Julián del Casal, dos aniversarios, muchas lecturas

Un poeta entre rebelde y visionario.

Archivo IPS Cuba

Monumento a Zenea, a la entrada de la Bahía de La Habana

El nombre del poeta Julián del Casal (La Habana 1863-1893) está asociado en este año a dos conmemoraciones: 150 aniversario de su natalicio y 120 de su temprano fallecimiento. Ya se anuncian ediciones de sus páginas más notables, conferencias y debates teóricos. Quizá pueda continuarse con aquella reevaluación de su persona y obra que se animó en 1993 a propósito del centenario de su muerte, gracias a un núcleo de jóvenes poetas – Francisco Morán, Antonio Ponte, Víctor Fowler- que buscaron nuevos significados e irradiaciones en aquel autor “maldito” que era en realidad uno de los precursores del Modernismo en América.

Poeta y prosista, Casal fue visto, aun por algunos de sus amigos, como una figura bizarra que procuraba pasear por La Habana el dandysmo de Baudelaire, la melancolía de Verlaine y el exotismo de Pierre Loti. Ahí está el texto de Wenceslao Gálvez, “Casal…erías” donde ironiza a gusto sobre la atmósfera que rodea al escritor:

 Yo fui una vez a su cuarto de célibe recalcitrante y si estuviera autorizado por él describiría su habitación; porque hay que saber como vive Casal, hay que ver los palitos chinos que humean cerca de su lecho, y entonces es cuando se puede comprender por que Casal no vive a gusto. Él cambiaría de modo de ser si tuviera facilidad de irse a vivir al Oriente, no de Cuba, porque entre orientales estaría a sus anchas. Aunque no lo confiesa, le fastidia la América con sus costumbres europeas. El gustaría de un colchón y de una pipa llena de opio, gustaría adormecerse viendo en su imaginación vestales, porcelanas de la India, pebeteros del Japón, arabescos, jarrones, ámbar, objetos de arte de la Arabia; recorrer el desierto caballero en camello…

 Figuras que él quiso y respetó en su tiempo, como Aurelia Castillo, Enrique José Varona, Esteban Borrero, consideraban que aquel joven malgastaba su talento con una poesía que se apartaba del sano “buen gusto” defendido todavía por los románticos de segunda generación.

Sin embargo, el nicaragüense Rubén Darío, el mexicano Luis G. Urbina y algunos más, manifestaron su devoción por aquellos cuadernos poéticos: Hojas al viento, Nieve y el póstumo Bustos y rimas, donde descubrían una sensibilidad afín, una voluntad transgresora que llevaba por otros rumbos a la poesía del continente. El propio Urbina escribió en 1893, poco después de la muerte del cubano, en la presentación de la edición mexicana de Nieve: “Julián del Casal, una de las grandes esperanzas, ya casi hecha realidad, de nuestra literatura americana, se ha afiliado en la moderna escuela francesa, hija tal vez de una generación enferma de sensibilidad, que siente muy hondo y piensa muy alto”.

Hoy podemos comprender mejor que esos versos sobre el tedio real o fingido, esos pastiches derivados de la pintura de Gustave Moreau y el elogio a las baratijas traídas del Asia, era una forma de resistencia cultural frente al ámbito colonial, un jerarquizar de la inteligencia y la sensibilidad ante la chatura de La Habana gobernada por militares y comerciantes.

Además, no eran tanto los asuntos de sus poemas como el lenguaje lo que importaba. Manejaba un idioma que dejaba de lado lo castizo y se llenaba de galicismos y anglicismos, con las palabras escogidas hasta el delirio procuraba otorgar plasticidad, brillo, fuerza expresiva a la poesía nueva, que era ya una planta anémica en manos de los escritores cubanos finiseculares. Si la forma externa parecía la de un “decadente”, en lo interior de esa creación había vitalidad nueva y pujante. Véase el soneto “Galatea”, uno de los pertenecientes al “Museo ideal” de Nieve, donde la palabra parece en función de la descripción de una obra de Moreau, pero en realidad se convierte en un ente autónomo, en un orbe que parece anunciar ciertas poéticas del lenguaje del siglo siguiente:

