Un teatro para Alicia Alonso

Marcado por el nombre de la célebre danzarina, la emblemática instalación inicia una nueva época.

El Gran Teatro de La Habana reabrió sus puertas tras un largo período dedicado a su restauración. Por acuerdo del Consejo de Estado de la República ha sido denominado Alicia Alonso. Si bien se tuvo en cuenta para ello que se trata de la mayor figura artística de alcance internacional que ha actuado en su escenario de forma estable por más de medio siglo, también influyó de manera decisiva la labor de la danzarina a favor de su conservación y engrandecimiento.

La carrera artística de Alicia Alonso y, con ella, el surgimiento del ballet cubano, tuvieron lugar en otro espacio escénico, el Teatro Auditorium, perteneciente a la sociedad Pro Arte Musical. El coliseo de la calle Calzada acogió su debut escénico, los primeros montajes en que participó de la mano del maestro Nicolás Yavorski y cuando ya desarrollaba su labor profesional en los Estados Unidos, retornó a él muchas veces para participar en los Festivales de Danza que organizaba su cuñado Alberto Alonso. Allí encarnó por primera vez entre nosotros a algunos de sus personajes memorables como Odette y Giselle. No es extraño pues, que cuando fundara el Ballet Alicia Alonso, en 1948, este tuviera su sede habitual en aquel escenario aunque se trasladara con frecuencia a otros teatros del país o a grandes espacios abiertos para ofrecer funciones populares.

Cuando tras el triunfo revolucionario se reorganizó la compañía, con el nombre de Ballet Nacional de Cuba, su sede sería de nuevo el Auditorium y el edificio anexo donde radican hasta la fecha los salones de ensayo de la compañía. Allí nacerían los Festivales Internacionales de Ballet y se mostraría una importante labor coreográfica hasta 1965.

A la altura del año citado, la dirección de la troupe se encontró con un problema práctico, en tanto el Auditorium – ya rebautizado con el nombre del compositor Amadeo Roldán- era sede también de las actuaciones de la Orquesta Sinfónica Nacional, así como de conciertos de diversos solistas y agrupaciones del patio o visitantes, sin olvidar los nacientes festivales de artistas aficionados. De ahí que se pensara en el antiguo Teatro Nacional, que había cambiado primero su nombre en 1959 por el de Teatro Estrada Palma y un par de años después se denominaría García Lorca. Esta nueva sede permitiría no solo ofrecer funciones con un amplio auditorio popular, sino disponer de ella para presentaciones y ensayos casi todo el año. Muy pronto el teatro de Prado y San Rafael quedó caracterizado esencialmente como el templo del ballet en La Habana, aunque por su escenario pasaran eventualmente otros espectáculos.

Tal decisión de Alicia Alonso y las autoridades del entonces Consejo Nacional de Cultura significó en lo esencial el rescate y dignificación de un antiguo espacio teatral que había conocido tiempos de grandeza y decadencia. Inaugurado el 28 de febrero de 1838 con el nombre de Teatro Tacón, se convirtió en el principal de los teatros cubano. La gran burguesía criolla y los funcionarios peninsulares aplaudieron allí a las principales estrellas del drama, la ópera y la danza de su tiempo, desde la actriz Adelaida Ristori hasta la soprano Marieta Gazzaniga.

También allí se desarrollaría por primera vez un espectáculo de ballet. La austríaca Fanny Elssler, una de las principales estrellas de la danza romántica, ofrecería dos temporadas entre 1841 y 1842, con lo que convertiría a Cuba en el primer país de América hispana en que se conociera el repertorio del ballet “blanco” ejecutado por una sus más notables intérpretes. En 1849 la Compañía de los Ravel – mezcla de bailarines y volatineros – iba a estrenar en aquella escena una versión íntegra de Giselle, apenas ocho años después de su primera función parisina.

La institución pudo hacer frente a numerosas crisis económicas y a las guerras de independencia. Todavía en 1898, en los días en que España traspasaba la isla al poder de Estados Unidos por el Tratado de París, una burguesía que parecía indiferente aclamaba a la Compañía de María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza y regalaba a la actriz un collar de perlas y diamantes, con un valor de 25000 pesos y una corona de oro con 16 brillantes.

