Jorge Luis Hernández, El Adelantado

Presentación de un libro, evocación de un amigo.

Cuando mi querida amiga y colega Aida Barh me pidió que hiciera la presentación de los cuentos reunidos de Jorge Luis Hernández, tuve dos revelaciones: la primera fue una fuerte sensación de compromiso, de necesidad, de deuda incumplida con la obra de Jorge Luis Hernández, a la que no había vuelto a visitar desde hacía demasiados años. La segunda fue más lenta pero a la vez más avasallante, casi dramática: sentí un ramalazo de nostalgia pues se me hizo patente que desde varios años antes de que Jorge Luis muriera, atacado a traición y con alevosía por un destino trágico que no se merecía él, ni nos merecíamos nosotros por perderlo como escritor, como persona, como amigo, yo no había vuelto a visitar Santiago de Cuba.

Y me resultó doloroso saber que quizás no había regresado a esa ciudad a la que tanto recurrí en mis días de reportero de Juventud Rebelde y de participante en los míticos Encuentros de Narrativa, porque para mí Santiago se ha convertido en una ciudad plagada de fantasmas: el del Viejo, como llamábamos a José Soler Puig cuando aun no era tan viejo, el de Joel James, el más huracanado de los hermanos de esa estirpe, el del inquieto e inquietante José Fernandez Pequeño, colega de tantos empeños que un buen día se nos fue, como tantos otros, al exilio…Pero, sobre todo, el fantasma de Jorge Luis Hernández, obscenamente reclamado por la muerte, cuando no le tocaba morirse, cuando le faltaba tanto por hacer, disfrutar, escribir…

Para mí Jorge Luis Hernández fue, además de un escritor al que admiré y admiró, un colega generoso con el que solía hablar tanto de literatura como del cemento, los ladrillos y la arena que buscábamos para construir nuestras respectivas casas mientras me dejaba conducir por él en busca de los misterios del origen del ron Bacardí, de la presencia de los franco haitianos en los cafetales de la Gran Piedra, de la vida extraordinaria de Prudencio Casamayor, historias y personajes que se convertirían en material de algunos de mis más queridos reportajes periodísticos.

Si la memoria no me falla, en mi última estancia en Santiago de Cuba, hace ya tantos años (quizás 20), la primera parada que hice, en compañía de Jorge Luis, fue en la casa del Viejo, que ahora era en realidad muy viejo, tanto que, físicamente, exhibía de una forma más alarmante de lo habitual la calavera que pronto sería, una visita de la que salí convencido –y así se lo dije a Jorge- de que estaba viendo por última vez al escritor más joven de espíritu y más generoso de aquella generación, el que con más dignidad y mejor literatura había logrado atravesar los años oscuros de la década de 1970 y salir de ella dispuesto a recibir a mi promoción artística sin condescendencias pero con fervor y solidaridad.

En realidad, debo confesar que no sé decir si Jorge Luis y yo fuimos amigos o solo colegas. Mejor dicho, no sé si Jorge Luis me consideró algo más que un colega, un poco más joven, de la hornada de su querida Aidita, de Arturo Arango, del propio Fernández Pequeño. Sin embargo, cuando yo lo encontraba –casi siempre en Santiago- tenía la sensación de que estaba junto a un amigo, con el que compartía demasiadas complicidades que apenas tuvieron tiempo y lugar para asentarse, pero que se forjaron con una especie de química que funcionó a lo largo de los años de coincidencia.

Pero cuando lo pienso dos veces, creo que Jorge Luis siempre me trató como un amigo. Solo un amigo puede ser tan espléndido con sus posesiones más valiosas, y varias de ellas él me las entregó con un desprendimiento humano e intelectual muy raros de encontrar en nuestro medio. La cercanía con el Viejo Soler fue una de esas pertenencias, pues nadie fue más próximo del maestro santiaguero que su discípulo santiaguero. Pero también estuvieron sus conocimientos cosechados y madurados durante años sobre misterios e historias orientales, de las que me dio información, pistas, textos, ideas, testigos. Como periodista de investigación, durante cada parada que hice en Santiago tenía a Jorge Luis como cicerone inmejorable. Y el resto era fácil, o por lo menos, dependía de mi capacidad para captar y luego reflejar lo aprendido.

En aquellos recorridos santiagueros, por supuesto que Jorge Luis y yo hablamos mucho de literatura. Todo ocurrió en una etapa luminosa y extraña, en la que Jorge Luis por fin vio publicados sus dos primeras obras, El jugador de chicago (1985) y la novela Un tema para el Griego (1987), y después de tantos años de silencioso anonimato se había convertido en un escritor de referencia de los nuevos rumbos por lo que comenzaba a moverse la narrativa cubana.

