Eduardo Galeano, el colega

La generosidad intelectual y la fidelidad esencial de un imprescindible.

Foto: Tomada de la prensa uruguaya.

En realidad, Eduardo Galeano no ha muerto. Ni siquiera ha dejado de escribir. El hecho de haber vivido como lo hizo, de haber escrito como lo hizo, son la garantía de una trascendencia que, convertida en presencia, nos acompañará durante muchos años. Su extraordinario poder de inmortalidad radica en el hecho de haber pensado como pensó, de haber sido fiel a las esencias de sus conceptos de la vida, del mundo y de la justicia, pero manteniéndose siempre en evolución, en permanente revisión utópica y heterodoxa de sus ideas, y en haber legado el ejemplo tan poco frecuente de no haberse acomodado a sus conceptos e ideales y de atreverse a someter a crítica incluso las cosas en las que creía y amaba, e incluso hasta cuestionar, en circunstancias cambiadas, a las que había creado y defendido. Por esa actitud cívica y humana de profunda honestidad intelectual, como era de esperar, Eduardo Galeano se ganó el aprecio y la admiración de millones de personas en toda Latinoamérica y el mundo. Y, como corresponde, el odio y el desprecio de otros que nunca, nunca faltan, solo porque Galeano pensaba distinto a ellos…

Su muerte, curiosamente ocurrida el mismo día en que dejaba de existir el Premio Nobel de Literatura Günter Grass –otro hombre de una estirpe intelectual muy parecida a la de Galeano-, deja un vacío en el pensamiento y la literatura latinoamericana que resultará muy difícil de aliviar. Porque Eduardo Galeano fue, quizás, el más latinoamericano de los escritores de su generación, el más inquieto, el más progresivo, el más libre e incómodo, el que siempre se atrevía a señalar las heridas del presente y del futuro… y muchas veces a hurgar en ellas.

De todas esas virtudes de Eduardo Galeano mucho se ha escrito en estos días de justificado duelo por su muerte física y mucho se escribirá por largo tiempo, quizás a modo de exorcizar esa ausencia irrellenable. Pero, un escritor, polemista, pensador de su categoría necesariamente tenía que estar sostenido por una humanidad excepcional, con la que nos benefició a los muchos que alguna vez, con mayor o menor profundidad, lo conocimos y lo disfrutamos.


MI GALEANO PERSONAL

La primera prueba patente e íntima de la bondad de Eduardo Galeano la tuve aquella tarde de enero de 1981 en que lo conocí personalmente y, además, debuté como entrevistador periodístico, tratando de entrevistarlo precisamente a él. Si recuerdo con absoluta claridad lo sucedido aquella tarde se debe no solo al hecho de que me iniciaba como entrevistador con una figura ya emblemática de la literatura latinoamericana, sino por el modo en que transcurrió el diálogo, sostenido en la sala de la redacción del mensuario El Caimán Barbudo a cuyo equipo de trabajo yo recién me había incorporado al terminar mis estudios en la Universidad.

Aun no sé por qué fui el escogido para entrevistar a la estrella de los jurados del Premio Casa de las Américas de aquel año, pero el primer problema para mí fue que apenas tuve un par de horas para prepararme periodística y sicológicamente para aquella faena. En mi haber tenía la lectura de Las venas abiertas de América Latina y La canción de nosotros y mi gigantesca capacidad de atrevimiento. Así, con unas pocas preguntas y una vieja grabadora me enfrenté a Galeano para hacer no solo la primera de las muchas entrevistas que he realizado en mi vida sino… la que me ha resultado más fácil de hacer. Porque un periodista de la categoría de Eduardo, con sus largas horas de vuelo en el oficio, tuvo que descubrir mis abrumadoras incapacidades y, a cada una de mis tímidas y de seguro que trilladas preguntas, respondió larga, concienzudamente, pero, sobre todo, con su asombrosa coherencia verbal, ¡las respondió ya redactadas!, como para facilitarme el trabajo y garantizarse, él mismo, una mínima calidad por su esfuerzo y tiempo invertido con un novato de la profesión… Pero lo que mejor recuerdo fue el instante en que se acercó a la charla el redactor estrella de la revista y, para ayudarme, me dijo que le preguntara a Galeano algo sobre la inspiración. Eduardo siguió respondiendo mis preguntas y cuando el otro redactor se marchó, me dijo en voz baja: “Nunca preguntes tonterías. Ni preguntas que no tengan respuestas, sino fórmulas.”

