Diez libros sobre mi cabeza

Los libros verdaderamente importantes son aquellos que no nos atrevemos a citar.

Hace muy poco una joven periodista de un sitio digital me solicitó la lista de los diez libros cubanos que más han influido en mí. No es la primera vez que me piden una relación semejante, pero eso no impide que habitualmente tenga una sensación de perplejidad a la hora, digamos, de tomar una hoja en blanco, enumerar en ella diez espacios y procurar llenarlos, solo para tachar una y otra vez cada renglón, mientras las dudas hierven en la mente y la tarea se hace más angustiosa si pretendemos dar una coherencia al listado, o convertirlo en un pequeño canon donde estén las obras que la mayoría aceptaría como más relevantes.

En el caso actual, como no se han referido a la relevancia de los textos, a sus méritos literarios o a la obligación de formular un panorama, me siento en libertad de preguntarme por esos textos escritos por autores de la isla que todavía hoy puedo recordar que tuvieron una presencia significativa en mi vida.

No me resulta difícil consignar el primer título: Versos sencillos de José Martí porque, mucho antes de que pudiera leer por mí mismo, mi padre me leía estrofas escogidas de una pequeña edición escolar con cubierta azul pálido que todavía hoy conservo en mi biblioteca. Así supe del águila herida que vuela al “azul sereno”, de la rosa blanca cultivada para el amigo sincero y hasta del inapresable monte de espumas. Era la voz de Martí entrando en mi existencia no como letra, sino como soplo. Muchas veces he vuelto después sobre ese libro, pero aquellas lecturas tempranas me comunicaron un misterio que hace de ese texto para mí algo casi sagrado.

El segundo título corresponde también a Martí. Se trata de La Edad de Oro. Yo estaba apenas cursando el Prescolar cuando mi padre me obsequió una edición con ilustraciones muy coloreadas que acababa de dar a la luz la Imprenta Nacional. Ya sabía leer, pero nunca había tenido en las manos un volumen de tantas páginas. Todavía hoy puedo recordar aquella noche en casa de mi abuelo, mucho después de que hubieran apagado la luz de mi cuarto, sacar el libro de debajo de la almohada y aprovechando la claridad que entraba por la gran reja de hierro que daba a la galería, llegar hasta las altas horas de la madrugada fascinado por las aventuras del sabichoso Meñique.

No recuerdo que por entonces me fijara en las aleccionadoras primeras páginas de cada número, ni creo que me conmovieran mucho o poco las moralejas de Bebé y el señor Don Pomposo y La muñeca negra, pero fue muy fuerte mi impresión al descubrir el mundo homérico, hasta el punto de que tuvieron que comprarme una edición integral de La Ilíada, aunque, lamentablemente, era precisamente la traducida por Hermosilla, que Martí rechazaba por su frialdad retórica. La lectura de Tres héroes me hizo cómplice de la épica de la independencia de América. Hace pocos años, de visita en la Alhóndiga de Granaditas en Guanajuato me estremecí al recordar aquel pasaje en el que se nos cuenta cómo fue colocada allí en una jaula de hierro, para escarmiento, la cabeza del cura Hidalgo.

Algo más cerca en el tiempo, durante mis estudios en la enseñanza media, hice un importante descubrimiento: la figura de José Lezama Lima, asociada primero con su novela Paradiso y solo un poco después con su poesía y sus ensayos, gracias a la selección hecha por Armando Álvarez Bravo para la Orbita que preparó Unión. La novela, un volumen rojizo que casi todos declaraban ilegible, me abrió a una idea de la literatura que no recibía en los textos elegidos por los manuales escolares. Supe de los aprendizajes de Cemí, de la muerte del tío Alberto, de la cena en casa de la abuela, del accidente que causó la muerte al joven violinista Andresito y hasta de las peripecias eróticas de Farraluque. Muchas cosas se me escaparon, pero me quedó una especie de adhesión a Lezama que solo se ha acrecentado con los años. Prologar una edición de este libro, preparar una Valoración Múltiple, escribir un ensayo sobre su escarpada escritura, no me han permitido saldar la deuda contraída en aquellos días y que solo se acrecentó al acercarme a poemas como “Un puente, un gran puente” o “Juan de Patmos ante la Puerta Latina”.

Paralelamente, yo que era un lector voraz, a la vez que escribía mis ejercicios poéticos iniciales, procuraba leer cuanto verso me cayera en las manos. Recuerdo dos impresiones muy fuertes y bastante duraderas, una fue el encuentro con Julián del Casal y aunque se trataba de una vieja y frágil edición de sus poesías supuestamente completas, fueron las páginas de Nieve las que más me atraparon por su capacidad para pintar y cincelar con las palabras. El rapto de Europa por Júpiter, así como la danza de Salomé ante la cabeza del Bautista, se convirtieron en misterios que me desafiaban a intentar algo tan difícil. El otro impacto vino de Sabor eterno de mi coterráneo Emilio Ballagas, aunque sus textos del Cuaderno de poesía negra me parecían graciosos y muy conmovedores algunos sonetos de Cielo en rehenes, mi mayor fascinación iban por las elegías del citado volumen. No sé cuántas veces leí “Elegía sin nombre” tratando de apresar ese tono secreto y cómplice que surcaba el poema, con una libertad y fluidez que el propio autor creo que nunca superó.

