Ricardo Porro, edificar la utopía

Más sobre un maestro de la arquitectura cubana.

El pasado 25 de diciembre falleció en París el arquitecto cubano Ricardo Porro. La noticia no tuvo demasiado relieve en el ámbito informativo insular, a pesar de que el intelectual había sido el coordinador del singular proyecto para las Escuelas de Arte en Cubanacán, y autor de las monumentales cúpulas destinadas a la enseñanza de las artes plásticas, auténticos íconos de la arquitectura postrevolucionaria cubana. Había nacido en Camagüey en 1925. Residía en la Ciudad del Sena desde 1966.

Porro mostró un interés particular en recibir una formación profesional rigurosa. No le bastó con obtener el diploma de arquitecto en la Universidad habanera. Realizaría estudios complementarios en la Sorbona y en el Instituto de Urbanismo de París, antes de dirigirse a la Escuela del CIAM en Italia donde sentaban cátedra importantes teóricos de movimiento moderno como el arquitecto y crítico de arte Bruno Zevi (1918-2000), divulgador en la nación latina de los preceptos de Frank Lloyd Wright, así como el constructor, restaurador y diseñador Franco Albini (1905-1977) cuya personal interpretación del racionalismo en la remodelación del Palacio Rosso de Génova, a partir de 1945, influyó apreciablemente en su discípulo cubano.

Cuando Ricardo retorna a La Habana en 1950, la ciudad inicia una década de crecimiento urbanístico. Especialmente a partir del golpe de estado de Fulgencio Batista en 1952 se emprende un amplio plan de obras públicas: ministerios, edificios de oficinas, hoteles, surgen a la luz en breve plazo. La ciudad moderna amenaza con hacer desaparecer las viejas construcciones coloniales y republicanas. Simultáneamente, una burguesía próspera levanta residencias en nuevas urbanizaciones e invierte en monumentales edificios de apartamentos en El Vedado. La demanda de arquitectos es importante pero la competencia es extremadamente fuerte. Los encargos públicos están copados por firmas tradicionales como Govantes y Cabarrocas o Moenck y Quintana, que tienen ya varias décadas de ejecutoria, seguidas por otras más nuevas como la voraz contratista Albarrán y Bibal S.A, conducida por el catedrático universitario Eugenio Albarrán Varela, muy poderosa gracias a sus vínculos con el gobierno. Por su parte, varios talentosos jóvenes, como Frank Martínez y Nicolás Quintana pretenden abrir paso para sus nuevas concepciones.

A pesar de todos los obstáculos, Porro logra en muy breve plazo si no jugosos contratos oficiales, sí encargos de residencias particulares. Él, que sueña con un aporte semejante a la “casa de la cascada” de Wright, logra dejar su impronta en proyectos más modestos pero con un sello de originalidad como Villa Ennis (1953) y la Casa Abad-Villegas (1954).

Sin embargo, a mediados de la década, el camagüeyano decide trasladarse a Caracas, cuya Facultad de Arquitectura, inaugurada en 1954, lo admite como profesor. Venezuela está usufructuando los dividendos del boom petrolero, particularmente la capital vive en medio de una fiebre urbanizadora nada racional, casi todo lo antiguo es demolido para levantar plazas y edificios monumentales que satisfacen la egolatría del dictador Pérez Jiménez y los gustos de una burguesía advenediza. Gracias a su amistad con Carlos Raúl Villanueva (1900-1975), el mayor de los arquitectos venezolanos del siglo XX, con quien había coincidido en sus días de estudiante en París, puede seguir de cerca las obras de la Ciudad Universitaria, en la que el pintor cubano Wifredo Lam realiza uno de los murales.

En 1959 el arquitecto, como muchísimos compatriotas que había emigrado a Caracas, retorna a Cuba. Le aguarda un proyecto por el que se le recordará definitivamente en la cultura cubana: las Escuelas de Arte de Cubanacán. El movimiento revolucionario interviene el Country Club, una sociedad que agrupaba en su seno a poderosos jerarcas del azúcar, las finanzas, los negocios inmobiliarios y hombres de negocios norteamericanos. Además de la casa club, contaba con un extenso y bien cuidado campo de golf. La decisión de las nuevas autoridades es destinar la propiedad a la enseñanza del arte.

Encargado de coordinar el proyecto, Porro hace venir de Caracas a los arquitectos italianos Vittorio Garatti y Roberto Gottardi. La manera en que aquellas obras se realizan asombra hoy porque, más que una concepción racional tiene algo de realismo mágico. Porro logra que le concedan libertad absoluta para realizar lo que conciba, con presupuesto ilimitado e incluso, se faculta a cada arquitecto para que escoja el emplazamiento exacto donde desea construir el edificio que le corresponde. Así, mientras Garatti se ocupa de la Escuela de Danza y Gottardi emprende su desmesurada Academia de Artes Dramáticas, Porro se reserva la Escuela de Artes Plásticas: las monumentales cúpulas que asienta sobre el césped del campo de golf harán la admiración de unos y el escándalo de otros.

