El viaje más largo de Celia Cruz

A los 90 años de su nacimiento.

Una de las voces imprescindibles de la música cubana de todos los tiempos, es sin dudas Celia Cruz. Y eso que en la historia de la música cubana hubo y hay muchísimas voces que pueden ser consideradas imprescindibles. Lo paradójico de esta afirmación, es que desde que en 1960 se despidió de su familia y amigos para no regresar jamás, su valía como artista, en Cuba, siempre estuvo eclipsada por sus posiciones políticas contrarias al gobierno cubano. Aquí nos quedamos con Benny Moré, Barbarito Diez, Bola de Nieve, Esther Borja, Rosita Fornés y tantos otros que nos ayudaron a sobrellevar la ausencia y hasta la nostalgia por aquellos que, como Celia, marcharían hacia el otro lado del muro del silencio. Entonces ocurrió su muerte civil, decretada con su exclusión de las emisoras nacionales y la ausencia de noticias sobre su trabajo en el exterior, aún en los años de mayor esplendor de la “salsa”, cuando en la década de los 70 y los 80 devino una de las figuras icónicas de aquella música resultante de tan diversos componentes, pero donde el sabor cubano era uno de los ingredientes principales, y fue coronada por los melómanos del Caribe como “La Emperatriz de la Salsa”.

Celia Cruz parecía ser una de esas personas predestinadas a ser lo que fue. Aunque sus padres soñaran otro futuro para ella y prácticamente terminara los estudios como maestra, la talentosa joven defendió su vocación con fuerza suficiente para demostrar su valía y hacerse de un lugar entre los grandes. Nunca abandonó la música y la música no la abandonó a ella, porque resultó ser uno de esos artistas que en los momentos más difíciles de su carrera, cuando el declive parecía más inminente, fue capaz de reinventarse, recuperar el favor del público e incluso conquistar nuevos admiradores.

Dicen que nunca quiso confesar su edad, así que oficialmente nació el 21 de octubre de 1925 y ahora estaría celebrando su 90 cumpleaños, si no hubiera ocurrido su segunda y verdadera muerte física, hace ya 12 años, provocada por un cáncer que al final venció su recia voz y su inagotable energía en el escenario, casi imposible para su edad (cualquiera que esta fuese).

Aunque lo más recordado de su trabajo en Cuba siempre se remite a su paso por La Sonora Matancera, lo cierto es que al entrar en esta agrupación ya Celia se había dado a conocer en otras populares orquestas y había trabajado como cantante en el espectáculo “Las mulatas de fuego”, concebido por Roderico Neyra, el visionario Rodney, fundador de Tropicana. Además había viajado a México y Venezuela donde grabó sus primeros discos.

Finalmente en 1950 Celia fue contratada para trabajar con La Sonora Matancera, y aunque en sus inicios con la famosa orquesta no faltaron tropiezos, el éxito alcanzado por sus primeros números decidió su destino junto a esta agrupación. En 1960 un atractivo contrato los llevaría a México, en un viaje sin regreso para Celia y algunos de los músicos que la acompañaban, como el segundo trompetista Pedro Knight, que luego se convertiría en su esposo y representante por el resto de su vida.

De su trabajo fuera de Cuba es imprescindible mencionar la colaboración de Celia desde 1966 con otro de los grandes de la música caribeña, Tito Puente, que daría como resultado varios discos. Pero quizá más importante aún fue el momento en que Larry Harlow, que pertenecía al sello disquero Fania Records, le propuso grabar un tema para la ópera salsa Hommy, que se presentó en el mítico Carnegie Hall de Nueva York. A partir de aquí prácticamente fue redescubierta por el músico de origen dominicano Johnny Pacheco -que la contrató para Vaya Records, subsidiaria del sello disquero Fania Records-, y junto al cual grabaría Celia & Johnny, un álbum que causó gran impacto y resultó Disco de Oro. Fue así que Celia, aunque tarde, entró a la salsa por la puerta de grande.

El sello Fania, fundado en 1963 en Nueva York por el productor y empresario norteamericano Jerry Masucci y el propio Johnny Pacheco, fue decisivo en la promoción de la música latina dentro de los Estados Unidos (y mucho más allá), y en especial de aquel nuevo sonido que se denominó con el nombre genérico y comercial de “salsa”. La firma conformó también el mítico conjunto Fania All-Stars, una bomba musical cuya onda expansiva apenas se sintió en Cuba, pero que marcó por décadas la manera de hacer la música en nuestro ámbito. Y en medio de todo eso, estaba la ya madura Celia Cruz.

Es bastante llamativo que, entre todos los músicos cubanos asentados por esa época en los Estados Unidos, Celia fue la que mejor supo asimilar los nuevos aires y se subió al carro de la salsa, aún sin abandonar del todo sus orígenes. Mientras otros permanecían más o menos fieles a su línea de trabajo anterior, e incluso consideraban a la salsa como un mal plagio de la música cubana y una amenaza para su labor, Celia aceptó el reto del cambio. A partir de esa aceptación su carrera se revitaliza y toma un nuevo impulso, en tanto la cantante logra ocupar un lugar indiscutible junto a los nuevos “reyes del mambo”, quienes a pesar de las diferencias generacionales, la aceptaron y reconocieron como una de las diosas tutelares de la salsa.

Si bien los años 70 fueron cruciales para ese regreso con gloria, durante la década de 1980 Celia afianzó definitivamente su reinado. Realizó varias giras por países de América Latina, grabó nuevos álbumes, dio múltiples conciertos y participó en programas televisivos. Compartió escenarios con los cantantes y músicos más reconocidos del momento, tanto estrellas jóvenes o de su misma generación, y en 1982 grabó el disco Feliz Encuentro, con la Sonora Matancera. Ese mismo año recibió un gran homenaje en el Madison Square Garden como reconocimiento a su carrera musical. En 1987 recibe el New York Music Award a la mejor artista latina y, para cerrar esa década con broche de oro, en 1989 obtuvo su primer Premio Grammy, por el disco Ritmo en el corazón, que grabó con Ray Barretto.

A lo largo de su dilatada carrera, durante la cual grabó más de 80 discos, recibió en total tres Premios Grammy y cuatro Grammy Latinos. Logró también una significativa cantidad de discos de oro y de platino y en 1994 le fue concedido el más alto reconocimiento que otorga el gobierno de los Estados Unidos a un artista, el premio National Endowment for the Arts, y que le entregó el entonces presidente Bill Clinton.

Para el venezolano César Miguel Rondón, Celia Cruz tuvo un papel muy especial dentro de esta corriente musical tan importante en el ámbito latino. En su imprescindible El libro de la Salsa, el reconocido musicólogo asegura “Para la salsa ella fue un regalo, un personaje que vino de la vieja guaracha y supo prolongar el mismo espíritu en la turbulencia de los nuevos tiempos…”.

Tras su muerte ocurrida el 16 julio del 2003, todavía hoy se realizan conciertos a Celia Cruz, la indiscutible “reina de la salsa”, o mejor quizá, a la “guarachera de Cuba”, como también se le llamó, un título menos aristocrático pero mucho más revelador de sus auténticos orígenes en esta tierra que la vio nacer, y a la que aún no ha regresado (2015).

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