Mi encuentro un poco después con algunos poetas que formaron parte del grupo Orígenes es otra historia. Los leí, unas veces con fervor, otras con detenimiento. Son muchos los títulos que podría citar, pero se me imponen dos por razones distintas, el primero es Lo cubano en la poesía de Cintio Vitier, una imponente arquitectura que busca exponer y explicar lo que considera vital de la poesía cubana. En la actualidad difiero de muchos de los juicios de este autor y así lo he expuesto en varios de mis libros, sin embargo, la magnitud de su empeño, las páginas memorables que dedica a Heredia, a Martí, a Lezama, hacen que lo siga considerando memorable. El segundo es Visitaciones de Fina García Marruz. No es propiamente un libro de poesía, sino todo un ciclo que reúne cuadernos sucesivos, con una variedad temática y formal que en primera instancia ofrece una apariencia caótica. La autora, con su franciscanismo estético, no quiso desechar textos menores para facilitar la apreciación de los más logrados. Creo que nunca me he leído de manera ordenada ese volumen, pero durante décadas he vuelto sobre él y siempre hallo algo hermoso y vital en sus páginas ya amarillentas. Creo que nunca podré terminar de leerlo como merece. Más que un libro es una fuente que calma la sed muchas veces.

Aunque conocí en los años del preuniversitario, algunos de los artículos publicados por el padre Félix Varela en El Habanero, solo un par de décadas después pude encontrarme con sus Cartas a Elpidio. Gracias a ellas el clérigo de los lentes que me contemplaba desde los libros de historia se convirtió en una figura fundamental para mí de la vida espiritual cubana del siglo XIX. Aun escritas en un estilo que ya en su época era considerado añejo, la capacidad persuasiva del presbítero, empeñado en desafiar las ambiciones de los hacendados azucareros y educar a la juventud de Cuba para la futura independencia, me resulta desde entonces profundamente conmovedora.

A lo largo de mi vida he leído buena parte de las piezas fundamentales de la narrativa cubana de los siglos XIX y XX, sin embargo he dudado mucho en colocar una de ellas entre los diez libros de marras. Más de una vez he leído Cecilia Valdés. La aprecio muchísimo en lo que tiene de reconstrucción histórica y de cuadro de costumbres. Me interesa más en ella el modo polifónico que emplea para traducir la vida habanera que su maltrecha anécdota central. Siempre enfatizo a mis alumnos su valor dentro de la cultura decimonónica, pero no creo que ella haya tenido una influencia palpable en mi vida. Tampoco Mi tío el empleado de Ramón Meza, a pesar de esa prosa modernista que aporta suntuosas descripciones y algo semejante me ocurre con otras piezas firmadas por Miguel de Carrión, Enrique Serpa, Enrique Labrador Ruiz y hasta Carlos Enríquez.

Solo haría una excepción con las grandes novelas de Alejo Carpentier y aunque aprecio las grandes edificaciones de Los pasos perdidos y El siglo de las luces, dudo en consignar en mi listado entre El reino de este mundo que sigo considerando una obra maestra por la que conservo casi el mismo deslumbramiento de cuando la leí por primera vez en mi temprana juventud, y Concierto barroco, ese divertimento sobre el que he escrito varias veces, cuya mezcla de gracia, erudición y humor ha sido una de las más importantes lecciones para escribir mis propias novelas, muy especialmente para redactar otro divertimento: Música nocturna para un hereje. Sin las aventuras en el carnaval veneciano de Vivaldi, Handel y Scarlatti, difícilmente hubiera puesto a dialogar a Tristán de Jesús Medina y a Søren Kierkegaard durante el estreno del Don Giovanni de Mozart.

A estas alturas solo me quedaría un espacio en la cuartilla imaginaria y sería justo colocar en él alguna obra investigativa. Mi admiración por Fernando Ortiz es viva y estable, aunque no le cite continuamente. No lo admiro tanto por sus acumulaciones de datos, ni por el rancio método positivista que siguió en sus orígenes, sino porque posee esa cultura del que puede hilvanar muchas cosas y reconstruir todo un ambiente, una época. Hay páginas de su Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar que lo muestran como un prosista sabio sin dejar de ser elegante.

Paradójicamente, quiero cerrar mi lista no con ese volumen sino con una producción tardía: Historia de una pelea cubana contra los demonios. A partir de unos sucesos legendarios ocurridos en la villa de Remedios en el siglo XVII, el escritor discurre con sabiduría sobre asuntos tan diversos como la demonología, la brujería, la Inquisición en la Isla, la explotación de los aborígenes y los africanos, la cultura del tabaco y la profusión de referencias no agobia al lector, admirado por la maestría con que se exponen los temas, de un modo que hace pensar en Michelet o en Frazer.

Se han agotado mis posibilidades y quedan dispersos otros muchos textos, digamos un libro de poesía tan imprescindible como En la Calzada de Jesús del Monte de Eliseo Diego, o los Cuentos fríos de Virgilio Piñera o ciertas piezas ensayísticas de Jorge Mañach, más un largo etcétera. En fin ¿por qué deben ser diez exactamente los libros que en mí influyeron? No vale la pena agotarse en el asunto, quizá los libros verdaderamente importantes para nosotros son aquellos que no nos atrevemos a citar. (2017)

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