Unforgetable…

Los 75 de Tropicana.

Imagen nocturna del Cabaret Tropicana

Foto: Tomado de Cuba Sí

No tengo un recuerdo claro de la primera y única vez que estuve en el Cabaret Tropicana. Hace ya bastante tiempo y casi en otra época, cuando cualquier pareja de cubanos podía permitirse el lujo de acceder y disfrutar de un lugar reconocido en casi todo el mundo por la calidad y la magnificencia de sus espectáculos. Confieso que apenas he retenido en la memoria algunos momentos de aquella noche, a pesar del agradable ambiente -rodeado por un entorno de exuberantes árboles y plantas tropicales-, de la excelente coreografía, de los conocidos cantantes –aunque ni siquiera recuerdo sus nombres-, de las siempre hermosas bailarinas y de la buena música. Quizá esto se debe a mi mala memoria, o a que tal vez, aún con toda su brillantez, el show estuvo por debajo de mis expectativas y no resultó tan impactante como esperaba. Lo curioso es que más o menos en la misma época, también solíamos frecuentar otros centros nocturnos que todavía recuerdo con mucho placer y grandes dosis de nostalgia: las sesiones de jazz de Felipe Dulzaides en el Salón Elegante del Hotel Riviera, las canciones de César Portillo de la Luz o la ronca voz de José Antonio Méndez en la intimidad cómplice del Pico Blanco, menos espectaculares, pero con muchísimo más feeling. Aclaro que estoy hablando de algo que ocurrió más de veinte años atrás, allá por la década de los 80 del pasado siglo y antes de aquella crisis llamada Período Especial que trastocó tantas cosas en la isla, incluida la posibilidad de acceder, con el devaluado peso cubano, a centros nocturnos como Tropicana o el Pico Blanco.

Pero más allá de mis recuerdos u opiniones personales, sin duda alguna el cabaret Tropicana ha tenido una trayectoria que bien merece la fama internacional alcanzada en sus ya casi 75 años de vida, próximos a cumplir la última noche del 2015. Ello explica que se haya escrito bastante sobre los orígenes y avatares de la institución, por cuyos escenarios han desfilado tantos artistas cubanos y extranjeros de renombre internacional, y hasta se hayan publicado algunos libros sobre el tema, incluida una historia contada por Ofelia Fox, viuda del propietario del cabaret, Víctor Fox, con el título Tropicana’s Nights: thelife and times of the legendary cuban nightclub, y Tropicana. Un paraíso bajo las estrellas, de Rafael Lam.

Lo curioso es que parte de la información disponible a veces resulta contradictoria. Algunos discrepan incluso en cuanto al momento en que fue bautizado como Tropicana, aunque todos parecen coincidir en que esta palabra fue tomada de una canción compuesta por Alfredo Brito, uno de sus músicos fundadores. Según la hija de Brito, citada por Rafael Lam, el cabaret fue nombrado Tropicana desde su misma apertura, en tanto la canción es anterior a la existencia del lugar. En cambio otros testimonios indican que originalmente el sitio se llamó Beau Site y que a sugerencia de Sergio Orta, coreógrafo y director de espectáculos, fue rebautizado un año después, a partir de la canción especialmente concebida por Brito para identificar aquel lugar con pretensiones de consolidarse con estilo propio en la movida noche habanera.

También aparecen discrepancias cuando se habla de las personas que participaron en la idea original del cabaret.  Hay quien asevera que fue concebido por Víctor Correa, un osado empresario de origen italo portugués, que antes había montado en la zona de La Habana Vieja el cabaret Edén Concert. Según esta versión, el Edén no lograba “despegar” debido a la fuerte competencia de otros famosos centros nocturnos que ya existían en la zona, y en uno de esos golpes de suerte tan difíciles de predecir, Correa decide arrendar a Mina Pérez Chaumont una parte de su propiedad ubicada en Marianao, para abrir un nuevo cabaret. Sin embargo los inicios fueron difíciles y Correa se vincula a otros socios, como Martín Fox, para montar un casino que atrajera mayor cantidad de público.

Otros aseguran que Correa solo fue la cabeza visible de una operación que escondía otros propósitos, y que los verdaderos promotores de la idea fueron Rafael Mascaró y Luis Buar, ya vinculados a los juegos de azar. Ellos propusieron a Correa encargarse del cabaret que serviría de tapadera al casino que pretendían montar y con ese objetivo alquilaron el terreno, aunque la propiedad fue adquirida en 1950 por Martín Fox, un personaje con las relaciones necesarias -según dicen las “malas lenguas”-, para legalizar el casino y explotar al máximo las potencialidades del lugar. Y sin duda el juego fue, en casi todas sus modalidades, una de las bazas más importantes para el arrollador éxito de Tropicana, aunque no la única.

Sea cual sea el momento en que haya entrado a escena, el cubano Víctor Fox resultó decisivo para conformar la imagen más conocida de Tropicana. Fue él quien contrató en 1951 al arquitecto Max Borges Jr. para realizar un proyecto que, según se dice, soñó y defendió con firmeza: una construcción que mantuviera intacta su estrecha relación con la naturaleza circundante, al tiempo que le posibilitara climatizar el lugar y protegerlo de la lluvia. Borges concibió así dos espacios. Uno a cielo abierto, conocido después como “Bajo las estrellas”, y otro llamado “Arcos de cristal”, con una inteligente estructura que se avenía a los deseos de su contratista y contribuyó de forma decisiva a singularizar la imagen de Tropicana que ha llegado hasta hoy. La obra recibió además el Premio Medalla de Oro del Colegio Nacional de Arquitectos de 1953.

A lo largo de los años, otros muchos factores ayudaron a crear ese halo mágico que muchos atribuyen al cabaret Tropicana. Entre ellos se destaca la apasionada creatividad que se atribuía a los espectáculos concebidos por el coreógrafo Roderico Neyra (Rodney, según su nombre artístico), en los que participaron algunos de los artistas de mayor renombre internacional en su época. Fueron tantos, que casi sería más fácil elaborar una lista con aquellos que no actuaron en Tropicana, aunque me gustaría llamar la atención sobre un aspecto en particular: la notable cantidad de artistas cubanos que pasaron por sus escenarios, desde Chano Pozo hasta Benny Moré, sin olvidar a Rita Montaner, Bola de Nieve, Celia Cruz, Merceditas Valdés y Rosita Fornés, algo más llamativo aún cuando se conoce que por allí también desfilaron los archifamosos Josephine Baker, Libertad Lamarque, Pedro Vargas, Xavier Cugat, Tongolele, Liberace, Carmen Miranda y Nat King Cole, quién se presentó en tres ocasiones y cantó en español, para despertar la admiración de un público que al parecer resultó hechizado por el intérprete negro.

Otro factor importante para consolidar su fama más allá de sus fronteras fue la “calidad” del público que de manera habitual escogía Tropicana para entretener sus noches de ocio: ricos y famosos, mafiosos y políticos, estrellas de Hollywood y celebrities, como se diría hoy.

Con estas historias a cuestas (y muchas más), llega Tropicana a su 75 aniversario. A ello también se suma la peculiaridad de haber recuperado esa condición elitista que lo marcó en sus orígenes (espectáculos exclusivos para públicos con posibilidades de pagar por esa exclusividad), aunque tal vez sin el glamour que entonces lo convirtió en un sitio…¡unforgetable! (2015).

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