Raúl Milián en su pequeño espacio

El pintor singular.

Espacio mínimo es el título de la muestra del artista Raúl Milián (La Habana, 1914-1984) que el Museo Nacional de Bellas Artes ha ofrecido con motivo del centenario del natalicio de este enigmático creador. Se trata de un conjunto de tintas sobre papel que abarca desde los momentos iniciales de su labor plástica, en los años 50 del pasado siglo, hasta el decenio siguiente, estructurado en tres secciones: Figuraciones, Abstracciones y Flores.

Milián ha sido una figura incómoda para los críticos e historiadores del arte. El hecho de que René Portocarrero, con quien sostuvo una larga y compleja relación íntima, le orientara en los inicios de su labor pictórica, no significa que en la obra de Raúl haya huellas visibles de la estética del creador de Flora. Cercano para unos a la poética del grupo Los Once, centrada en el abstraccionismo, más próximo, según otros, al surgimiento en la isla de la “nueva figuración”, se hace muy difícil encajarle algún marbete o asociarlo con cualquier filiación gregaria. Se trata de un solitario que no atiende a programas ni manifiestos, alguien  que hace arte como una singular extensión de su filosofía o simplemente como ilustraciones marginales de esos apuntes con lo que llenó numerosos cuadernos.

A diferencia de Portocarrero, en su obra no hay literatura. No deja asidero para interpretaciones biográficas, ni históricas, ni parece alimentarse de la creación poética de los amigos que frecuentan su departamento. Lezama le dedicó un raro soneto en Dador  y él ofreció en 1951 una ilustración para la cubierta de Orígenes, pero la poética origenista nunca llegó a ganarlo como lo hiciera con el autor de los ángeles, las ciudades y las mujeres ornamentadas.

Según la tradición, cuando René acogió a Raúl en su espacio del edificio Carreño, este traía como casi único equipaje cuatrocientos libros de filosofía. Estos le acompañarían a lo largo de su existencia. Dejó constancia en sus apuntes de su continuo diálogo con los grandes filósofos. En uno de ellos afirma: “Según Marx cuando desaparezca el desequilibrio, cuando reine la armonía en el mundo en la consumación plena del comunismo, todos los hombres serán artistas”. Pero en la misma página anota: “Conviene meditar la concepción de Heidegger según la cual la obra de éxito es el resultado de la lucha entre el mundo y la tierra.”

Tal interés en el discurrir filosófico viene a acercarlo a un artista como Paul Klee, el creador germano-suizo para quien la labor reflexiva y teórica era tanto o más importante que el hecho concreto de pintar un cuadro. Ambos comparten esa impronta mágica que viene del hecho de que representar algo, una flor, un rostro, se convierte en un acto que llena de implicaciones al objeto, lo carga de subjetividad y le hace parte de un conjuro para resistir al tiempo y a la muerte.

Un espectador no preparado podría calificar las tintas de Milián como monótonas. Una y otra vez, durante años, vuelve sobre el girasol, sobre el florero, sobre el rostro anónimo y crispado, sobre esas abstracciones que nos remiten a horizontes desérticos o a figuras humanas degradadas hasta convertirse en sombras. Es un arte en el que la materia plástica parece hacerse filosofía o música, con la mínima gota de sensualidad posible, porque el creador tiene más del asceta estudioso que del Picasso ansioso de placeres.

En 1966 Alejo Carpentier escribió una página de interpretación de la obra de Raúl. La tituló Iluminaciones. Tal título deriva del contrapunto entre dos concepciones nacidas en pequeño formato: las ilustraciones de los libros de horas del Medioevo y lo visionarios poemas de Rimbaud. El novelista descubre la concentración, la elocuencia de un arte que deliberadamente elige un espacio restringido y un uso parco del color, para obligar a quien mira a encontrar la riqueza de sentido no en lo sobreabundante, sino en la sugerencia.

Porque el universo de Milián tiene sus monumentos, sus documentos y epitafios, así como tiene sus ejércitos lejanos, sus flotas misteriosas, sus andamiajes, máquinas y ruinas, dentro de un clima que a veces define el paso de sus estaciones por un ligero y siempre oportuno toque de color. Pero más fuerte resulta aún ese universo cuando el color existe sin existir; cuando es sugerido por las mismas calidades de las facturas; cuando nace de las infinitas graduaciones del blanco y del negro; cuando la tinta, bajo la mano del artista, se hace luz y se hace noche. “¿Un espacio de ese tipo puede ser mayor o menor?”.

Según cierta leyenda, Milián rechazaba hasta el extremo aparecer en público y cuando se decidió a exhibir una muestra de su obra fue Portocarrero quien debió encargarse de la curaduría y el montaje. Raúl sólo iba a la galería a altas horas de la noche, a vigilar la marcha de los trabajos. No sé si las cosas ocurrieron exactamente así, pero la anécdota nos permite discernir el contrapunto entre un artista diurno, extrovertido y hasta carnavalesco y otro nocturno, retraído, solitario hasta lo dramático.

Basta con contemplar los rostros que dibujó a inicios de los años 60 para comprender su obsesión con la incomunicación, asociada a su permanente cuestionamiento de la condición humana. En esas caras lo individual se pierde, se deforma en muecas, en borrones, se diluye en manchas de tinta. Así solo puede mirar un filósofo cínico o el superviviente de una catástrofe. Raúl era ambas cosas.

Espacio mínimo viene a devolvernos demasiadas interrogantes sobre este autor que no acaba de insertarse de manera coherente en la historia de la plástica cubana, porque ni parece totalmente un pintor, ni buscó lo cubano en el asunto, ni en el color, ni en las estrategias para comunicarse con sus compatriotas. Milián es para nosotros una especie de William Blake. En ambos las visiones del infierno o del paraíso son complementarias de la fragmentaria escritura de un sistema que se erige como sagrado.

Cuando alguien nos recuerda que fue Raúl quien diseñó la cubierta para la primera edición en Cuba de los relatos de Kafka, sin duda nos ofrece un dato valioso. Eso nos ayuda a verificar una secreta sintonía con el mundo cerrado y absurdo del autor de El Castillo, sin embargo, creo que él hubiera preferido encontrar su verdad en los diarios de Kierkegaard o en los aforismos de Novalis. Cuando se privó de la vida el 16 de abril de 1984 llevó consigo demasiados secretos. Fue un hombre sin más religión que el discurrir filosófico. Sus tintas procuran explicar ese drama y lo prolongan.  (2014).

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