Como casi todos sabemos o podemos saber, la obra publicada por Jorge Luis en esos tiempos había sido escrita en el decenio anterior, los terribles años oscuros de la década del 70. Y esa información es especialmente pertinente a la hora de enfrentarse a la lectura de esos textos primerizos (solo por su orden de aparición, no por su calidad literaria) de Jorge Luis Hernández, pues revelan la incongruencia de un inquietante anacronismo: sus cuentos de El jugador de chicago, pero, sobre todo, la novela Un tema para el Griego, son obras típicas y representativas de lo que ocurrió en el tiempo en que al fin se publicaron, o sea, esos años finales de la década de los 80.

Cronológicamente Jorge Luis Hernández era unos años mayor que el grueso de los escritores que se darían a conocer en ese período y que conferirían su carácter a la literatura de la época. Generacionalmente, en realidad, estaría más cerca de Norberto Fuentes o de Luis Rogelio Nogueras que de Senel Paz, Miguel Mejides, Abel Prieto, López Sacha, por no decir de Arturo Arango, Luis Manuel  García, Lichi Diego, Abilio Estévez, o de la propia Aida Barh y de mí. Sin embargo, como en el caso de otro santiaguero, el malogrado Rafael Soler, Jorge Luis fue un adelantado, un desbrozador de territorios, y tengo la sospecha de que en ese proceso de renovación de los contenidos, los personajes y las perspectivas literarias que se advierte en estos dos autores, mucho tuvo que ver el magisterio de Soler Puig y su distancia buscada respecto a los centros de poder cultural y literario, donde la intransigencia y la mediocridad imperaron a su antojo.

Aun cuando en varios de los relatos que integran El jugador de chicago, su autor recurre a asuntos epocales y anecdóticos típicos de sus congéneres –los bandidos, los cambios que siguieron al año 1959, la violencia revolucionaria, etc.- hay en ellos un tratamiento literario que los separa de los autores de su generación histórica y los convierten en clarinada, o quizás puentes, para lo que vendrá con la generación siguiente, a la que se afilió por confluencia espiritual y literaria. Los cuentos de este volumen no son historias de héroes y antihéroes, no son épicos, no son explícitos como muchos de los textos de sus coetáneos: la estética de Jorge Luis tiene más que ver con lo esencial humano, está más imbricada con el dramatismo de las decisiones y los destinos personales, y con el desgaste de las vidas arrastradas por el torbellino de una transformación social. Jorge Luis tampoco esconde limitaciones estilísticas en floreos verbales o estructurales (con los que, sobre todo a lo largo del decenio negro de los 70 se pretendió dar un aire contemporáneo a narraciones plagadas de simplificaciones políticas y humanas), y resulta por ello más clásico, entre hemingwayano y rulfiano para mi perspectiva de lector. Y, por último, Jorge Luis nunca pretendió ser aleccionador: como artista realizó un ejercicio estético y no un acto de reafirmación política y social… ¿Y no fue eso lo que, de algún modo (o de varios modos), nos propusimos hacer (consciente o inconscientemente) los autores que apareceríamos en los años 80? ¿Fue casualidad o destino que Jorge Luis Hernández debiera esperar varios años para ver cómo sus libros salían a la luz, en mayor y mejor armonía con la atmósfera de su tiempo histórico de publicación, un momento ya diferente al tiempo histórico de la concepción?

Aunque no es el objetivo –o no debería serlo- de una presentación de los cuentos reunidos de Jorge Luis Hernández, no es posible saltar de sus textos iniciales de El jugador de chicago a sus relatos maduros de El relumbre del oro (2003), sin dedicar unas palabras a la que sin duda es la obra mayor de este escritor y una de las novelas esenciales en la conformación de la imagen literaria de los años 1980: Un tema para el Griego.

[…]

Todavía puedo recordar –y quizá podría evocarlo años después, ya ustedes saben frente a qué…-, la conmoción que me produjo entrar en el mundo que crea Jorge Luis en su novela, un universo estético y existencial que sonaba cercano pero a la vez distante por diferente, sobre todo poco transitado por la narrativa cubana y a la vez tan necesario para ella… Ante todo porque en su novela Jorge Luis Hernández tenía la capacidad de “crear” un mundo […] con el que nos relacionamos y en el que participamos, en donde nos sumergíamos hasta el fondo mientras leíamos. Pero aquella conmoción de 1987, que se mantuvo intacta unos diez años después cuando revisité la novela, tenía que ver con algo mucho más complicado, quizás retorcido, pero que puedo confesar sin vergüenza: yo sentía deseos de haber escrito aquella novela. O una novela como aquella, lo que viene a ser lo mismo.

