Cuba, la integración y la normalidad

Funcionamiento y desarrollo económico interno, gran asignatura pendiente de la isla caribeña.

LA HABANA, feb 2014 (IPS) – En días recientes Cuba ha sido testigo de dos acontecimientos que acercaron mucho más a la isla al contexto caribeño y latinoamericano del cual, por años, se vio distanciada luego del triunfo revolucionario de 1959, un cambio político que llevaría al país a la expulsión de la Organización de los Estados Americanos, el bloqueo económico y financiero estadounidense y un dramático aislamiento continental.

La celebración de la II Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) en La Habana, el 28 y 29 de enero, resultó un espaldarazo considerable en ese proceso de integración, cuando 33 mandatarios de la región visitaron el país y se reunieron con sus dirigentes.

Algunos de ellos fueron testigos de la inauguración de la primera fase de la zona económica especial de El Mariel, dotada de un puerto considerado el mayor del área del Caribe y donde funcionará un enclave con leyes de zona franca para el comercio y la industria nacional y extranjera.

El de la Celac fue un cónclave en el que se habló de democracia y respeto de los derechos humanos, según son entendidos por muchos países de la región, que llevaron sus conceptos a esa declaración final leída por el presidente cubano Raúl Castro: “Fortalezcamos nuestras democracias y todos los derechos humanos para todos”, dice el texto.

Pero, apenas concluido el cónclave regional, un equipo cubano de béisbol partió hacia isla Margarita, Venezuela, para participar en la histórica Serie del Caribe, un torneo del que los clubes cubanos fueron fundadores y máximos animadores, allá por las décadas de 1940 y 1950, y del cual resultaron excluidos a partir de 1961.

Para que Cuba volviera a estos clásicos hubo que contar incluso con la anuencia de los directivos de la organización de las Grandes Ligas del Béisbol de Estados Unidos y hasta del Departamento del Tesoro, pues la mayoría de los jugadores de los otros países participantes (México, Venezuela, Puerto Rico y República Dominicana) pertenecen a franquicias del poderoso circuito beisbolero estadounidense.

Estos dos hitos resquebrajan la lejanía de Cuba respecto de la región e incluso el dilatado bloqueo estadounidense a la isla, políticamente ineficiente, económicamente desgastante para los cubanos de a pie y condenado por años en la Asamblea General  de las Naciones Unidas.

Todo esto le da un espaldarazo político al gobierno cubano. Obras como la de El Mariel, mientras tanto, le confieren esperanzas económicas a un país cuya estructura comercial debió ser refundada hace dos décadas, luego de la desaparición de la Unión Soviética.

Más recientemente, la Unión Europea (UE) ha anunciado un posible cambio en su relación política con la isla, un nuevo acuerdo que mejorará los vínculos entre las partes y la cooperación del bloque, casi reducida a cero, pero siempre con la condición europea de que en Cuba mejore la situación de los derechos humanos referidos a la libertad de expresión y asociación, entre otros.

Si bien el problema de los derechos humanos en Cuba siempre es un punto álgido en el que cada parte (la foránea y la oficial cubana) esgrime sus propios argumentos, en el fondo, el más acuciante y pesado de los problemas cubanos no se resuelve con mejores relaciones políticas regionales o globales, ni con juegos de béisbol cargados de simbolismo deportivo y político, aun cuando declaraciones y aperturas diversas siempre ayudan.

Tampoco se soluciona con la pertenencia a bloques político-económicos como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), por mucho que estos también puedan ayudar.

El problema es que la gran asignatura pendiente de la isla caribeña está en su funcionamiento y desarrollo económico interno, que ni siquiera la política de cambios realizados al calor de la “actualización del modelo económico”, como se le ha llamado, ha logrado concretar.

Con discretos crecimientos anuales de alrededor de dos por ciento debidos sobre todo a la exportación de servicios (médicos en su mayoría), más que a incrementos en la producción y la productividad, resulta difícil superar la dependencia de las importaciones (la de alimentos ronda 80 por ciento) y concretar el mejoramiento de las condiciones de vida de los habitantes, agobiados a lo largo de más de dos décadas por los embates de una crisis que tuvo sus fosos más profundos en los años de 1990, pero que no deja de asolar a los cubanos.

Para el país es imprescindible su integración a la región y al mundo.

Pero para los ciudadanos es una urgencia que se logre una relación realista entre salarios y costo de la vida, que la lucha cotidiana por la supervivencia no se lleve el grueso de sus energías e inteligencia y que el acceso a Internet no sea una concesión o un lujo sino un derecho asequible.

Que se fomente una inversión extranjera capaz de modernizar la infraestructura de una nación tecnológica e industrialmente envejecida, que se generen empleos bien remunerados y que se haga efectiva una apertura de la opinión crítica capaz de analizar y juzgar desde diversas perspectivas los problemas de la sociedad.

