Teresita Fernández, violetas en una palangana vieja

Una artista inclasificable e imprescindible.

Cuando recibí hace pocos días la noticia del fallecimiento de Teresita Fernández (Santa Clara, 1930- La Habana, 2013) intenté recordar cuándo me había encontrado con ella por primera vez. Inmediatamente vino a mi memoria un domingo, muy a inicios de la década del 70 del pasado siglo, cuando la trovadora, enfundada en su infaltable sudadera negra, llenara con su voz las naves del templo camagüeyano de Nuestra Señora de la Merced, entonando una plegaria que conmovió a los asistentes, a pesar de que la inhábil ejecutante del órgano parecía intentar apagar aquel canto con un sonido semejante a rugidos de leones. Todavía me parece verla salir del templo por una de las puertas laterales, con un aire más bien serio y su guitarra en ristre.

En la carrera de esta artista se produjeron una serie de síntesis muy felices. La educación musical que recibió en su natal Santa Clara, si bien no fue extensa ni puntillosa vino a desarrollar al menos dos aristas importantes de su estética: la estrecha relación con la guitarra y el valor que siempre otorgó a la pedagogía como entrega gozosa de dones al prójimo.

Esa maestra que llega a La Habana con 29 años estaba muy segura de lo que quería hacer. Bastó que le propiciaran su debut en la Sala Arlequín del Retiro Médico para que muchos – desde las Hermanas Martí hasta Sindo Garay- supieran que estaban ante un inesperado hallazgo. Rápidamente se impuso en una ciudad que por entonces vivía uno de los más interesantes momentos culturales del siglo XX.

Por entonces, ella era ya todo lo contrario a una estrella de televisión: sin lentejuelas, sin glamour, retomaba la vieja tradición trovadoresca, enriquecida con las libertades del filin y buenas dosis de lectura y creación poética. Además, aunque sabía de canto, no tenía pretensiones de virtuosa. Eso debió ganarle la simpatía de Bola de Nieve cuando se decidió a llevarla al restaurante Monseigneur, para que alternara con él en la animación musical. Para ella era también válida la definición de Ignacio Villa: “Yo canto con voz de persona”.

En un medio muchas veces parco para estimular a los inician su carrera pública, la muchacha pudo imponerse a base de sencillez e intuición. Lo mismo pudo actuar en el Lyceum que en el cabaret Copa Room del Hotel Riviera, en el teatro Mella o en la Casa de las Américas. Sin embargo su sitio de elección fue el club subterráneo El Coctel en la Rampa. Allí encontró su ambiente: guitarra, versos, confesiones, un grupo selecto de admiradores que la siguen noche a noche. La prensa va a elogiarla, baste con recordar “¿Y tú ya oíste cantar a Teresita?” publicado en Revolución el 20 de septiembre de 1965 o el artículo de la veterana periodista Mariblanca Sabás Alomá: “Canta Teresita los bellos poemas de Gabriela Mistral” aparecido en El Mundo el año siguiente.

Algunas de sus canciones tuvieron una fortuna singular. Una baladista que apenas recordamos hoy, pero que por entonces provocaba delirios, Luisa María Güell, hizo una creación muy personal de una pieza suya “Cuando el sol” y esta se difundió de tal manera que puedo recordar cuando me la enseñaron como canto religioso en la catequesis infantil en la parroquia principeña de La Soledad.
 Sin embargo, no todo era miel sobre hojuelas para ella. Su franqueza, casi brutal a veces, molestaba a algunos funcionarios, tanto como su incapacidad para repetir consignas, su amplitud del concepto amistad que no miraba las preferencias particulares de cada uno y su explícita adhesión al cristianismo – aunque esta fuera como ella, libre y no demasiado ortodoxa-. En los años “grises” que vinieron después, si bien no fue “parametrada” muchas veces se le hizo a un lado sin muchas contemplaciones y lo mismo se le cerraron ciertas opciones en la televisión, que posibles viajes al extranjero. Eso la ubicó habitualmente fuera de la cultura oficial, como una figura underground seguida por un conjunto de fieles, a la que se redescubría una y otra vez, hasta que llegaron los grandes y merecidos homenajes, por fin, en las últimas décadas de su existencia.

