El orgullo de un oficio

En 2011 se cumplirán diez años de la edición facsimilar de un libro que rindió culto a otro y se convirtió en un autohomenaje al impresor.

Archivo IPS Cuba

Para la gran mayoría de los jóvenes que utilizan la computadora que una fuente de letras se llame Garamond nada significa

La revolución tecnológica provocada por la informática en los procesos de escritura, composición, diseño e impresión ha situado en una prehistoria toda la evolución de la imprenta y las artes gráficas, marcando una pátina en el oficio de tipógrafo o impresor, semejándolo a la profesión del Renacimiento.

De esta suerte, un tipógrafo sería una persona perteneciente a un remoto pasado cuya existencia en el presente estaría descolocando la realidad. ¿Será cierto ese enunciado? ¿Tendrá valor universal?

Precisemos algunas cuestiones. Para la gran mayoría de los jóvenes que utilizan la computadora como una herramienta que les sirve para escribir –entre muchas otras operaciones–, que una fuente de letras se llame Garamond nada significa. Incluso pueden saber que a las mayúsculas les llamen también altas y a las minúsculas, bajas, sin que tal información les provoque curiosidad, interés por saber qué hay detrás. Obviar el pasado es uno de los errores más frecuentes en un segmento de las últimas generaciones.

Pero no todo es olvido. En 2011 se cumplirán diez años de la edición facsimilar de un libro¹ que rindió culto a otro que a su vez era autohomenaje de un hombre y su profesión, la de impresor. Ese hombre fue el habanero José Severino Boloña y el libro referido es Muestras de los caracteres de letras de la imprenta de Marina de la propiedad de Don José Severino Boloña, establecida en la casa número noventa y cinco calle de Villegas. El pie de imprenta declara: Habana, Imprenta de la Marina de este Apostadero por S.M. Año de 1836.

En el prólogo de ese volumen, bajo el título “Noticia del arte de la imprenta y algunos de sus privilegios”, J. S. Boloña escribe: “…Con el nombre de Imprenta significamos, tanto la misma Arte, como el obrador ú oficio donde se ejerce. En latín se dice Typographia, de las voces Typis, que significa forma, figura o molde y grapho, que significa escritura. El nombre de Impresor, aunque tomado de la última operación del Arte, que es imprimir, con todo eso es común a todos los artífices ú oficiales de ello, así a los Compositores ó Cajistas, como a los Prensistas o Tiradores; porque para el efecto de la impresión todo es necesario, el estudio y la destreza de unos, y el cuidado y la fuerza de otros; y por la misma causa de cooperar a ello con su gobierno, industria ó providencia, no sólo a los Regentes de la Oficina, sino a los mismos dueños de ella conviene el nombre de Impresores o Typographos”. [sic]

El libro de J. S. Boloña no solo muestra el orgullo que el impresor siente por su oficio y la excelencia de su taller, sino también su capacidad empresarial –como diríamos ahora–, al disponer ante el lector la amplia variedad del servicio, como se expresa en la última página: “En esta misma oficina se imprime también con tinta de todos los colores, hasta de blanco sobre negro; pues según lo tiene acreditado desde tiempo inmemorial, sus tintas han sido las mejores sin necesidad de hacer venir de otros países el barniz para ellas, porque el Impresor lo hace como el mejor, según y conforme lo aprendió de su difunto Padre cuya habilidad fue bien notoria; igualmente se doran las impresiones”.

Muestras de los caracteres de letras… está estructurado en dos grandes bloques. Primero, el catálogo de tipos; y segundo, el catálogo de signos, abrazaderas, bigotes, rayas y viñetas. Si la muestra de letras es perfecta, la de viñetas es definitivamente maravillosa. Es el ingrediente que quintaesencia el libro, el que lo convirtió en objeto de culto.

La edición facsimilar del muestrario de Boloña, en tanto homenaje a esa joya bibliográfica, tiene un antecedente ilustre en el volumen Muestrario del mundo o libro de las maravillas de Boloña, de Eliseo Diego, publicado en La Habana en 1968. Aquí Diego recrea con la magia que le es propia –la poesía– todo el universo simbólico de Boloña, sus viñetas, disponiendo un formidable juego de espejos entre unas ilustraciones y otras, entre uno y otro libro. En su introducción, escribe el autor de En la calzada de Jesús del Monte:

“Más que muestrario sin duda, Don Severino, amigo de los juegos, ha impreso una Obra sobre las artimañas del Tresillo, y juega a la criptografía con sus tipos de letras mientras simula relatar la Historia de la Imprenta. Mucho más que muestrario, por supuesto”.

“Tanto más que es todo un juego del que Don Severino es el primer maestro y árbitro, poniendo él sus propias leyes que sólo él comprende cabalmente”.

Personaje singular, J. S. Boloña es parte de la leyenda cultural cubana a la cual contribuye Diego en su homenaje. Sería improbable encontrarle un semejante en el siglo siguiente porque las relaciones de producción son otras, pero siguieron existiendo impresores que honraban el oficio.

Según refiere José G. Ricardo en su libro La imprenta en Cuba,² en 1958 existían en la Isla unas 70 imprentas, establecidas en 45 ciudades o poblaciones, pero evidentemente esa cifra solo recoge los talleres importantes y no las pequeñas, e incluso medianas imprentas.

Todavía es posible encontrar en La Habana, y también en otras localidades, imprentas con chibaletes, una estructura de madera donde se colocan las cajas de tipos sueltos; así como componedores de madera o metal para “parar” los textos que luego son emplanados en la “rama” –una estructura de hierro rectangular– calzados con cuñas y maderas, para finalmente ingresar el “molde” en la platina de la máquina de imprimir, tal vez una Chandler de las que llamaban “minerva” en el siglo XIX.

Hasta la década de 1960, sobre todo en los pueblos del interior que poseían talleres tipográficos –que no eran todos–, la imprenta cumplía multiplicidad de funciones: imprimía anuncios y propaganda de todo tipo, planillas, almanaques, etiquetas de productos y las infaltables invitaciones de bodas, fiestas de quince y bautizos, compuestas en caracteres góticos o en letra de plumilla, impresas en cartulina de hilo y posteriormente doradas, tal como en los tiempos de Boloña.

El autor del célebre catálogo tipográfico, en la citada introducción, dejó escrito: “La imprenta dicen que es símbolo de eternidad: á lo que parece alude N.P.S. Agustín, cuando expresa que lo que pronuncia la voz pasa y se olvida; pero lo que se escribe se perpetúa: con mayor razón podremos decir lo mismo por lo que se imprime”. [sic]

Si imprimir es eternizar, según la conclusión de Boloña, con sus impresos –pensaba– ya él se había conseguido una parcela en la eternidad. El orgullo por el oficio, acrecentado, se le convertía en vanidad. Volviendo al párrafo inicial: sí, podemos encontrar un tipógrafo en el siglo XXI, pero sin el crecido orgullo de Boloña; ahora, quien aspira a la fama, lo intenta en la red de redes. Aunque tendrá que esperar, la eternidad demora.

NOTAS

¹J. S. Boloña: Muestra de los caracteres de letras de la Imprenta de Marina propiedad de Don José Severino Boloña. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2001.

²J. G. Ricardo: La imprenta en Cuba. Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1989.

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