Marta Valdés sin sospechas

Su música se quedaba rondando en mi cabeza cuando ni siquiera me había percatado del poder de la memoria.

No recuerdo cuando supe por vez primera quién era Marta Valdés, pero muchísimo antes, con apenas cinco o seis años, oía en el tocadiscos de mi padre la voz natural, antiquísima, de Bola de Nieve cantando:
Tú no sospechas
cuando me estás mirando
las emociones
que se van desatando.

No olvido que el final me conmovía particularmente, porque el intérprete hacía una pausa mínima antes de entonar el verso final, que le brotaba como un sollozo. Sin tener edad para eso, yo sospechaba que ese “de que ya te quiero”, era una confesión desesperada que por inevitable ley gravitacional iría seguida por un rechazo del interlocutor invisible. Sin saberlo, yo intuía algo más detrás de esa canción, quizá mucha angustia, tal vez todo un drama. Lo que sí me estaba vedado por entonces era saber que aquello era sencillamente la experiencia de la poesía.

Marta Valdés cumple 80 años y repaso su trayectoria, vuelvo a visitar sus canciones, antes de redactar estas líneas. Los críticos dicen que con ella y con Teresita Fernández, comienza algo llamado la “nueva canción”, ese algo tan difícil de definir como todas las cosas que en el mundo son esenciales. En último caso habría que hablar de alquimia: de la larga historia del bolero que cruza con libertad nuestra isla, como los vientos alisios; de la vigilia sabrosa y marcada de penumbras del filin; de la canción que no se conforma con una letra adocenada y requiere la verdad del verso de siempre, ese que nunca deja de ser actual; de todos estos componentes, y también de las lecciones que recibiera de Leopoldina Núñez, de Vicente González Rubiera, de Harold Gramatges, brotó un modo de crear tan personal que no hay manera de colgarle etiquetas: no es puramente bolero, ni filin, ni canción protesta, ni nueva trova, es…Marta Valdés, con su experiencia irrepetible de la vida y de la música, valga la redundancia.
Ella nos ofrece una clave de su relación con el arte sonoro cuando cuenta como en su niñez al escuchar ciertas canciones interpretadas por Pedro Vargas:

Su música se quedaba rondando en mi cabeza cuando ni siquiera me había percatado del poder de la memoria. El primer contacto físico con ellas, siendo tan pequeña que no alcanzaba a tocar el pasamanos en la baranda de hierro del balcón aunque extendiera los brazos hacia arriba lo más alto posible, no fue por el oído sino que me sentía una punzada en el medio del pecho que se iba desplazando hacia la izquierda.

Era más una cuestión de vibraciones que de recuerdos o de lecciones. Por eso, su modo de componer tampoco está demasiado asociado con el hecho de construir, sino con el del ritual que conjura todos los miedos: “Una canción fue siempre, en lo adelante, lo mejor que podía ponerme a inventar para salvar las tardes y las noches del miedo a lo desconocido.”

Hace varias décadas ella obtuvo un popular premio de composición por su canción “José Jacinto”, compuesta en 1974. Una persona que yo conocía, informada y con cierta sensibilidad musical, me dijo por entonces: “Sí, las canciones de Marta están bien compuestas, esta es bonita, pero no va a pegar, porque es difícil y nadie puede cantarla”. Es cierto que nunca he escuchado a alguien silbar su melodía por la calle, pero, al menos en mi caso, no puedo pasar ante la modesta estatua de Milanés delante de la catedral matancera sin que venga a mi memoria esa pieza delicadísima que es una declaración de complicidad con el vate enloquecido:

José Jacinto,
no sé si usted
me reconoce entre los vivos,
porque suelo llegarme a su parque
cuando está la luna
detrás de esos pinos.

José Jacinto,
no sé si usted alguna noche
me ha confundido
con un fantasma,
cuando la niebla es densa sobre la ciudad
y yo camino.

Más que de una coherente trayectoria académica, la artista ha sabido aprender de su andadura vital: escuchando a José Antonio Méndez alimentó esa “inquietud tonal” que se descubre en sus canciones, así como los años en Teatro Estudio no solo le valieron los premios por la música que compuso para El becerro de oro de Joaquín Lorenzo Luaces, dirigido por Armando Suárez del Villar y para la inolvidable puesta de La zapatera prodigiosa de García Lorca conducida por Berta Martínez, sino que acrecentaron en ella el conocimiento de los matices y gradaciones de la expresión dramática. En ella la sabiduría es sobre todo cuestión de oficio ganado unido a una certera intuición poética.

“Hoy estoy pensando que tal vez existas./ Está de fiesta la imaginación” nos dice en una de sus obras. Esa capacidad de imaginar, propia de una creadora sin domingos la ha preservado de muchas amarguras. Como la mayoría de los auténticos artistas, ha sufrido períodos de silencio, aparentes olvidos y esa falta de delicadeza con que muchas veces la sociedad marca a los más sensibles, sin embargo, su triunfo ha estado en la capacidad de permanecer, con tozudez, en su lugar, no sin lágrimas pero sin espacio para el resentimiento.

¿Qué nos ha legado Marta Valdés en estas ocho décadas de inquieta existencia? Podríamos enumerar discos como Tú no sospechas, Nuestra canción y Doce boleros míos, el libro Donde vive la música que recoge su labor periodística, desde los años del periódico Revolución y la revista Cuba internacional hasta La Gaceta de Cuba, y muchas, muchísimas canciones, reunidas o dispersas, favoritas o entregadas a la brisa que mueve las ramas de los árboles nocturnos. Fuente secreta es esta mujer que compone aunque no se lo pidan, porque su único contrato es con ese temblor imperativo que la sorprendió en la infancia y aún no la abandona.

Debo confesar que nunca me he acercado a Marta. Timidez o un respeto singular me han hecho mirarla siempre de lejos. La última vez que la vi fue una tarde en que se paseaba cerca de la Plaza de Armas. Sentí que ese era su entorno ideal: la piedra de los edificios lucía su mejor dorado, los adoquines lanzaban un discreto vaho húmedo a través de la capa de hojas que los cubrían y desde el puerto llegaba la sirena nostálgica de algún barco que se aproximaba al muelle. Por un momento pensé que ella se detendría ante los bancos vacíos y empezaría a cantar:

Llora por lo que nunca hiciste,
por lo que nunca fuiste
y quieres ser ahora.
Llora, llora
por el amor que vuelve
y por el amor
que jamás hallarás.

No lo hizo. Siguió su paseo, quizá dedicada no a una canción del pasado, sino a esa que iría a regalarnos mañana. Probablemente ese sea su secreto mejor: componer boleros tristísimos, pero después hacer un guiño a la vida a través de sus lentes que ven demasiadas cosas, sonreír un poco y emprender un trabajo nuevo. Tal las piedras de la Plaza de Armas ella resiste porque, como ha escrito: “guarda un poco de emoción:/ hay por lo menos todavía/letra y melodía/para otra canción”. (2014)

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