivir los ismos y posiciones más diversas,  con criterios audaces, como el de incluir en sus páginas a un autor como José Angel Buesa, cuya obra era una especie de tabú en los predios de la “alta literatura”.

Cuando Vicentina Antuña, a nombre de la sociedad femenina Lyceum y Lawn Tennis Club, le encarga un ciclo de conferencias sobre poesía cubana, que dictó en sus salones entre el 9 de octubre y el 13 de diciembre de 1957, este se convirtió en el libro Lo cubano en la poesía,  un abordaje de la trayectoria poética de Cuba, desde los “diarios de navegación” de Colón hasta los poetas que se habían dado a conocer en Orígenes, con la voluntad de descifrar en ellos las claves ocultas de lo cubano. Años después se reprochó al escritor el empleo de un conjunto de categorías, acuñado por él: la ingravidez, la lejanía, el despego, el frío, difícilmente verificables desde la ciencia literaria. Sin embargo, el libro se ha convertido en un texto imprescindible en los estudios literarios cubanos pues sus agudas intuiciones y ciertas páginas sorprendentes de su prosa impresionista son ya patrimonio común de nuestra cultura.

Para Cintio, obsesionado por los vínculos entre poesía y eticidad, la obra martiana constituyó un desafío mayor. Junto a su esposa Fina García Marruz, dio a la luz los Temas martianos, además de la contribución de ambos a la preparación de la compleja edición crítica de la obra del Maestro. Más aún, los productos más maduros de la ensayística de Vitier parten, lúcida y voluntariamente, de los presupuestos martianos, sea la historia de la eticidad cubana desarrollada en Ese sol del mundo moral (1975) o aquellas polémicas conferencias recogidas luego en el libro Rescate de Zenea (1987).

Como otros autores de su tiempo, Vitier padeció las consecuencias de llamado “quinquenio gris” para la cultura cubana. Apartado de la Sala Martí que él fundara en la Biblioteca Nacional, se mantuvo en esta institución junto a Fina. Trabajó durante años en un mínimo cubículo, sin que ninguna oferta para salir del país pudiera interrumpir su labor investigativa e incluso encontró vigor para iniciar el ciclo de narrativa testimonial conformado por la novela De Peña Pobre y continuado en los pequeños volúmenes multigenéricos e inclasificables: Los papeles de Jacinto Finalé y Rajando la leña está.

La fundación del Centro de Estudios Martianos, a la que fueron convocados los esposos Vitier García Marruz en 1977, vino a sacarlos del singular ostracismo. A partir de entonces su obra se hizo más visible, gracias al apoyo de esta y otras instituciones oficiales.

A partir del fallecimiento de Lezama en 1976, Cintio comenzó a ser visto como la más notable de las figuras de Orígenes en la isla. Se convirtió en el principal difusor de su historia y pensamiento. Ayudó a fijar el texto de la novela Paradiso para su edición crítica en la colección internacional Archivos, publicó libros y folletos, reinició una activa labor como conferencista.

Si bien gozó a partir de entonces del reconocimiento de las autoridades cubanas, su visión más o menos “canónica” del grupo, así como el sentido teleológico con el que interpretaba la historia cubana, le valieron críticas de autores cubanos y extranjeros. Se recuerda su polémica con el joven historiador Rafael Rojas y con los poetas, más o menos noveles, del grupo Diáspora, que se resistían a aceptar algunos de sus presupuestos críticos como si fueran dogmas.

En la actualidad la paulatina aparición de los tomos de sus obras completas, publicadas por la editorial Arte y Literatura facilitará a los críticos el separar lo circunstancial de lo imprescindible, para poder definir los verdaderos alcances de su legado. Sin embargo, resulta indudable que esa escritura, marcada por las tutelares influencias de Juan Ramón Jiménez, Lezama y el propio Martí y en la que incorpora  elementos del pensamiento neotomista, el marxismo y la teología de la liberación, Cintio Vitier ha sido capaz de edificar una obra ya clásica dentro del pensamiento cubano. (2014).

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