Ernesto Dihigo, un embajador en tiempos agitados

Memoria de un intelectual y diplomático cubano.

El reciente restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos ha motivado una serie de remembranzas históricas en la prensa de ambas orillas y en ellas ha reaparecido, una y otra vez, un nombre que parecía totalmente sepultado por el olvido: el del Dr. Ernesto Dihigo y López Trigo (La Habana,1896- Miami,1991), primer embajador de la isla en la nación norteña tras el triunfo de la Revolución y único en poseer esa condición hasta el nombramiento en el pasado verano de José R. Cabañas, dado el intervalo de más de medio siglo de vínculos interrumpidos.

No fue Dihigo un simple miembro del servicio exterior llamado a esa misión por razones coyunturales, sino un intelectual con larguísima experiencia diplomática, que además tuvo una importante ejecutoria en la cátedra universitaria y en la Academia Cubana de la Lengua.

Era hijo del filólogo y profesor Juan Miguel Dihigo y Mestre, cuya obra ayudaría a ordenar y continuar en sus últimos años. Demostró su talento al graduarse en 1918 de dos carreras universitarias: Derecho y Filosofía y Letras. Casi inmediatamente accedió a una cátedra en la primera de estas facultades, donde impartió varias materias por más de cuatro décadas, aunque se destacó especialmente en el Derecho Romano, materia para la que redactó un libro de texto que alcanzó varias ediciones. Fue Decano entre 1941 y 1943, así como miembro del Consejo Universitario y formó parte del Consejo Editor de la revista Universidad de La Habana.

Todo esto no obstaculizó otros afanes culturales como acceder a un sillón de la Academia Nacional de Artes y Letras en 1922 –con apenas 26 años, algo nada común en aquellos tiempos- y que su discurso de ingreso se dedicara a un tema tan singular como “Los factores fundamentales de la escultura gótica”. Además colaboró en publicaciones periódicas como El Fígaro y Cuba Contemporánea.

En 1933, tras la caída del gobierno de Gerardo Machado, era ya Dihigo una personalidad prestigiosa que accedería a una de las vicepresidencias del Colegio Nacional de Abogados y al año siguiente al Tribunal Superior Electoral. Sin embargo, su mayor relieve lo ganaría durante los gobiernos “auténticos”, período todavía mal estudiado, cuando al calor del fervor nacionalista procedente de la reciente revolución que Ramón Grau supo astutamente capitalizar, Cuba tuvo una apreciable voz en los foros internacionales y pudo mostrar una de las etapas más brillantes de su diplomacia.

En 1945 una delegación enviada por el presidente Grau participó en la Conferencia Interamericana sobre Problemas de la Guerra y la Paz, celebrada en Chapultepec, México. Allí se evaluarían las llamadas “Propuestas de Dumbarton Oaks para una Organización Internacional General” elaboradas por Estados Unidos junto a las grandes potencias. La delegación cubana de la que formaban parte el Ministro de Estado Gustavo Cuervo Rubio, Gustavo Gutiérrez, el experimentado poeta y diplomático Mariano Brull y el propio Dihigo, se negaron a aceptar de manera irreflexiva tal documento y elaboraron proyectos alternativos, que, a pesar de las presiones del gobierno norteamericano, fueron considerados en la reunión y enviados a la Conferencia de San Francisco.

En ese nuevo cónclave defendieron de nuevo sus puntos de vista que pretendían limitar los poderes de las grandes potencias en la nueva organización mundial y obtuvieron, con el apoyo del embajador de Panamá y ciertos cabildeos con Anna Eleanor Roosevelt, ex Primera Dama norteamericana y representante de su país ante la Conferencia, la creación de una Comisión Especial de Derechos Humanos, que ella presidiría entre ese año y 1952.

También estuvo presente en abril de 1948 en la fundación de la Organización de Estados Americanos, cuando la delegación cubana hizo aprobar e incluir en sus bases que las presiones económicas sobre un país eran una forma más de agredirlo y debían ser condenadas por este nuevo órgano.

