Cuba: una revolución en la Revolución

Monseñor Carlos Manuel de Céspedes analizaba, en 1999, el adviento que se abría a Cuba después de la visita del Papa.

Archivo IPS Cuba

Al final de la tarde lluviosa del 25 de enero de 1998, en el aeropuerto de La Habana y ya despidiéndose de Cuba, el papa Juan Pablo II relacionó la lluvia con el himno de Adviento

A un año de la visita del Papa a Cuba se advierten signos favorables al Adviento anunciado por el Pontífice.

Al final de la tarde lluviosa del 25 de  enero de 1998, en el aeropuerto de La Habana y ya despidiéndose de Cuba, el papa Juan Pablo II relacionó la lluvia con el himno de Adviento (“Rorate coeli desuper et nubes pluant iustum”) y poéticamente interpretó aquel aguacero como un signo de que un  nuevo Adviento se abría a Cuba.

¿Ha ocurrido o no dicho Adviento a lo largo de este año? Con relación a la nación cubana, ha habido hechos que podrían  interpretarse como señales, todavía tímidas, de uno de los deseos  que también Juan Pablo II expresó en Cuba, al inicio de su visita  pastoral, en la tarde soleada del día 21, y que está relacionado con el nuevo Adviento al que se referiría en la despedida: “Que Cuba se abra con todas sus magníficas posibilidades al mundo y que  el mundo se abra a Cuba, para que este pueblo, que como todo  hombre y nación busca la verdad, que trabaja por salir adelante,  que anhela la concordia y la paz, pueda mirar al futuro con  esperanza”.

Aunque no han ocurrido cambios espectaculares en la realidad interna-política o económica del país, sí ha habido pasos  pequeños, pero – al parecer – consistentes.

Con respecto a las relaciones internacionales de Cuba, hemos sido testigos de normalizaciones y de inicios. Quienes vivimos en  Cuba, en mayoría notable, no esperábamos cambios espectaculares,  pero sí que la presencia del Papa no pasaría inadvertida, que  habría un antes y un después del paso de Juan Pablo II por la  isla.

Y no hemos quedado defraudados. Lo están quienes especularon copiosamente acerca de la posibilidad de un apocalipsis, más fuera  de Cuba que en Cuba, aunque en Cuba tampoco faltaron.

Con relación a la Iglesia Católica, ¿se perciben o no cambios que puedan ser interpretados en clave aperturista?

Durante los meses anteriores a la visita de Juan Pablo II, muchos se hicieron ilusiones – sobre todo personas que no residen en Cuba acerca de:

– La posibilidad de presencia de la Iglesia Católica en el sistema nacional de enseñanza en todos sus niveles, bajo  cualquiera de las formas posibles.

– Acceso estable de la Iglesia Católica a los medios masivos de comunicación social.

– Incremento sostenido de agentes de pastoral extranjeros sacerdotes y religiosos/as- que compense la escasez actual.

– La presencia más activa de la Iglesia como institución y de católicos individualmente considerados en la vida pública,  etcétera.

Los que estamos en Cuba nunca dejamos de insistir en que la visita pastoral del Santo Padre tenía como objeto primordial la  confirmación en la Fe de los miembros de la Iglesia y la promoción  de la vida religiosa y de los valores éticos en nuestro pueblo.

Nunca excluimos la posibilidad de otras consecuencias, fuera para el país, fuese para la Iglesia, pero no las teníamos como  foco visual en la organización de la visita.

De hecho, en la misión preparatoria del viaje del Papa la insistencia se puso en el carácter religioso de dicha visita, sin  dejar de saber todos que lo religioso auténtico no deja de  proyectarse de algún modo en todas las dimensiones de la vida  humana, incluyendo el tejido social en el que la persona se  inserta.

A un año de aquellos cuatro días memorables, que constituyeron una verdadera fiesta de toda la nación, de creyentes de todas las  religiones y de los no creyentes, creo que se puede señalar que la  consecuencia más evidente de la visita de Juan Pablo II, en lo que  se relaciona directamente con la Iglesia, ha sido el espacio  interior que hoy el pueblo cubano reconoce a la dimensión  religiosa cristiana de la existencia humana y, muy concretamente,  dentro de este espacio religioso, a la Iglesia Católica.