Que no se quiebre el realismo económico con medidas como la de pretender vender autos a cinco, seis veces el precio máximo que podrían alcanzar en el mercado internacional (esos autos que apenas han sido comprados y que deberían poder adquirir, por ejemplo, esos necesarios inversores extranjeros y los profesionales cubanos que con sus servicios en medio mundo generan las más sólidas ganancias que recibe el país), etcétera, etcétera…

En fin, que la integración se revierta en normalidad, productividad, discusión y posible solución de problemas enquistados en el modelo político cubano.

Porque, junto a la necesaria integración, esa normalidad que permite forjar programas de vida y mirar hacia el futuro (algo imposible en la Cuba de hoy) podría ser, y de hecho es, el anhelo de muchos cubanos: tener un país normal que, desde ese estado de equilibrio, consiga la aspiración de un desarrollo justo y sostenible y, sobre todo, de una vida más sosegada y próspera. Simplemente normal.

Un comentario

  1. Anónimo

    Los cubanos son libres hace tiempo. Gracias a personas como Leonardo Padura cada día más cubanos se enteran de la novedad; es bueno comenzar a hablar sobre qué hacer con la libertad. Las palabras de Padura en Zaragoza durante la aceptación de un premio por su magnífico libro Herejes pueden servir para un comentario. Cuando dijo libertad, parece hablar de rebelión y cuando dijo hereje parece meter en el mismo saco al que es injustamente marginado con el que no lo es. Padura sin darse cuenta podría estar usando su libertad para pasar a la próxima generación cubana el mito de la violencia revolucionaria.

    El escritor afirma que es un concepto universal “la eterna lucha del individuo por ejercer su libertad personal, el libre albedrío que es hijo primogénito de la condición humana”. Esa expresión no es una verdad histórica. El instinto universal es la rebeldía. El concepto de libertad personal es muy reciente en la historia, es realmente del siglo XIX, y el del libre albedrío es un poco más viejo, pero es europeo no universal. La libertad se aprende. El individuo tiene que recibir una educación determinada para ser libre. La mayoría de los cubanos han recibido educación para ser rebeldes o sumisos, no para ser libres.

    Otro punto que merece comentario es el de la figura del hereje. Padura señala que la libertad “muchas veces ha sido –y sigue siendo— condenada como una herejía” y afirma que es hereje “el que desde su pensamiento se opone, rebate o simplemente cuestiona una forma de ser y pensar validada por un poder religioso, político, social, cuyos representantes o colaboradores siempre estarán dispuestos a reprimir, castigar, marginar… a quien se atreva a poner en práctica el supremo derecho a ejercitar un albedrío escogido con libertad”. Aquí llama la atención el marginado y la libertad.

    La dignificación del marginado es una actitud hermosa romántica. Pero si se va a usar la razón hay que advertir que no todo marginado es un héroe o un mártir, y menos que tiene derecho “a poner en práctica el supremo derecho de ejercitar un albedrío escogido con libertad”. Los hechos históricos indican que muchas revoluciones genocidas del siglo XX han sido dirigidas por “herejes” marginados que ejercitaron “un libre albedrío escogido con libertad”; por ejemplo, Lenin, Trotski, Mussolini, Stalin, Hitler, Mao, y Pol Pot.

    La distorsión histórica de llamar “libertad” a la rebelión y “héroe” al marginado ha sido el principio de la narración mítica que justifica la violencia revolucionaria (anti-colonialista, anti-machadista, anti-batistiana, anti-imperialista). Este cuento es un mito que se ha repetido, con sus variantes, como historia en Cuba. En el cuento el héroe observa la destrucción de la ciudad (o del país) que fue próspera y se enfrenta al usurpador para pedirle que se detenga, pero el usurpador condena al héroe al ostracismo. El héroe, con la ayuda de unos cuantos, regresa, lucha contra sus enemigos, derroca al usurpador y restaura el orden (o avanza hacia la prosperidad prometida).

    Una vieja generación desaparece destruida por la versión más reciente de ese mito; otra generación que ahora cumple sus 70 años sirvió de carne de cañón en la ejecución del mito; los que eran niños o nacieron después de 1959 manejan Cuba ahora. Estos huérfanos de la revolución merecen saber la verdad. Ellos deberían tener la oportunidad de elegir entre seguir una nueva versión del mito revolucionario violento o entrar en el mundo moderno donde es posible ejercer la libertad. Padura, un “lazarillo” huérfano del mito revolucionario, nos ha revelado la dignidad del marginado. ¿Podría ahora mostrarnos qué hacer con la libertad?

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