Dihigo fue nombrado por el gobierno cubano delegado ante la flamante Organización de las Naciones Unidas y su voz se haría notable durante su segunda asamblea general, en la célebre reunión del 19 de noviembre de 1947, cuando explicó su voto personal contra la creación del estado de Israel. Era sorprendente que la pequeña isla del Caribe fuera uno de los 13 estados que votaron en contra y, más aún, uno de los dos no islámicos entre ellos, con lo que contrariaban la posición de los Estados Unidos y se hacían sospechosos los representantes –calumnia nunca bien desmentida- de haber vendido su voto al soborno árabe. El embajador tuvo en esa sesión palabras proféticas:

[…]Cuba ha demostrado su simpatía hacia los hebreos y el aprecio por sus cualidades, pues ha admitido en su territorio a miles de ellos, que hoy viven entre nosotros libres y tranquilamente, sin discriminaciones ni prejuicios, pero no podemos aquí votar conforme a sus deseos, porque consideramos que la partición de Palestina es contraria al derecho y a la justicia.  En primer término, la base inicial de toda reclamación es la Declaración Balfour, causante de todo el problema que hoy tenemos ante nosotros; y la Declaración Balfour, a juicio nuestro, carece por completo de valor legal, pues el gobierno británico ofreció en ella una cosa de la cual no tenía derecho a disponer, porque no era suya. Mas, aceptando su validez, lo que ahora quiere hacerse va mucho más allá de sus términos, pues ella prometió a los hebreos un “Hogar Nacional” en Palestina, dejando a salvo los derechos civiles de la población árabe, pero no ofreció un Estado Libre, cuya creación forzosamente afectará esos derechos que se trató de salvaguardar.

[…]Pero aun admitiendo lo hecho, la partición que estudiamos va contra los términos de ese mandato, que su Artículo 6to, ordenó que no fueran afectados los derechos y la posición de la población no hebrea de Palestina, y mal puede sostenerse que esos derechos no resultan perjudicados cuando va a arrebatarse a los nativos más de la mitad de su territorio y varios cientos de miles de árabes quedarán sometidos al gobierno hebreo y colocados en una situación subordinada allí donde antes eran dueños.

[…]Hemos proclamado solemnemente el principio de la libre determinación de los pueblos, pero con gran alarma vemos que, cuando ha llegado el momento de aplicarlo, nos olvidamos de él.

También resultó vertical su posición de 1955, en Ginebra, cuando fungía como miembro del Tribunal Buraimi, encargado de resolver el diferendo fronterizo entre Arabia Saudita y Abu Dabi – actual capital de los Emiratos Árabes Unidos- y decidió renunciar antes de que se diera el veredicto final, a causa de las tácticas empleadas por la monarquía saudí para lograr sus fines, a los que no era ajeno su poderoso aliado, Estados Unidos.

Durante una parte del gobierno de Carlos Prío, en el bienio 1950-51, el abogado fue nombrado Ministro de Estado, en sustitución de Carlos Hevia. Entre sus labores estuvo la apertura en La Habana de la Oficina Regional de la UNESCO el 24 de febrero de 1950 en la sede de la Academia de Ciencias de Cuba.

Tras el golpe de estado de Fulgencio Batista en 1952, se mantuvo alejado de cargos públicos. Como otras figuras prestigiosas, desde Mariano Brull a Guy Pérez Cisneros, se prescindió de sus servicios en las legaciones en el exterior. Permaneció en su cátedra universitaria, además de trabajar en el bufete que poseía en conjunto con los doctores Martínez Giralt y Llansó.

Pocos días después del triunfo de la Revolución fue designado Embajador en Estados Unidos. Tal decisión era explicable en tanto en el primer gabinete de ministros había figuras del autenticismo y la ortodoxia con los que había estado vinculado por razones profesionales y que conocían de su ejecutoria, como el premier José Miró Cardona, profesor de Derecho de la Universidad y Presidente del Colegio de Abogados de La Habana, así como el Ministro de Estado Roberto Agramonte, también profesor de aquella facultad, de la que fue decano a fines de los años 30.

Dihigo sucedía en la embajada al último representante de Batista, el arquitecto Nicolás Arroyo, quien había encabezado la misión desde abril de 1958 hasta el cierre del año, en el momento en que el gobierno norteamericano comenzaba a abandonar a su suerte a su antiguo aliado.

