Pasear por el Vedado: Una crónica veraniega

Donde ciertos puntos enfermos de la ciudad no aluden a la pobreza siempre coyuntural y remediable, sino a la soberbia de la ignorancia.

Restos del Hotel Trocha

Foto: Cortesía de Roberto Enrique Méndez Ramírez

Estas jornadas del verano no nos invitan a recorrer la ciudad. Se diría que a las diez de la mañana, a las dos de la tarde y aún en buena parte del período vespertino, no hay en la calle más que gente apresurada que se desplaza de un  sitio a otro por obligación y, si no se trata de un vendedor ambulante, limita al máximo su permanencia en la calle. Es posible ver a sudorosos transeúntes recorrer las aceras de poca sombra, pero escasean los paseantes. Bajo el sol de julio pocos se atreverían a imitar a Julián del Casal desplazándose por La Habana finisecular para husmear en cafés abiertos o portones entreabiertos la viva materia para sus crónicas. Quizá la curiosidad le permitía vencer esos vagabundeos enfundado en su traje oscuro. Tal vez quería imitar la errancia de Baudelaire por París, tanteando en la sombra la materia para sus poemas en prosa.

Un trámite me lleva al Vedado. Ni siquiera intento abordar un ómnibus. Todavía hay calles con árboles, aunque estos hace mucho deshicieron las aceras o las transformaron en peligrosos eriales. Mas esa sombra aviva la curiosidad y pone retos a la memoria. Es difícil no detenerse ante la verja de esa casona de la calle Línea que construyó hacia 1880 Nicolás Alfonso, sobre todo porque en el portal apuntalado la puerta principal se abre como una boca asombrada y deja entrever en la penumbra una ruta hasta el fondo de la residencia donde también hay una puerta abierta hacia el traspatio y las antiguas caballerizas. Esos interiores fueron los escogidos hace años por Humberto Solás para reconstruir el ambiente exquisito y enfermizo de La esfinge de Miguel de Carrión en su filme Amada. Todo tiene el sabor de la ruina y el misterio.

No lejos de allí estuvo el Ateneo de La Habana, la institución custodiada por José María Chacón y Calvo, con su biblioteca y sus archivos y la sala de conferencias amueblada con lunetas de caoba, donde alguna vez se sentaron a deliberar los miembros de la Academia Cubana de la Lengua. Desapareció en 1972 pero quizá murió antes, en 1969, junto con el polígrafo cubano. Recuerdo, en mis años de estudiante universitario, el edificio solitario, a punto de desplomarse, luego desapareció sin dejar huellas aparentes. En 9 entre E y F no hay seña alguna que lo recuerde.

Por cierto, me viene a la memoria que en una casa muy próxima a aquel, hacia 197…vivía un médico ilustrado, el doctor Miguel Ángel Branly Grenet, quien celebraba unas tertulias culturales con antiguos miembros de la institución y algunas amistades. Muchas veces pasé por allí y escuché la música de cuerdas que venía del interior. Mas quién iba a invitar a un becado camagüeyano a aquellos encuentros íntimos. La casa está allí, pero muy cambiada y ya no hay tertulias.

Cualquier recorrido por el Vedado está escoltado por ruinas. Basta con seguir por la calle Línea hasta B y contemplar las pocas columnas que quedan del portal de la que fuera la residencia del doctor Antonio González Curquejo, farmacéutico nacido en Cádiz, que tuvo su botica en Lamparilla esquina a Habana, pero que en esta casona, desde que abrió sus puertas en 1880, cultivó sus más queridos proyectos culturales, entre ellos aquel libro precursor, el Florilegio de escritoras cubanas que publicó, con prólogo de Raimundo Cabrera, en la imprenta de La Moderna Poesía, en tres volúmenes, entre 1910 y 1919, aunque muy pocas personas por esos tiempos se interesaban en tales asuntos. Hoy la casa parece haber sido sometida a una deconstrucción derrideana: ha sido dividida y subdividida, los jardines son terraplenes o rincones de acopio de desechos, el portal se desplomó hace mucho y sería muy difícil intentar reconocer qué imagen tuvo la casa en sus orígenes.

La casa de Nicolás Alfonso

Foto: Cortesía de Roberto Enrique Méndez Ramírez

Hay modos más refinados de presentarse la ruina, basta con desviarse hacia la calle Calzada y, llegando a Paseo, sorprender lo último que queda del Hotel Trotcha, un pórtico neoclásico que está en pie de puro milagro. Tampoco hay jardines, ni estanque para los cocodrilos, mucho menos el salón de té que acostumbraba a frecuentar mi bisabuela. Las sombras de Sarah Bernhardt, La Divina, y el torero Mazzantini, desaparecieron junto con el inmueble.

En 1951 la filósofa María Zambrano publicó en la revista Lyceum el ensayo “Una metáfora de la esperanza: Las Ruinas”. Allí afirma:

Las ruinas son una categoría de la historia y hacen alusión a algo muy íntimo de nuestra vida. Son el abatimiento de esa acción que define al hombre entre todas: edificar. Edificar, haciendo historia. Es decir, una doble edificación: arquitectónica e histórica.

La pensadora andaluza hace gala de un optimismo a prueba de catástrofes históricas.