Todavía hoy nos resulta asombrosa la labor de aquellos arquitectos. Hay que señalar que la casa central del club había sido concebida por un notable arquitecto cubano, Eugenio Batista, en el llamado estilo neocolonial, que unía la funcionalidad moderna con elementos tomados de la arquitectura colonial: empleo de la piedra de cantería, portales y lucetas para iluminar los interiores, techos con acabado en tejas. El resultado había sido notable y ese inmueble sería empleado como centro de la nueva institución docente. Lo racional hubiera sido que los nuevos edificios se integraran a ese estilo que había demostrado su eficacia en la geografía cubana o, al menos, armonizaran con él.

Se hizo justamente lo contrario: todos ignoraron ese referente o quizá lo trataron como un símbolo del pasado abolido y prefirieron colocar cada uno el edificio de sus sueños en el rincón de paisaje que escogieron, aunque el conjunto fuera definitivamente inarmónico. Las cúpulas de Porro, una especie de síntesis de Wright, Zevi y Albini, eran heraldos de la construcción de una utopía, tanto como aquella Casa de Cultura de Velazco que por aquellos mismos años comenzaba a edificar el norteamericano Walter Betancourt en el oriente cubano: ni compromisos con el pasado, ni limitaciones para el delirio, se trataba de hacer carne los sueños. Y ahí están todavía esos edificios de planta circular y ladrillos a la vista, con laberintos interiores, como naves alienígenas en una pradera.

Mas la libertad con que comenzaron las obras en 1961 no era la misma un lustro después. Los flujos de presupuesto se hicieron irregulares y acabaron por casi extinguirse. A la altura de 1965 ya se alzaban voces contra aquellas obras interminables. Para unos se trataba de algo así como un capricho burgués, para otros eran una aberración artística, en tanto la arquitectura del campo socialista europeo, basada en teorías estéticas todavía marcadas por el estalinismo parecía haber sido radicalmente ignorada en estas labores.

El arquitecto sufre en su carne el gradual estrechamiento de las libertades artísticas que habían florecido a inicios de la década. La dirección cultural va quedando marcada por dogmatismos y actitudes harto provincianas. Hay una foto en la que Porro aparece en una fiesta en casa del poeta José Lezama Lima, se le puede identificar junto a Virgilio Piñera, Antón Arrufat, José Triana. Muy pronto todos ellos sufrirían los embates de una política que veía como sospechosos a los principales creadores. Cierta élite cultural decide encerrarse en sus casas o marcharse del país y Ricardo opta por lo segundo. En 1966 retorna a París, donde emplazará su residencia definitiva. Los proyectos de Cubanacán quedan abandonados por décadas y su artífice es considerado por un plazo semejante como un enemigo ideológico, se llega a afirmar que ha sustraído los planos de las obras para hacer daño al gobierno, hasta que, un decenio después, estos son hallados, traspapelados en un closet.

Apenas llegado a Europa, distintas escuelas de arquitectura francesas reclaman sus servicios, antes de que su labor docente se extienda a Berlín, New York y hasta Tel Aviv, pero lo más importante es que el Porro creador no se ha agotado con las contrariedades, ni se ha vuelto conservador. El editor, coleccionista y mecenas Robert Altmann, quien había residido en Cuba en los años 40 y era amigo de Lezama, le propicia un encargo notable, la construcción del centro El Oro del Rhin en Vaduz, capital de Liechtenstein. Otros encargos vendrán desde diversas partes del mundo, desde Yugoslavia hasta el exótico Irán, donde ejecuta la villa Jardín del Paraíso en 1975.

La trágica muerte de su hijo de 16 años por esas fechas, víctima de la leucemia, lo afecta seriamente, pero no detiene su carrera creativa. En la propia Francia su nombre es cada vez más reconocido y accede a grandes encargos como la Escuela de Danza de la Ópera de París en 1983 y dos años después, la ampliación del Hotel de Ville en Saint Denis. A partir de 1986 tuvo su propia agencia de arquitectura en París.

A la altura del nuevo siglo, Ricardo Porro sería una figura ampliamente establecida y llena de reconocimientos. Ostentaría la Legión de Honor y sería Comendador de la Orden de las Artes y las Letras. Más de 20 proyectos realizados en Francia llevaban su firma, sin embargo, la historia de las escuelas de arte seguía siendo leyenda, hasta el punto de que el director de escena, dramaturgo y escenógrafo norteamericano Robert Wilson, autor de la ópera minimalista Einstein en la playa, decidió recordar su inicial vocación de arquitecto para concebir en 2009 otra ópera cuyo argumento mostraba a Porro en medio de las contradicciones para edificar las escuelas de Cubanacán. Todavía más, en fecha tan cercana como 2012, el Presidente de la República de Italia concedió al cubano el Premio Vittorio de Sica de Arquitectura…por su trabajo con Gottardi y Garatti. También retornaría a la isla y recibiría homenajes oficiales. En 2007 se acometió un proyecto para la restauración de aquellos legendarios edificios aunque permanecerían definitivamente inconclusos.

Al morir hace pocos días, Ricardo Porro era ya uno de los arquitectos cubanos de más extensa ejecutoria y reconocimiento fuera de su patria. Tanto lo que realizó como lo que soñó lo sitúan más en el terreno del arte que en el de los constructores pragmáticos. Su obra continúa siendo un desafío. (2014)

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