Lo que no quiere decir que todos los cubanos se hayan convertido al cristianismo, sino que, de algún modo, cuentan con  él como algo importante.
Es cierto, por otra parte, que el número de fieles practicantes  se ha incrementado, proceso que ya se había iniciado antes de la  visita del Papa, pero ha sido estimulado por ésta.

Porque se ha desarrollado este “espacio interior”, el clima con respecto a la Iglesia Católica, dentro del pueblo, ha  cambiado. La Iglesia es contemplada con mayor simpatía, sea por  las instancias oficiales, sea por el cubano de a pie. El Papa dejó una estela de simpatía, de inteligencia, de buen humor, de bondad  y esta realidad se proyecta, como herencia inmediata, sobre la  Iglesia.

El clima de las relaciones oficiales entre la Iglesia Católica y el Estado cubano ha mejorado. La comunicación entre la jerarquía  eclesiástica y las autoridades cubanas es más fluida y se obtienen  autorizaciones que anteriormente o no se obtenían o requerían  trámites burocráticos interminables. Por ejemplo, con relación a  los permisos de ingreso en el país de los agentes de pastoral,  reparaciones de templos y de locales eclesiásticos.

Aunque no se ha obtenido una presencia estable en los medios de comunicación masiva, el tratamiento de las cuestiones  religiosas en los mismos es más frecuente y mejor orientado.

Se ha logrado ya la recuperación del carácter feriado para la celebración de la Navidad. Normalmente se celebran procesiones en  pueblos y en barrios de ciudades con motivo de celebraciones  patronales. La asistencia es masiva y piadosa y contribuye a  sustentar la manifestación pública de la fe católica.

Quien viva en otro marco socio-político, podría estar tentado a  juzgar estos cambios posteriores a la visita del Papa como  minucias de escaso peso.
Sin embargo, si se contextúan en la realidad cubana y se contemplan como pasos, o sea, dentro de una gradualidad lenta pero  real, dichos cambios adquieren su pleno significado.

Tengo la impresión de que forman parte del esfuerzo actual de Cuba por “abrirse al mundo”, por situarse en la verdad del mundo  occidental contemporáneo y, más precisamente, en el ámbito  latinoamericano y caribeño del que la isla forma parte.

No todos los cubanos caminan con el mismo ritmo en el actual proceso de cambios que tiene lugar en el país y que, en mi  opinión, está constituyendo ya un hecho cultural. Tengo la  impresión de que estamos viviendo, muy discretamente – con tiempo  de adagio mozartiano, no de finale presto -, una “revolución en la  revolución”.

El camino no es rectilíneo, sino zigzagueante y no siempre se percibe la coherencia, pero creo que se puede afirmar que las  autoridades cubanas han optado por la realización de los cambios,  de una transición cultural (que incluye lo religioso, lo político, lo económico) pero, simultáneamente, han optado por la gradualidad  de la transición, de los cambios, y por adecuarlos al mejor grado  de persuasión posible.

Lo cual explica, aunque no siempre justifique, las dilaciones, fuente de impaciencias y de apatía para muchos. Me atrevo a citar  como ejemplos recientes del clima de la transición en curso, la ya  mencionada recuperación del carácter feriado de la Navidad, el  reciente Congreso de la Unión Nacional de Escritores y Artistas y el más reciente aún XX Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.

Estamos muy lejos de haber alcanzado una situación completamente satisfactoria. En todos los terrenos pueden  percibirse las carencias y los errores. En unos casos debido a las  penurias económicas, en otros debido a razones familiares,  políticas, profesionales o de otra índole, mientras el éxodo tan  doloroso y raíz de enfermedades sociales continúa desangrando el  país.

Pero ello no nos excusa de constatar que el Adviento pronosticado por Juan Pablo II se va haciendo realidad,  paulatinamente, muy quedamente, por los caminos de la paciencia  activa y del diálogo respetuoso, sostenido por quienes no se dejan  apresar por la apatía o la desesperanza.

Permita Dios que todos los cubanos nos demos cuenta de que todos somos responsables de la realización de tal Adviento y de mantener encendida la esperanza.

Monseñor Carlos Manuel de Céspedes es Vicario general y vicario episcopal de Marianao-Oeste (Ciudad de La Habana).

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