Desde aquel encuentro fueron varios los que sostuve con Eduardo, en Cuba, en Montevideo, en España, y, a diferencia de otros escritores de su categoría y popularidad, jamás sentí en él la pose del maestro, la altura del consagrado, sino la cercanía del colega con la que me distinguió y, creo, distinguió a tantos otros colegas escritores y periodistas con los que se relacionó.

En 1988, durante su estancia en La Habana como presidente del jurado del Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí, organizado por Prensa Latina, tuve otro de mis más reveladores encuentros con Eduardo Galeano. A diferencia del encuentro de El Caimán, no recuerdo en que hotel habanero me dio cita el día en que se hacía público el fallo del jurado para decirme personalmente que mi serie de trabajos periodísticos, enviados por la dirección de Juventud Rebelde al concurso, habían merecido la primera mención. Mi alegría, por supuesto, que fue mayúscula, pero Eduardo la multiplicó cuando me susurró al oído: “Para mí eras el premio. Has hecho un periodismo que es para hoy y para mañana. Y no te has olvidado de que siempre, siempre, lo más importante es la palabra”… Y esa noche, cuando se efectuó la premiación del evento, me atreví a preguntarle cómo había sido la deliberación y por qué, siendo el presidente del jurado, su preferencia no había triunfado. Y Galeano me respondió: “No siempre el mejor es el que gana. Ni siquiera en el fútbol. Y acostúmbrate, que no es la primera vez que te va a pasar. A mí me ha pasado muchas veces”… y sonrió, pensando tal vez en la mención (en lugar del premio) que había merecido Las venas abiertas de América Latina, libro imprescindible en su género si los hay. Veinticinco años después aquellos textos periodísticos “mencionados” en el Premio Latinoamericano de 1988 siguen publicándose y leyéndose en el mundo. Otra vez Eduardo había tenido la razón.

Nuestro último encuentro físico ocurrió hace unos cuatro años, en un vuelo que nos conducía de Roma a Madrid, y tuvo como colofón la cena que organizamos esa misma noche, con nuestras esposas y la compañía del común amigo y colega español José Manuel Martín Médem… Fue una noche larga, de muchos vinos, cuando todavía se podía fumar en ciertos restaurantes madrileños, y hablamos mucho de Cuba, de Uruguay, de España, de nuestras respectivas crisis y esperanzas nacionales, y también de literatura y periodismo, de los muchos proyectos que lo asediaban y a los que quería dar feliz conclusión. Quizás el vino haya nublado algunos recuerdos de aquella grata noche madrileña –ni siquiera puedo precisar en qué restaurante cenamos-, y tal vez en esa ocasión no me dio ningún consejo ni me regaló ninguna profecía, pero, como siempre, me entregó el tesoro de su amistad y de su ética… y una advertencia, ya en el instante de salir a la calle: “Algunos miopes y fundamentalistas –me dijo- van a criticar a El hombre que amaba a los perros… Pero no los escuches: si no se revisa el pasado no se puede construir el futuro”…

La pérdida de Eduardo Galeano me ha conmovido entonces por muy profundas razones, que van desde las que comparto con todos sus lectores y admiradores hasta las que me pertenecen íntimamente, como regalos que me fue haciendo a lo largo de treinta años ese colega generoso y visionario. (2015).

 

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