Cuba bajo el signo del dios Huracán

La historia de la Mayor de las Antillas ha estado marcada por el paso de estos fenómenos naturales.

Imagen del huracán Irma sobre Cuba visto desde el satélite.

Foto: Tomada Instituto de Metereología de Cuba.

A través de la ventanilla del ómnibus descubro el pedestal maltrecho que alguna vez sostuvo la escultura del rey Carlos III. Desde hace varios años el déspota ilustrado estaba ausente de él pero la leve gracia neoclásica de esa base de piedra, a pocos pasos de la Gran Logia de Cuba, daba un toque de añeja elegancia a la siempre agitada esquina de Salvador Allende y Belascoaín. Al parecer uno de los árboles cercanos cayó sobre la pieza y socavó uno de sus lados. La pala mecánica con que ahora procuran enderezar el plinto genera a la vez nuevos daños, pero a nadie parece importarle demasiado. El huracán Irma ha dejado suficientes daños en el archipiélago cubano como para que a alguien pueda importarle un viejo bloque de piedra cuya significación ya muy pocos conocen.

La historia de Cuba ha estado marcada por el paso de los huracanes. Cuentan los cronistas que el mismísimo Cristóbal Colón fue sorprendido por uno de ellos mientras exploraba este lado del mundo. Y aunque no hay muchas informaciones sobre sucesos meteorológicos en el período colonial, ha quedado para la historia aquel fenómeno conocido como San Francisco de Borja, pues atacó a La Habana un 10 de octubre de 1846, día de la fiesta de ese Santo. Derribó unas 1800 casas y dañó unas 5000, sin olvidar los daños a las naves surtas en el puerto, de las cuales 56 se fueron a pique.

Más cerca en el tiempo, el llamado “ciclón del 1926” alimentaba todavía en mi adolescencia los relatos pavorosos de muchísimos ancianos, que incluían indefectiblemente en sus descripciones aquella palma atravesada por un tablón volante que los oyentes nos resistíamos aceptar hasta que alguno sacaba del bolsillo un estrujado recorte con la foto demostrativa. Solo años después supe que aquel detalle curioso inspiraría al trovador Sindo Garay la canción El huracán y la palma. Por aquellos días se habló de seiscientos muertos, ciento veinte mil árboles derribados y el naufragio de trescientas embarcaciones.

Los efectos de esta sensacional tormenta no sorprenderán a quienes han vivido las jornadas recientes. En la Memoria publicada al año siguiente por la Secretaría de Obras públicas se describen así algunos de sus efectos en la capital del país:

La fuerza del viento, que entre las ocho y las diez de la mañana alcanzó su mayor intensidad, derribó todos los árboles del paseo del Prado, del Parque Central, del Campo de Marte, del Parque de la India y de casi todos los parques y plazas de la Ciudad, así como todo el arbolado plantado a lo largo de las calles y avenidas del Vedado, Jesús del Monte, El Cerro, Luyanó y otros barrios de la Ciudad. También padecieron a consecuencia del huracán los postes de los servicios de alumbrado, teléfono y telégrafo, y el alumbrado de los mismos. Numerosas vallas y cercas se derrumbaron, entre ellas las que circundaba todo el perímetro del terreno donde se están llevando a cabo las obras para el Palacio del Congreso.

La copiosidad de la lluvia y la crecida del mar produjeron inundaciones en todas las partes bajas de la Ciudad, teniendo muchas familias que abandonar sus casas, por haberse introducido en ellas el agua en gran cantidad. Las casas cercanas al litoral fueron las que más padecieron, pues el ras de mar provocado por el huracán produjo inundaciones de consideración, especialmente en las calles perpendiculares a la Avenida del Golfo.

Claro que si los memoriosos conversadores eran camagüeyanos, el huracán más grande no era el mismo, la primacía le resultaba concedida a otro meteoro de la era machadista, el de 1932, que ocasionó el “ras de mar” que hizo de desaparecer del mapa al poblado de Santa Cruz del Sur. Según informaciones de la época, una enorme ola avanzó hasta quince millas tierra adentro, impulsada por un violento ciclón y arrasó con el caserío de pescadores construido junto a la playa, así como con los contados edificios e instalaciones públicas. Tres trenes con refugiados pudieron llegar a salvo a la ciudad de Camagüey. En el parque de la localidad destruida fue preciso excavar una fosa común para inhumar cientos de cadáveres. La Secretaría de Comunicaciones estimó, apenas dos días después, que las víctimas eran 300 muertos y 400 desaparecidos. Solo una casa quedó en pie y las historias de los supervivientes eran aterradoras, como la de aquella niña cuyos familiares la colocaron en una batea que navegó a la deriva y pudo ser rescatada, aunque sin pariente alguno que la reclamara. Hoy un monumento levantado cerca del mar recuerda a las víctimas, y deja constancia de la altura a que llegaron las aguas en aquel fatídico 9 de noviembre.