Si se preguntara a la mayoría de las personas en Cuba quién es Teresita, responderían sin titubar que es la autora de Mi gatico Vinagrito. Su cancionero para los niños es la más divulgada de sus facetas creativas. A veces eso nos parece injusto si pensamos en el valor de sus composiciones para adultos, generalmente preteridas: “Con inmensa ansiedad”, “No puede haber soledad” o “Si es mi destino”. Sin embargo, es preciso tener en cuenta que ella es una de las escasas figuras que logró crear sostenidamente para la infancia, sin ñoñería ni didactismos epidérmicos y que sus piezas no solo tenían melodías inolvidables sino que estaban repletas de reflexiones trascendentes: la aceptación del otro, la preservación de la fauna, el peligro de fiarse de las apariencias, el elogio de la auténtica sabiduría, estuvieron entre sus temas habituales, y resultaron muchas veces proféticas de algunas campañas y reivindicaciones muy posteriores.

A mi parecer solo hay dos creadoras en América a las que podría aproximarse Teresita Fernández: la chilena Violeta Parra y la argentina María Elena Walsh. A la primera la unieron el desenfado vital, esa capacidad de vivir peregrina y desinstalada, siempre atenta a las raíces populares de su arte y a la segunda, la dignidad que otorgó al hecho de crear para los niños, a los que jamás subestimó.

Aunque a partir de ahora sea inevitable evaluarla solo como la compositora de un gran manojo de canciones, a lo largo de su vida colaboró en proyectos muy fecundos: baste con recordar aquel programa televisivo Mis amigos en el que ella aparecía junto al grupo de guiñol de Los Camejo, antes de irse al Parque Lenin junto al narrador oral Francisco Garzón Céspedes y el titiritero Pedro Valdés Piña, para celebrar aquella Peña de Los Juglares que fue una de las opciones culturales dominicales más selectas de La Habana durante varios años. ¿Quién recuerda hoy que ella compuso y grabó la partitura del ballet La Cucarachita Martina, coreografiado por Norma García para el Ballet de Camagüey, que hoy duerme su olvido en algún archivo en espera de ser grabada en disco?

La Fernández fue ante todo una artista inclasificable, que encontró en ciertos momentos compañeros de ruta en los fundadores del Movimiento de la Nueva Trova –no olvidemos que ella acogió al joven Silvio Rodríguez en su espacio de El Coctel- y que tuvo algún discípulo en los músicos de la generación siguiente, baste con recordar a Liuba María Hevia. Sin embargo con ella se nos va su singular sentido ecuménico del arte, su particular sintonía con la poesía universal –díganlo José Martí y Gabriela Mistral cuyos versos musicalizó de manera tan original- y un sentido juglaresco que la salvó siempre de las poses de diva.

Otro recuerdo me sirve para cerrar esta página. En uno de los años más dolorosos del Período Especial asistí en la Catedral Episcopal del Vedado a un acto por el Día de la Cultura Nacional. Un apagón, que no podía llamarse inesperado, amenazó con arruinar la ceremonia, ella la salvó con su guitarra. Nunca olvidaré a tantos pastores y pastoras, cabezas de diversas iglesias cristianas, entonando bajo las oscuras bóvedas, la pegajosa melodía de Mi gatico Vinagrito y Lo feo aquella canción que parecía anunciar tiempos mejores:

En una palangana vieja
sembré violetas para ti
y estando cerca del río
en un caracol vacío
cogí un lucero para ti.

A las cosas que son feas
ponles un poco de amor
y verás que la tristeza
va cambiando de color.
(2013)

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