Y así en las ruinas lo que vemos y sentimos es una esperanza aprisionada, que cuando estuvo intacto lo que ahora vemos deshecho quizá no era tan presente; no había alcanzado con su presencia lo que logra con su ausencia. Y esto: que la ausencia sobrepase en intensidad y en fuerza a la presencia, es el signo inequívoco de que algo haya alcanzado categoría de “ruina”.

Mas el recuerdo de esa escritora transterrada, amiga de Lezama y Gastón Baquero, colaboradora de la revista Orígenes, quien también vivió en el Vedado durante su estancia cubana, me lleva hacia un poema no muy conocido de Fina García Marruz: “El ángel del cántaro roto”. Se trata de un texto escrito en marzo de 1980, que la autora incluyó en la sección “De los humildes. De los héroes” de sus Poesías escogidas de 1984 pero que, por razones inexplicables para mí, no fue recogido junto con textos de la misma época en el poemario Habana del Centro, ni en selecciones posteriores de su obra.

Casa González Curquejo

El poema tiene una dedicatoria para Eliseo Diego: “Para Eliseo, que gusta de estas casas y jardincillos del Vedado viejo” porque precisamente este autor dedicó muchas páginas a un tema obsesivo en él: cómo el tiempo y la indiferencia humana contribuyen a la ruina de edificaciones y objetos bellos.

Las primeras líneas del poema me vinieron a la mente durante aquel paseo, esas que describen la escultura descubierta en un jardín, rota, pero todavía hermosa:

El ángel del cántaro roto

en su jardín de yedras cenicientas

se alza, junto a la abandonada

casa, como una diminuta

música de violas, que los verdes

mustios apagan. Qué gemido

pulsa niñez de ayer en rizos yertos

de oro y breves pasos que, riendo,

se pierden por lo umbrío, en la arboleda.

Quizá lo más conmovedor de todo es el optimismo de la escritora. Ella tiene la claridad de no abandonarse a la tristeza porque algo del pasado comienza a destruirse y mucho menos evoca épocas ya idas para considerarlas superiores a los tiempos actuales, por el contrario, agradece lo que ve, acepta la belleza de lo que ha podido llegar hasta ella e inclusive celebra el modo en que esa figura fragmentada se ha integrado en la naturaleza:

Pero no: estás allí, aunque te guste

perderte para hallar la desusada

senda en que lo intocado hace su asilo

y surge el chorro de la fuente oculta.

Como estancias de versos bien medidos

corre el blancor del brazo, rota el ala.

Y en tu cántaro, intacto en su belleza,

sacian la sed los pájaros errantes.

De todos modos, lo más triste que uno puede hallar en un paseo no son las ruinas, quizá ellas son evidencia de una sociedad que tiene historia y no renuncia a ella. No olvidemos que Federico II de Prusia mandó a edificar ruinas en los jardines de su palacio de Sans Souci en Postdam, porque eso otorgaba un añejo sabor clásico a su paisaje. Lo que realmente entristece es contemplar cómo la arquitectura y el entorno se desfiguran con el gusto atroz de aquellos cuyos recursos les permiten reedificar casas… a su imagen y semejanza.

Es usual ver como algunas de esas construcciones de dos plantas, levantadas hacia 1920, son rescatadas del abandono, pero no para devolverles su imagen original, ni siquiera para refuncionalizarlas para necesidades actuales, sino que, además de pintarlas de colores chillones, se agrega a su terraza superior una balaustrada formada por torsos femeninos deformes; mientras el jardín se atiborra de enanos de yeso y flamencos de latón, como si Salvador Dalí hiciera una puesta en escena de Alicia en el país de las maravillas; las pilastras que custodian la verja de entrada tienen que ser rematadas con unos leones enanos y el conjunto es cercado con una especie de muralla, quizá rematada en alambrada, para otorgar al conjunto el sabor del bunker de un capo mexicano. Esos sí son los puntos enfermos de la ciudad, porque no aluden a la pobreza siempre coyuntural y remediable, sino a la soberbia de la ignorancia. Alguien dijo que cuando el arquitecto es bueno las ruinas son hermosas. Aquí ocurre justo lo contrario.

El calor me ha devuelto por fin a la casa. Como Casal y el mismísimo Baudelaire, además del calor y la fatiga, he llegado con una peculiar irritación nerviosa. Intento preparar una limonada y comienzo a escribir, no sin antes abrir el balcón a la poca brisa de la Avenida de Ayestarán y reconfortarme con estas líneas de la Zambrano:

La contemplación de las ruinas cura, purifica, ensancha el ánimo haciéndole abarcar la historia y sus vaivenes, como una inmensa tragedia sin autor. Las ruinas son en realidad una metáfora que ha alcanzado categoría de Tragedia sin autor. Su autor es simplemente el tiempo.

Y la tragedia brota de la esperanza en lucha exagerada con la fatal limitación del destino, de las circunstancias. La esperanza, lo más humano y divino al par de la vida del hombre, queda libre y al descubierto ya, liberada de sus luchas, en las ruinas. Es la trascendencia pura de la esperanza.

Ojalá tenga razón la pensadora malagueña, aunque Casal y Baudelaire no parezcan tan convencidos desde su sombra.

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