El poder de la institución-entretenimiento

La Rampa, la nostalgia y los nuevos tiempos.

Imágen actual de La Rampa.

Foto: Tomada de destinocuba.files.wordpress.com

Cualquier intento de establecer comparaciones –entre épocas– de ese segmento de la calle 23 en el Vedado capitalino denominado La Rampa, es una idea que debemos desechar porque es un ejercicio desalentador que solo potenciará la nostalgia, no nos traerá buena energía y nos impedirá disfrutar “lo que hay”, lo que tenemos ahora.

La memoria, “que elige y que redescubre”, según Borges, guarda una selección de vivencias a las que acudimos años después para confrontarlas con realidades del presente. Esa acción de recordar hechos y contextos siempre es engañosa, está llena de zonas oscuras, de espacios en blanco que llenamos a capricho y teñimos de colores diversos (rosa, azul, gris, negro) según la naturaleza de nuestro carácter, pero es una labor que practicamos todos, unos más que otros.

En mis recuerdos adolescentes, La Rampa de la segunda mitad de los sesenta era una especie de paraíso sociocultural. Caminabas por sus aceras sobre las marcas frescas de reconocidos pintores y respirabas arte, poesía, filosofía, en sitios ya inexistentes, como La Casa de la Cultura Checa o El Centro Cultural establecido durante un breve período en el local de la desaparecida funeraria Caballero, pero también en los clubs, restaurantes, cines, en plena calle. La cultura estaba tan de moda que la gente paseaba con un libro debajo del brazo. Profesores, estudiantes, escritores, y una considerable cantidad de snobs, cobijaban bajo sus axilas a Sartre, Marx, Freud, Guillén, o Hemingway. Ser, o al menos parecer intelectual, era de muy buen gusto.

En las décadas siguientes el espíritu cultural de La Rampa se fue extinguiendo, por muchas razones, y si alguna marca tiene actualmente, a tono con la época, es la de ser una amplia zona de conexión Wiffi. Medio siglo después de su esplendor, ese pedazo del Vedado ya no es paraíso del arte sino de los teléfonos móviles, con todo lo que eso implica. Los intelectuales no están de moda.

En el centro neurálgico de La Rampa, entre lo que fue La Casa de la Cultura Checa y la heladería Coppelia, está El Pabellón Cuba, en cuyo pasado ilustre figura El Salón de mayo en 1967. Posterior a ese hito, la monumental instalación ha hospedado ferias, exposiciones y espectáculos de carácter muy variado, con mayor o menor fortuna. Desde hace algunos años, en los meses de verano, allí tiene lugar la megaferia Arte en La Rampa, un sitio de comercialización de artesanía, libros, discos, mercadería; de espectáculos musicales; y, principalmente, un espacio de socialización con gastronomía incluida.

Feria de Arte Cubano en la Rampa, uno de los principales atractivos en el verano habanero.

Foto: Tomada de cubawhatson.com

Empujado por el calor de agosto y la noticia de que venderían un disco de Chavela Vargas, recalé una tarde en El Pabellón Cuba, pero en ninguno de los puestos de venta sabían nada de tal disco. Para las vendedoras, el nombre de Chavela Vargas era tan distante como la distancia de la Tierra a Júpiter, de manera que deambulé entre las ofertas de ropa, calzado, rositas de maíz, bocaditos y cervezas.

Mientras caminaba, cerveza en mano, me topé con un escenario donde actuaba un cantautor que solo había visto en televisión y cuya mención es frecuente en los medios. Seguí con interés la actuación del trovador y me pareció que el público presente, que colmaba el espacio, también estaba muy interesado, aunque tal vez fue una ilusión.

Dos canciones después el músico concluyó su presentación y ocupó su lugar otro cantautor que aparece constantemente en la llamada pequeña pantalla. Las composiciones que él interpretó han sido muy difundidas y hasta incluidas en videoclips, pero, paradójicamente, el auditorio no parecía conocerlas porque cuando el trovador los invitó a corear los estribillos, o a cantar las estrofas que él callaba, no lo hicieron. Al finalizar su actuación, el artista debió hacer un esfuerzo para no exteriorizar su frustración.

Cuando le pregunté a un amigo –a mi lado– cómo podía explicarse ese fenómeno de apatía por parte del público, este me comentó que a aquella gente no le importaba mucho lo que pasaba en el escenario, para ellos eso no era importante. Iban allí a pasar un rato, a entretenerse.

No desestimo la opinión de mi amigo, creo que es parcialmente cierta (muchos miraban los teléfonos o conversaban), pero después del frustrado trovador actuó un rapero que despertó gran animación en el público y hasta fue aplaudido con fervor, lo cual debió aumentar el enojo del promocionado artista.

Me pregunté qué sucedió realmente con el trovador. ¿Sus canciones no gustaron? ¿Eran desconocidas para ese centenar de personas de distintos grupos etáreos –con predominio juvenil– aun cuando han sido ampliamente difundidas?

Claramente entre las canciones del artista aludido y lo que decía el rapero la diferencia musical era abismal, pero el público se identificó más con el segundo. Bueno, para gustos, colores, dice el viejo refrán.

No pude menos que pensar cuánto han cambiado las cosas desde que Teresita Fernández cantaba a unos pocos metros de allí y Bola de Nieve lo hacía un tanto más allá. Cada época tiene sus marcas propias en materia de música popular, pero lo que vemos y oímos ahora es difícil de asimilar para quienes sienten la música como arte y no como puro entretenimiento.

La mala noticia es que se trata de un fenómeno global, ahí está en YouTube ese tema que ha establecido récords de visitas. ¿Qué dice? ¿Qué propone? ¿A quién emociona?

Una vez más me dije, “es lo que hay”; entonces salí del Pabellón Cuba, caminé despacito y me senté muy cerca del club donde actuaba Teresita Fernández para conectarme al Wifi de Etecsa, tal vez tenía suerte y podía bajar algún número de Chavela Vargas. (2017)

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