 En el seno radioso de su gruta,
Alfombrada de anémonas marinas,
Verdes algas y ramas coralinas,
Galatea, del sueño el bien disfruta.
Desde la orilla de dorada ruta
Donde baten las ondas cristalinas,
Salpicando de espumas diamantinas
El pico negro de la roca bruta,
Polifemo, extasiado ante el desnudo
Cuerpo gentil de la dormida diosa,
Olvida su fiereza, el vigor pierde
Y mientras permanece, absorto y mudo,
Mirando aquella piel color de rosa,
Incendia la lujuria su ojo verde.

 Además del poeta había otro Casal, el periodista, el que tenía que ganarse la vida con las crónicas, los apuntes, los cuentos, en La Habana Elegante, El País, La Caricatura. La esclavitud de la cuartilla cotidiana, que tanto deploró, lo condujo, sin embargo, a dejar páginas que trascendían lo ocasional y fortalecían su obra. Lo mismo podía escribir sobre la recogida de perros callejeros que sobre la pintura de Menocal o Arburu, delirar ante una reproducción de Renoir o describir un tipo de pastel, que se comía con cucharillas de plata, en las residencias elegantes que sabían seguir la moda culinaria francesa. Para él lo mismo una boda que una velada benéfica iban a permitirle descubrir el detalle extraño, el dato exquisito, la atmósfera selecta, el sahumerio contra la suciedad cotidiana de los políticos y los burgueses arribistas.

A veces sus páginas perdían la máscara de lo amable y mostraban el buril de caricaturista como cuando se atreve a iniciar la serie La sociedad habanera donde es puesta en solfa la aristocracia tropical conformada por funcionarios prevaricadores, comerciantes analfabetos, gente soez y avara que no puede, salvo raras excepciones, llegar a la auténtica aristocracia de la sensibilidad donde brillan artistas como Guillermo Collazo y él mismo. El escándalo acalló enseguida tal serie y colocó dos líneas más cerca del margen al periodista. Se le toleraba como a una figura decorativa pero no se quería saber de sus juicios sociales.

A lo largo del siglo XX la figura de Casal pudo ir despojándose de su matiz caricaturesco. En 1952 Dulce María Loynaz dedicó al escritor su discurso de ingreso en la Academia Nacional de Artes y Letras. Allí aseguró:

 Aquellas rebeldías casalianas han abierto la liza para muchas rebeldías actuales. Hoy no hay zonas prohibidas, ni muros de contención, y como suele suceder también, y en todo, bastante se ha abusado de ello.

De todos modos su rebeldía fue hermosa y eficaz: ella encarna la médula, el duramen del árbol que era pequeño entre sus manos, y todavía nos da sombra…

A tal punto, que creo que más que de aquel estilo novedoso, o aquella exótica temática, nos creció el árbol de la independencia de sus convicciones, de su valentía en exponer ideas y sentimientos que podían chocar con el ambiente, pero nunca perder aire de altura.

 También los autores de Orígenes pretendieron redescubrir a Casal. Cintio Vitier le dedicó páginas apreciables en Lo cubano en la poesía y Lezama incluyó un extenso ensayo sobre el poeta en su Analecta del reloj, antes de preparar en los años 1960 la edición, casi completa, de sus Prosas y dedicarle su “Oda a Julián del Casal”:

 Déjenlo, verdeante, que se vuelva;
permitidle que salga de la fiesta
a la terraza donde están dormidos.
A los dormidos los cuidará quejoso,
fijándose como se agrupa la mañana helada.
La errante chispa de su verde errante,
trazará círculos frente a los dormidos
de la terraza, la seda de su solapa
escurre el agua repasada del tritón
y otro tritón sobre su espalda en polvo.
Dejadlo que se vuelva, mitad ciruelo
y mitad piña laqueada por la frente.

 Es preciso aguardar a que este año nos devuelva lecturas distintas y fecundantes del autor de Nieve.

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