Tomados de la mano de Teresita Fernández

Recibió mucho menos de lo que dio.

Ya está Teresita Fernández en el sitio eterno de los duendes, cantando y danzando con los ángeles, mientras nosotros, consternados, tenemos el consuelo de escuchar sus canciones, las que siempre podremos evocar por el sonido del viento, por el olor de la lluvia, o simplemente, “si por el día con alegría/ el sol de oro vemos salir”.

    Si la dimensión de un artista está en relación directa con la cantidad de alegría que proporciona, ¿quién puede igualar a Teresita? Sus canciones llenaron de júbilo a varias generaciones de cubanos; ellas nos enseñaron que la belleza está en todas partes, hasta en una palangana vieja si la sabemos cultivar.

    La vida artística de Teresita Fernández (Santa Clara, 1930-La Habana, 2013) fue enormemente rica y diversa y estuvo llena de escollos, incomprensiones, injusticias. Su originalidad, desenfado, irreverencia, religiosidad, no se ajustaban a moldes y parámetros impuestos desde los poderes y mucho la dañaron. Un repaso a esa historia de vida permite ver en cuántas ocasiones le dinamitaron el camino.¹

    Teresita pudo haber hecho una brillante carrera en la enseñanza –y a su manera la hizo– porque se graduó de doctora en Pedagogía en 1959 y obtuvo una cátedra para impartir música, solfeo y coro en la Escuela Normal de Maestros de Santa Clara, la misma que había ejercido su madre, pero su vocación artística la empujó en otra dirección: “le llevé a mi mamá el título de Maestra Normalista y el de profesora de piano y le devolví su  cátedra y le dije: ˋahora quiero ser lo que me gusta, trovadora´”.

    También hubiera sentado cátedra en la televisión–y por breve tiempo lo demostró– porque entró en el medio de la mano de Los Camejo, en el programa infantil Los amigos, en 1960 y después fundó La casita de azúcar, espacios inolvidables para los niños de la época, en los cuales Teresita cantó, animó, trabajó con títeres, dirigió y compuso música, hasta que le suprimieron la alegría, a ella y a los niños: “Carlos Franqui me votó de la televisión, del canal cuatro, que era por donde salía La casita de azúcar. Yo soy católica y parece que eso no le gustó”.

    Tampoco pudo ser más rotunda su entrada profesional al universo de la canción: su primer recital, en 1965, en la habanera sala Arlequín, fue presentado por Fina García-Marruz y presenciado por Sindo Garay y Bola de Nieve, quien, cautivado, la invitó a compartir escenario en el “Chez Bola” del restaurante Monseigneur, donde debutó un mes más tarde.

    Treinta días después, en el periódico Revolución, apareció este comentario: “…desde la reapertura del Monseigneur-Chez Bola, sin saberse cómo, la pregunta se intercala en todas las conversaciones: –¿Y tú, ya oíste cantar a Teresita?; si el interrogado contesta que no, le responderán: –Pues tienes que oírla ¡es maravillosa! Requerimientos entusiasta de esta índole se suceden cotidianamente, desde que Teresita, con la milagrosa ternura de sus canciones […] fue presentada a los asistentes del suntuoso restaurante de 21 y O. Allí […] deja oír su voz limpia y cálida que no se queda en el recinto, sino que sale a pasearse por La Habana, esparciéndose en el aire de la ciudad, hasta resonar en los oídos de sus admiradores, que forman ya una exaltada legión”.

    Pero igual de efímera fue la etapa del Monseigneur. Así lo explicó Teresita: “No dejé Monseigneur, me botaron. Quien administraba el restaurante me llamó un día para decirme: ˋTenemos que sacarla porque Bola ya no la quiere´. Pienso que el propio público contribuyó a eso, porque recuerdo una noche que llegó Enrique Santiesteban y preguntó: ˋ¿Quién canta hoy?´ Y como a mí no me tocaba esa noche, se fue. No porque yo fuera mejor que Bola, porque él era lo más grande, sino por la novedad. Y así ocurrió otras veces. También en aquel tiempo Bola viajaba mucho y ahora que he podido vivir esa experiencia sé lo que le espera a la gente que sale del país, porque se forma un cúmulo de bajas pasiones y de pirañas […]. Bola era muy generoso con sus amigos y había gente en el trabajo que pensaba que yo me beneficiaba con sus regalos. Eso suscitó envidias y me hicieron la vida tan imposible que recurrieron a la infamia. Bola no participó directamente en aquella despedida, pero sí me dolió porque yo todavía lo quiero mucho”.

    Sin embargo, a unos pocos metros del lujoso restaurante, la trovadora encontró un sitio y lo hizo propio. Sin el glamour del Monseigneur, pero dotado de gran encanto, El coctel, en 23 y N, era una tertulia abierta a la poesía, la canción y la amistad, con una anfitriona impar que no interpretaba las canciones habituales de los clubes, sino sus propias composiciones: desde un poema musicalizado hasta una canción para niños.

    Ser la animadora de un club situado en el centro mismo de La Rampa en sus años de mayor ebullición contribuyó a dimensionar la fama de Teresita Fernández, la cual siguió creciendo, en esa segunda mitad de los sesenta, alimentada por sus presentaciones en múltiples escenarios de legitimación. Aunque ningún prestigio artístico fue suficiente para contrarrestar la catástrofe que tomó cuerpo en la década siguiente, pero que ya se asomaba a finales de los sesenta, como relata la propia trovadora: “Sólo habían transcurrido unos días, después de mi abandono de El Coctel, cuando cerraron todos los cabarets y centros nocturnos de la capital y me mandaron para el Cordón de La Habana a sembrar café”.

    En el capítulo siguiente llegó la oscuridad que cubrió la política cultural de la isla en los setenta; ese manto negro acalló la voz de Teresita durante cuatro años. Su reaparición pública, en octubre de 1974, abrió una nueva página en su leyenda: la Peña del Parque Lenin, otro espacio mágico donde permaneció hasta 1991, un sitio al sur de La Habana al que asistían, los domingos, personas de todas las edades y profesiones para intercambiar poemas, canciones, conversaciones, relatos de vida.

    A partir de los ochenta, Teresita Fernández viajó por América y Europa, recibió homenajes y premios importantes, publicó una parte de sus canciones y de sus poemas y afianzó su popularidad en el mundo de la canción infantil, donde la encasillaron, olvidando un poco todo lo otro que había hecho.

    Porque si bien es cierto que sus creaciones para niños gozan de la más alta estima desde hace muchos años y que algunos personajes de esas canciones –como el gato Vinagrito– han alcanzado la categoría de iconos, la obra de Teresita Fernández debe valorarse atendiendo a la contribución realizada a la cultura cubana en el último medio siglo, sin desestimar sus aportes diversos, sin ignorar tampoco que recibió mucho menos de lo que nos dio (2013)

¹Al respecto, véase: Alicia Elizundia Ramírez: Yo soy una maestra que canta, editorial Unión, La Habana, 2001, libro donde Teresita Fernández cuenta sus memorias. Todas las citas a continuación proceden de allí.

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