Por mi parte, yo debo confesar que aunque he vivido a lo largo de casi seis décadas de existencia varios fenómenos de este tipo, el que más fuertemente ha quedado impreso en mi memoria es el Flora de 1963. Yo era un niño de 5 años y todo era novedoso para mí: dejar el apartamento moderno donde residíamos para trasladarnos a la casona de mi abuelo; dormir en un colchón improvisado con toallas y mantas; vivir el primer gran apagón de mi vida, mientras la familia, concentrada en la saleta a la luz de velas y quinqués —porque nadie se atrevía a encender uno de aquellos faroles chinos que vendían las ferreterías por entonces, considerados “muy peligrosos”— conversaban sobre ciclones anteriores o hechos del pasado que me resultaban más o menos terroríficos por tener como música de fondo grandes ráfagas de viento que para mí eran como aullidos y suspiros de seres invisibles, más el ruido de las tejas de zinc a medio desprender o la cascada de tejas criollas que se estrellaban a cada embate del viento.

Momento en que Irma arremetía contra una casa colonial

Foto: Tomada de RT en Español

Si me preguntan qué sensaciones guardo de aquel desastre de 1963, cuando yo acababa de cumplir cinco años, creo que son tres: el sabor del café con leche condensada, aguado y harto dulce, que desde entonces detesto; el secreto pánico a las ráfagas de viento en la noche; y lo que pude atisbar de las destrucciones cuando volvió la calma, avivado por los comentarios callejeros que se transformaban muy rápido en leyendas urbanas: “encontraron a una niña ahogada en un tragante”, “la anciana que intentó cruzar la Plaza de la Soledad durante la tempestad y una teja de zinc le cortó la cabeza”, “los ahogados que flotaban en el Río Hatibonico asidos a sus pertenencias”. Por mucho tiempo esas imágenes poblaron mis sueños.

Los aborígenes cubanos veneraban al dios Huracán y le ofrecían sacrificios propiciatorios. Su desmesura ha superado nuestras más barrocas ficciones. José Lezama Lima detestaba los ciclones, cuenta su hermana Eloísa que siendo adolescentes — ¿sería en 1926?— tuvieron que ser evacuados de la casona de Prado 9 por las penetraciones del mar y el futuro autor de Muerte de Narciso perdió los zapatos al cruzar la calle y pasó la noche con aire de amargura, refugiado en una estación de policía. Quizá aquellas imágenes inspiraron el pasaje de Oppiano Licario en que la casa de Cemí sufre los embates de un ciclón y se destruye, por obra del azar y de un perro, el manuscrito de la Súmula nunca in fusa de excepciones morfológicas. En vida del poeta, felizmente, nunca llegaron las aguas hasta la casa de Trocadero 162. Esta vez Irma pareció escenificar la pesadilla del poeta y la inundación colmó la calle, entre el vocerío y los muebles flotantes, entró en la casa del escritor y mojó unas cajas de manuscritos y documentos que debieron estar mejor resguardadas.  Las aguas infernales lo persiguieron después de la muerte.

A diferencia del Flora, pasé este huracán en mi apartamento, luchando con la oscuridad, la carencia de agua corriente y otras vez las ráfagas que más de una vez amenazaron con hacer saltar los cristales de las ventanas. Si me preguntaran cómo quiero recordarlo, aíslo apenas una memoria: mi esposa y yo estamos en el balcón, los vientos han pasado y contemplamos la ciudad a oscuras, ella sintoniza en su celular el programa El Jazz de CMBF y después de la tranquilizante palabra de la locutora Miriam Ramos, se eleva en la noche la potente voz de Lena Horne. Era como un signo de esperanza, aunque no brillara una sola luz en el espacio que podían abarcar nuestros ojos. (2017)

4 comentarios

  1. Enma Serrano

    Muy bueno este reportaje,como camagueyana he revivido esas historias de ciclones pasados
    Gracias amigo.

  2. Adnaloy Marrero Molina

    Una vez más he disfrutado con las palabras de este gran escritor de mi tierra…me ha hecho sentir esa emoción infantil de la experiencia del Flora…gracias amigo Roberto todo lo que escribes es maravilloso.

  3. Mirtha Hidalgo Pedroarias

    Como siempre, ha sido un placer leerte, aunque esta vez trate de ciclones. Un abrazo y mi cariño de siempre.

  4. Ladys Roque

    Dios te bendiga, eres el Dios de la palabra escrita, como logras hacer que uno se traspole.me encanta leerte. Gracias

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.