Ecos del pasado

¿Quién no añora “los tamalitos de Olga”, con picante o sin él? Una mirada a los vendedores ambulantes del presente desde el pasado.

Jorge Luis Baños - IPS

Dulceros, tamaleros, maniseros, carameleros, heladeros, amoladores de hoy… pregonan mercancías o servicios escarbando los recuerdos

“[…] mi hábito […] ha sido burlado por el triángulo de un vendedor ambulante. Óyese luego el caramillo de un amolador de tijeras, extrañamente concertado sobre el melismático pregón de un gigante negro que lleva una cesta de calamares en la cabeza”.

Alejo Carpentier

Un personaje de Alejo Carpentier lo advirtió hace más de medio siglo: en América Latina conviven varias épocas al unísono. Aunque el protagonista de Los pasos perdidos lo refiere en un paraje suramericano, también sirve para Cuba. ¿Cuántos rostros del pasado percibimos ahora mismo en La Habana?, ¿cuántos ecos perviven?

Observemos los nombres que reciben diferentes ocupaciones, aún vigentes –o resurrectas–. Esas nominaciones tienen diferentes marcas de tiempo; ellas hacen señas que convocan al recuerdo. Un recuerdo diverso para cada generación.

Miremos, por ejemplo, hacia los vendedores ambulantes, ese mercadeo tan antiguo y asentado en nuestras costumbres.

“Asómate a la ventana/ pa′ que oigas mi guaracha/ y verás que buena traigo/ la panetela borracha”, dice la añeja letra que identifica al dulcero, tan añeja que la descubrimos en un periódico de la década de 1930. El dulcero que rememora la publicación lo conocimos mucho después, pero conservaba gran semejanza con el descrito.

Los productos que ofrecía eran dulces de harina cuyo precio no sobrepasaba los cinco céntimos y el vendedor los transportaba en un tablero. Algunos eran asimismo elaboradores de su mercancía; otros, solo la vendían. Aquellos dulces caseros, con almíbar o secos, no envidiaban nada a los que se venden ahora en los Sylvain, a un precio –como mínimo– cien veces superior.

Actualmente han revivido los dulceros ambulantes. Llevan eclears, tartaletas, panetelas, panqués… Salen a la vía pública a luchar los clientes por los barrios y agotan rápido la mercancía porque el cubano es muy “dulcero”, es decir, “aficionado al dulce”, según la definición del Diccionario de la Real Academia, el cual no tiene ninguna entrada, con ese nombre, para quien lo vende o lo elabora. ¿Los académicos no conocen a los dulceros ambulantes?, ¿ellos sólo van a las “confiterías”?

“Que me voy, que me voy, que me voy”, decían antes y siguen diciendo ahora los dulceros ambulantes; y el “arrímate, arrímate, arrímate”, lo han sustituido por un “ven pa′ ca′”, rememorando el estribillo de la canción popular. Otros, también musicales, dicen “bajando, bajando, que me voy tumbando”.

Los precios de los dulces que se venden al paso no son distintos a los que fijan las cafeterías privadas, marcando diferencias con el pasado, aunque en materia de precios es mejor no escarbar porque “ese palo tiene comején”.

El manisero, acaso el más folclórico y bendecido por la música, sigue siendo una de las mercancías privilegiadas por el comercio ambulante. Sus sitios favoritos son las paradas de guaguas, porque los vendedores tienen su aliada en la espera. Sólo que ahora deben competir con los carameleros, quienes ofrecen su producto al mismo precio del cucurucho de maní, acaso el único inalterable en toda la isla: un peso (veinte veces más que en el pasado remoto).

El manisero (o el caramelero) de parada no tiene necesidad de pregonar, con mostrar el artículo es suficiente. Algunos se montan en las guaguas y viajan varios minutos en su interior, lo que resulta una nueva estrategia de comercio y mercadeo.

La operación anterior solo es posible en estos tiempos porque el manisero de antaño llevaba los cucuruchos dentro de una lata con carbón encendido en el fondo. Ese detalle marca un contraste importante en la calidad: “maní tostado y caliente”, como rezaba el pregón.

También los antiguos tamaleros se auxiliaban de una lata ídem. Y quién no añora “los tamalitos de Olga”, con picante o sin él, porque seguimos teniendo tamaleros, pero ¿tamales? ya es otra cosa. La calidad del maíz, los ingredientes, el sazón, la elaboración, ya no se manejan con rigor, hasta el punto de ir desapareciendo el verdadero gusto del tamal en nuestro paladar.

Más añejo aún, y ya olvidado, está el barquillero, quien se auxiliaba de un triángulo para llamar a los consumidores de helado en barquillo. Ahora tenemos vendedores ambulantes de helados cuyo sabor es indescifrable, así como su procedencia.

Lejanos quedan los tiempos de los helados de frutas que hacían los chinos y de las paleticas de Hatuey o Guarina que valían cinco centavos y llegaban, en los carritos, hasta los sitios más lejanos.

Hay vendedores de productos de otros géneros, tales como especias, cloro, yogur, queso, que distribuyen por los barrios de manera ambulante –y casi siempre furtiva–, pero no son “instituciones” como los anteriores, excepto quizás el escobero, que ya se ve muy poco.

De la misma especie ambulante son los botelleros –compradores de botellas vacías–, cuyo pregón de antaño rezaba “cambio globos por botella”, un trueque hoy inexistente. Los botelleros actuales acopian esos recipientes con propósitos diversos, con destinos muy variados que incluyen otros trueques, con el estado o con otros comerciantes.

En el acápite de los servicios ambulantes ninguno tiene el linaje y color del amolador de tijeras. Aún no han desaparecido totalmente los amoladores, incluso pueden hasta utilizar una armónica, convocando con su melodía la nostalgia de los adultos mayores. “El amolador/ nivela navajas/ que sí señor/ y de lo mejor”, decía un pregón hace setenta años.

“Estiro bastidores/ cunitas de niños/ y camas de mayores”, voceaban antiguamente los estiradores de bastidores, una especie en extinción; en cambio hay ahora muchos “colchoneros”, quienes se ocupan de rellenar la guata y cambiar el forro del colchón. Los precios: como para dormir en el suelo.

Desaparecidos hace mucho rato están los componedores de batea, aquel recipiente que lo mismo servía para el baño que para lavar la ropa. Dicen que el añejo componedor llevaba una batea colgada al hombro e iba repicando sobre ella a manera de anuncio.

Dulceros, tamaleros, maniseros, carameleros, heladeros, amoladores de hoy… pregonan mercancías o servicios escarbando los recuerdos, devolviéndonos los ecos del ayer evocado un instante para luego seguir en la lucha cotidiana, en el aquí y el ahora que transcurre a millón, en sistema binario.

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