Sin embargo, el inicio del siglo XX, con la primera experiencia republicana, no fue tan favorable para el Tacón. En 1905 el presidente Estrada Palma se negó a que el Estado adquiriera el inmueble y  permitió que pasara a manos del Centro Gallego. Paradójicamente, cuando abrió sus puertas el nuevo edificio llevaba el nombre de Teatro Nacional.

El suntuoso edificio proyectado por Paul Belau, conservó la vieja sala teatral, pero engarzada en un conjunto de sorprendente barroquismo que se convertiría en imagen de referencia en la trama urbanística habanera. El nuevo teatro fue inaugurado el 22 de abril de 1915 con una función de la ópera Aida.

Pronto aquel espacio ganó nuevo prestigio, baste con recordar las célebres presentaciones allí de la bailarina española Antonia Mercé “La Argentina” en 1917 y apenas tres días más tarde, la primera de las tres temporadas de la legendaria Anna Pávlova que haría disfrutar al público habanero de las principales obras de su repertorio, incluido su solo La muerte del cisne. Si bien es preciso recordar las grandes temporadas de ópera organizadas allí por varios años por el empresario Adolfo Bracale, que trajeron a la isla estrellas del bel canto como Enrico Caruso, Hipólito Lázaro y GabriellaBezanzoni. No hay que olvidar que el lugar también fue sede de la Orquesta Filarmónica de La Habana desde su fundación en 1934 y hasta 1937.

Desde el punto de vista danzario, el Teatro Nacional sirvió de marco para las actuaciones en Cuba de figuras claves de la danza española: desde Encarnación López “La Argentinita” y Pilar López, en 1936, pasando por Carmen Amaya, Rosita Segovia, Ana María y en 1955 la sensacional presencia de Vicente Escudero “el Faraón de los bailarines flamencos”. No deben olvidarse tampoco las presentaciones en 1941 del Original Ballet Ruso del Coronel de Basil. El Ballet Alicia Alonso realizó allí varias funciones en los meses de marzo y abril de 1950, después de su gira por América Latina. Estas presentaciones incluían pasajes de los ballets Don Quijote y Cascanueces, interpretados por Alicia y los estrenos mundiales de: Fiesta de Enrique Martínez y Ensayo sinfónico de Alicia Alonso.

La creación del Auditorium fue desplazando del Nacional las principales temporadas de conciertos, ópera y ballet. La creciente crisis de los grandes teatros acabó por colocar al viejo escenario en un segundo orden y se hacía difícil para los empresarios llenar su sala, de ahí que en los años 50 entrara en un largo declive y se le arrendara como sala cinematográfica. Una muestra de ese venir a menos fue la pérdida de una parte de su gran vestíbulo, destinada a otras funciones y que ha sido restituida en esta última restauración. Ya en 1959 ni siquiera tenía el título de Nacional, pues este fue transferido al nuevo teatro que se construía en la Plaza Cívica.

La presencia estable allí del Ballet Nacional a partir de 1965 dio vida a la sala, que no solo acogió los triunfos de las principales figuras de ese arte en Cuba, sino de representantes extranjeros, desde la estrella rusa MaiaPlisetskaya hasta el Ballet del Siglo XX dirigido por Maurice Béjart.

A mediados de 1985, se le denominó Gran Teatro de La Habana, gracias a un ambicioso proyecto en que la institución pasaba a ocupar los antiguos locales del Centro Gallego, por lo que, además de la tradicional sala García Lorca, pudo inaugurar otras más pequeñas destinadas a teatro y danza de pequeño formato, conferencias, proyecciones, una biblioteca y una galería de arte. Tales propósitos, aunque afectados en los años 90 por la crisis económica del llamado ¨período especial”, tuvieron frutos apreciables y aunque no todos sus objetivos pudieron mantenerse otorgó una digna función cultural a un local privilegiado por su jerarquía arquitectónica.

Ahora, el Gran Teatro, marcado por el nombre de la célebre danzarina, inicia una nueva época artística. Más allá de sus siempre atractivas funciones de ballet, habrá que esperar un rigor sostenido de sus otras propuestas culturales (2016).

 

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