Memorias de la música cubana

Las crónicas de Lino Betancourt.

Foto: Archivo IPS-Cuba

A través de los tiempos, la historia de la música cubana ha contado con el fervor narrativo de quienes, asimismo, la han creado o interpretado. La lista de esos músicos-escritores es extensa y notable, y algunos de ellos hicieron la proeza de ejecutar, sin acompañamiento, un Diccionario, o una Enciclopedia, como son los casos de Helio Orovio y Radamés Giro.

Pero también, esa historia ha sido contada por (otros) apasionados musicógrafos, personas que han dedicado su existencia a transmitir las miles de anécdotas y leyendas escuchadas en boca de los propios músicos en reuniones, tertulias, peñas, descargas, a lo largo y ancho de la isla. Ese es el caso de Lino Betancourt Molina.

Al igual que los aludidos en la metáfora clásica de Miguel Matamoros al definir de dónde son los cantantes, “son de la loma y cantan en llano”, Betancourt vino de la loma (Guantánamo) hacia el llano (La Habana) hace muchos años. De allá traía el gusto por la trova y la costumbre, no solo de escuchar los cantos, sino también los cuentos de los trovadores:

“…en mis años mozos trabajaba como locutor en una emisora de radio en Santiago de Cuba y a las 12 de la noche, después de concluir mi labor, iba para la plaza del mercado a comer algo, y allí me encontraba frecuentemente con algunos trovadores bohemios que afinaban sus guitarras y sus voces. Guiado por el grato sonido, subía la empinada cuesta del barrio de El Tivolí, y allí, bajo la luz de un bombillo de la calle o junto a una ventana, me encontraba con mis conocidos trovadores. […] Ya aquellos hombres de nobleza y humildad extraordinarias me consideraban uno más. Así conocí a verdaderos patriarcas cuyos nombres luego se dieron a conocer, aunque no tanto como merecen…”lo-que-dice-mi-cantar-1-1

El fragmento anterior pertenece a Lo que dice mi cantar, libro publicado el pasado año por el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau. En él, Lino Betancourt recoge un centenar de crónicas sobre la música cubana, con énfasis en la trova, “la pasión de mi vida”, según declara. En el propio volumen deja constancia del reencuentro con sus “admirados trovadores” en La Habana, ya mezclados, en la capital, los de todas las provincias. Así, en el trato frecuente con los mismos pudo conocer vidas y milagros que después ha narrado en múltiples charlas por los medios.

En varias ocasiones presencié sus charlas por la televisión y me quedé con los deseos de escuchar más de esas historias porque Betancourt es un excelente narrador oral, un conversador nato que une, al conocimiento del tema, el oficio del locutor radial que fue.

Lo que dice mi cantar está estructurado en cinco bloques de texto: Autores e intérpretes (el más numeroso); Agrupaciones; Canciones; Bailes, Ritmos y géneros; y Otros temas. La narración de esos artículos es una madeja donde se entrecruzan acontecimientos, biografías, anécdotas y testimonios. Son justamente estos dos últimos apartados los que más se agradecen porque están más cerca de las fuentes orales.

En todas las épocas, los músicos han sido los artistas de vida más rica en sucesos y peripecias que luego originaron leyendas. El músico, como el marino, siempre está en movimiento, viajando, en función de su labor hacia la conquista de nuevos espacios. Y los trovadores cubanos de antaño fueron una tropa trashumante que atravesó el archipiélago de oriente a occidente buscando, no ya la gloria —que a muchos les llegó tarde— si la encontraron, sino el sustento. En ese afán escribieron y cantaron canciones memorables que hemos escuchado desde niños, a veces sin saber con exactitud el nombre del autor, o desconociendo el destino del mismo.

De esos destinos nos habla Lino Betancourt, como también de las tramas que originaron esas canciones contadas por sus creadores. Particularmente relevantes, por la importancia del personaje y las creaciones, resultan las referidas a Miguel Matamoros quien, según Betancourt, confesó:

«El “Son de la loma” no se llama así, sino “Mamá, son de la loma”. Ese número se me ocurrió en el año 1922. Fue una noche que yo estaba dando una serenata en Trocha y San Pedro. Conmigo estaba tocando y cantando Alfonso del Río. Entonces de una casa cercana salió una señora con su hija pequeñita y dijo: “Señor, mi hija quiere saber de dónde son los cantantes, que los quiere conocer”. Me inspiré en esa pregunta y esa misma noche hice el resto. “Son de la loma” quiere decir que son de Santiago y “cantan en llano” significa que cantan en La Habana»

Y más adelante continuó Matamoros:

“Lágrimas negras es un bolero son, pero no lo compuse por un asunto mío, sino por una vecina que siempre visitaba mi casa lamentándose de que el marido la había abandonado, según ella, sin razón”.

Atractivo es, igualmente, el conocimiento de los motivos de Isolina Carrillo para la composición del bolero “Dos gardenias”, pero como —señala Betancourt— ofreció dos versiones de los sucesos, nos queda la duda, el misterio pues no sabemos cuál es la verdadera.

Esclarecedor es el artículo “Los falsos autores de canciones cubanas” porque arroja luz sobre viejos entuertos en el universo discográfico: famosos números musicales en los cuales reinó la confusión sobre la autoría de los mismos, por razones muy diversas. Algunas de esas “confusiones” demoraron muchos años en ser aclaradas con el consecuente perjuicio para los autores.

Aunque son asuntos de épocas pasadas, su correlato nos alcanza porque, si bien en materia de derechos de autor la situación ahora es muy distinta, cuando una canción alcanza la fama, vuela lejos y atraviesa el mundo adquiere cierta independencia de su creador. Y específicamente, en el campo del bolero la popularidad del intérprete ha difuminado a muchos autores de canciones famosas. ¿Cuántos no piensan que el autor de “Vete de mí” es Ignacio Villa, Bola de Nieve?

Los cronistas de la música refieren hechos que pueden haber ocurrido de otra manera, que pueden haber sido contados de forma diversa porque en el almacén de la memoria sufrieron alteraciones, o porque las fuentes orales, con el paso del tiempo, practicaron cambios en sus testimonios; por eso, un libro de textos de esta naturaleza no debe leerse como un manual de Historia, aun cuando se acoten fechas, se ofrezcan datos, se refieran bibliografías porque su función es ser una carta de navegación entre los muchos puertos que tocan las historias. Y uno agradece el viaje, el paisaje, los sitios visitados, la provocación para un nuevo periplo, la seducción para exploraciones posteriores, desde otras cartas náuticas, con otros derroteros de conocimiento con la intención de saber (más) de dónde son los cantantes. (2016)

Un comentario

  1. Cristobal Díaz Ayala

    Efectivamente, como dice esta crónica, Lino es un apasionado narrador de nuestra música, he tenido el honor y placer de escucharlo. Este libro seguramente se convertirá en uno de los imprescindibles para conocer ese tesoro enorme que es la música cubana. Cristóbal Díaz Ayala

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