Se apagan alegrías en la radio cubana

La despedida de un viejo amigo.

Grabación de uno de los programas.

Foto: Tomada de Radio Progreso

“Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío”.

Alberto Cortés

 

Valdría la pena investigar el impacto emocional provocado, en un sector de la sociedad cubana, por la despedida del programa radial “Alegrías de sobremesa”. Nos imaginamos cómo, de la misma manera que sentimos muy adentro la partida de un amigo entrañable, así deberán estar las personas que durante medio siglo esperaron, cada día en su hogar, la visita de esos personajes que ya eran parte de la familia.

Los recuerdos más antiguos que conservamos de “Alegrías de sobremesa” son de la década de 1960 y están mezclados con otros menos amables. Estábamos en el Servicio Militar Obligatorio en una barraca cuartelaria, con los olores y dolores de nuestros cuerpos, molidos por el cansancio de las duras jornadas, pero algunas veces podíamos escuchar la radio. Teníamos señalada preferencia por varios programas. El primero de todos era “Nocturno”. Sin discusión. Después estaban el de Vicentico Valdés, el de Los Cinco Latinos, y “Alegrías de sobremesa”.

En aquellos primeros tiempos de “Alegrías…” el personaje más atractivo, en nuestro círculo juvenil-militar, era Rufino el encargado, interpretado por José Antonio Rivero. Constantemente copiábamos sus dicharachos, sus frases; de manera que esas expresiones –las de Rufino y otras–, que venían del lenguaje popular, adquirían mayor presencia al reincorporarse en el mismo, gracias al carisma de los personajes.

No es nada nuevo decir que justamente ese buen oficio para utilizar las narrativas populares fue una de las claves del éxito cosechado por Alberto Luberta durante tantos años con sus libretos radiales. La fórmula parece simple y está probada por el periodismo y la literatura de costumbres desde su plenitud acá en el siglo xix, pero integrar de manera coherente lenguaje popular y sociedad, hacerlo orgánico en el cuerpo de los personajes sin traspasar la frontera hacia la vulgaridad y la chabacanería es harina de otro costal. Eso lo han logrado pocos.

En la expresión de esos programas, en esos cuadros de costumbres, no faltaba la parodia, la ironía, la mirada oblicua, el doble sentido, los diferentes colores del humor en la representación de las situaciones. Como la vida misma.

Claro que Luberta estuvo siempre con los sentidos alertas al color y el sabor de la calle, pero eso no es suficiente. Además de procesar toda esa información es preciso estudiar las fuentes escritas, como le dijo al periodista Mario Vizcaíno poco tiempo antes de morir: “Yo leo mucho. Yo leo una novela y quizás veo una situacioncita que me sirve para hacer un libreto cómico. Y veo mucho también. A veces voy con mi mujer y le pregunto: ˋ¿Viste eso?ˊ, y me dice: ˋNo, ¿qué cosa?ˊ Y no lo vio delante de sus ojos”.¹

Luberta llevó a sus libretos con mucho acierto la representación de costumbres, tipos y figuras que existían en la vida cotidiana, pero la construcción orgánica del personaje necesita el soporte actoral. Y eso no faltó en “Alegrías…” Resulta difícil encontrar otro espacio –radial o televisivo– que haya contado con una cantidad de talento tal como la que colmó ese programa. La lista es abultada, enorme, y enumerarla siempre conlleva el riesgo de las omisiones.

Cuando la televisión ha llevado hasta nosotros alguna escena de “Alegrías…” y vemos a esos actores y a esas actrices leyendo-actuando ante un micrófono, nos preguntamos cómo pueden ser tan buenos, tan profesionales, que al escucharlos en la radio nos sentimos transportados hacia ese edificio imaginario donde han vivido Rita, Paco, Alejito, Teté, Chacho, Melesio, Perfecto Carrasquillo, Rufino, Florito, Estelvina, Sandalio, y tantos otros.

Durante 52 años ellos tendieron un puente hacia nuestros hogares, hicieron el milagro de reunir a la familia completa en torno a la radio. Una proeza en la época donde la televisión es reina.

En los días previos al 1ro de julio –última fecha en que salió al aire–, oíamos cada noche, al otro lado de nuestra calle, las voces inconfundibles que identifican a “Alegrías…” y apenas hoy supimos quien lo sintonizaba. Se trata de un octogenario que lo ha seguido a través de los tiempos y no se quiso perder ninguna de las emisiones finales. Con mucho acierto, esa persona se pregunta por qué no vuelven a transmitirse los programas, desde los primeros hacia acá. ¿Quién duda que es una excelente idea? Así continuamos riendo otros 52 años. (2017)

¹Mario Vizcaíno Serrat: “Luberta, un toro del humor”, en Palabra Nueva, no 270, mayo 2017, pp. 69-74.

Un comentario

  1. Mercedes Eleine Gonzalez

    Ha sido muy triste ver desaparecer ese programa que es emblemático para todos los cubanos de varias generaciones. Al menos para la mía, nacida casi a finales de los cincuenta, recordamos con verdadero amor ese programa que se escuchaba en todos los hogares cubanos, lo mismo el programa de la noche que la reposición al mediodía. Dolor de pérdida.

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