El nuevo embajador puso toda su experiencia, intuición y tacto, para desempeñar su difícil cargo, sin embargo las circunstancias no lo ayudaban: el diferendo con Cuba comenzó a crecer desde el mismo inicio de sus labores: baste con recordar la decisión del gobierno revolucionario del 9 de enero de hacer salir del país la misión militar norteamericana, la campaña desatada por esos mismos días por los fusilamientos de los que habían cometido crímenes durante el gobierno anterior, así como la puesta en marcha de la Reforma Agraria, la rebaja de los precios de los medicamentos y la nacionalización de la Cuban Telephone Company.

A la altura del mes de marzo, la hostilidad no solo de la Casa Blanca sino de los grandes círculos industriales y financieros hacia la isla era manifiesta. Además, el flamante embajador debió recibir con alarma las noticias procedentes del gabinete en La Habana. El premier Miró había renunciado el 16 de febrero y en mayo lo haría Agramonte. Por demás, comenzaba la alarma por la presencia de figuras vinculadas al Partido Comunista en el gobierno y los primeros acercamientos a la Unión Soviética. Nada de eso debió dejarlo indiferente, en tanto él, como muchos de los intelectuales de su tiempo, tenía serias prevenciones contra los comunistas sobre todo en su vertiente estalinista.

Hay una foto tomada en el aeropuerto de Washington DC, el 15 de abril de 1959, en la que Dihigo abraza al aún joven Primer Ministro Fidel Castro, en su primera visita a Estados Unidos. Da la impresión de que recibe a su antiguo discípulo universitario con sincero entusiasmo. Por unos días debió orientarlo en los vericuetos políticos y sociales de la capital del Norte, prevenir ciertos “arranques” que podían perjudicar su misión, introducirlo en los laberintos de las recepciones diplomáticas. En modo alguno pudo impedir que se notara la animosidad particular del presidente Eisenhower hacia el visitante. Fue un auxiliar prudente y valioso, aunque no fuera su estilo el que se hiciera más visible para la prensa en las reseñas sobre aquella delegación de rebeldes hirsutos.

A la altura del mes de octubre, el apoyo que recibían ciertos grupos de conspiradores armados desde Estados Unidos motivó una protesta cubana ante el Departamento de Estado. Las relaciones llegaron a caldearse al extremo. En noviembre, Dihigo fue llamado a consultas a La Habana. Formalmente allí terminó su misión porque no retornaría a Washington, aunque conservó su nombramiento de embajador hasta que se produjo la ruptura de relaciones diplomáticas el 3 de enero de 1961.

De regreso en Cuba, el abogado intentó reintegrarse a su cátedra, pero el ambiente universitario con su ansia de rápidas reformas no estaba ajeno a excesos y arbitrariedades. Le molestaban las faltas de respeto hacia viejos profesores y hasta la expulsión de algunos sin razones fundadas y decidió acogerse a la jubilación en 1960.

Fue entonces cuando pudo dedicarse a una vocación filológica no desarrollada en su juventud. Organizó la bibliografía de su padre y la publicó en forma de folleto en la imprenta del Archivo Nacional en 1964. Procuró continuar un trabajo inconcluso de aquél sobre los cubanismos en la novela Cecilia Valdés y trabajó durante años en una investigación propia: Los cubanismos en el diccionario de la Real Academia Española, publicada en Madrid en 1974 por la Asociación de Academias de la Lengua Española. Dedicó buena parte de su actividad a la Academia Cubana de la Lengua, de la que fue director casi una década.

En 1989 viajó a Miami con su esposa Caridad Larrondo. Ya no tenía parientes en La Habana y cada vez menos amigos. Quizá eso explique que se decidiera a despedirse de su acogedora casa de 46 y Tercera, en Miramar, con su biblioteca repleta de libros y manuscritos y, ya nonagenario, se estableciera en aquel lugar de la Florida donde falleció en 1991. Para esas fechas muy poca gente lo recordaba en Cuba. Sin embargo, habría que recordarlo, no como un efímero embajador en tiempos de crisis, sino como un gran especialista en Derecho vinculado de manera entrañable a la cultura cubana. (2015).

Un comentario

  1. Felipe R Valera

    Un iluminado, un visionario, en paz descanse.

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