Lo significativo, sin embargo, no está en ese efecto personal, sino en la trascendencia social y literaria que tuvo y tendría Un tema para el Griego: con una novela escrita en los años 1970, pero publicada diez años después, Jorge Luis Hernández contribuía a darle tono a la novelística de los años 1980 (junto a Las iniciales de la tierra, de Jesús Díaz; Un rey en el jardín, de Senel Paz; y, entre otras, las obras por nosotros desconocidas que en ese entonces comenzaba a publicar Reinado Arenas en su exilio agónico y final). Pero, lo que resulta más inquietante, como después lo supimos, es que con aquella novela escrita en los años 1970, Jorge Luis Hernández también señalaba –precisamente junto a Arenas, aunque en otra vertiente- lo que sería el camino por el que discurriría la novela cubana de los años 1990.

¿Cómo es posible –nos preguntábamos entonces- que justo a partir de esa iluminación desapareciera del panorama editorial cubano, por más de 15 años, aquel escritor que con sus dos primeros libros cerraba puertas del pasado, a la vez que atravesaba las del presente y para colmo las dejaba abiertas para el futuro? ¿Estaba otra vez escribiendo en los años 1990 con la intención de asombrarnos en los años posteriores?

Un hombre con la vocación artística de Jorge Luis Hernández, que fue escritor, guionista, director de cine y de radio, editor, director de publicaciones, investigador etnólogo y/o antropólogo (no sé bien), un intelectual que necesitaba ver y expresar el mundo desde la cultura, era a la vez un hombre capaz de realizar los sacrificios materiales más arduos con el propósito de hacer más digna y mejor la vida de los suyos. Y el tiempo de las palabras, las imágenes, las investigaciones, fue sustituido por la calamitosa obsesión del cemento, el ladrillo y la arena que casi todos los cubanos hemos padecido en un país donde algunos viven como quieren pero la mayoría vive como puede… Y Jorge Luis se dedicó en cuerpo y alma, por demasiados años, a la obra material que, a costa de su posible legado espiritual, sería su legado físico: la casa que construyó para su esposa y sus hijos.

Los relatos de El relumbre del oro, publicados en el 2003, fue el regreso esperado de Jorge Luis Hernández a la dinámica de la narrativa cubana, tras esos tres lustros de ausencia, dolores y cemento. Cinco relatos liberadores de cualquier compromiso que no fuera el estético y el ciudadano se reúnen en este volumen en el que, entre personajes perdidos, trasmutados, descentrados, agotados, desmemoriados asoma la sabiduría con que Jorge Luis siempre se acercó a la realidad de su tiempo, para entregarla como realidad literaria: dando un paso hacia delante con respecto a lo que se hacía en la narrativa cubana, que para la época se había poblado de balseros y jineteras (entre otros diversos y nuevos caracteres), de carencias y oscuridades, de revelaciones, turbulencias y marginalidades, elementos que en estos cuentos no son asumidos como descubrimientos o exploraciones, sino como esencias de una realidad ya asentada, conflictiva y dolorosa, la realidad en que desde hace un cuarto de siglo vivimos los cubanos… la que uno de sus personajes llama “la situación”, y otro de ellos habla de su interpretación como “el síndrome de los tiempos”, de estos tiempos…

Creo que […] para el acto de justicia y recordación de un amigo, que además es el escritor Jorge Luis Hernández, he resultado parco y sospecho que hasta esquemático. Porque hablar sobre la huella que dejó Jorge Luis en nuestra narrativa puede ser un asunto complejo, pero más aún lo es recordar la huella que iba dejando en cada realización editorial que fue ejecutando: porque sus libros no solo resultaron ser la obra que hoy leemos, sino la advertencia, en cada momento, de la que podíamos o debíamos escribir. Entre todos los que lo acompañamos en estos años de vida y empeños literarios compartidos, este santiaguero resultó ser, como antes dije, un adelantado, un conquistador de territorios vírgenes, un buscador de El Dorado que él, con su especial intuición y sensibilidad, sabía encontrar antes que los demás, para luego regalarnos ese relumbre de oro que emana de toda su obra literaria, de toda su vida, de todos sus sacrificios artísticos y cotidianos, de la postura ética que lo acompañó hasta que la muerte se interpuso y nos arrebató a nuestro generoso Adelantado, mi amigo, nuestro amigo, Jorge Luis Hernández. (2014).

1 Frangmentos del texto leído el 21 de noviembre de 2014 en el Salón de Mayo del Pabellón Cuba, La Habana, durante la presentación de Todos los cuentos, de Jorge Luis Hernández, Ediciones Unión, 2014.

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