Hace cien años en la prensa cubana

Crímenes, revoluciones, huelgas, naufragios, juicios legendarios.

Archivo IPS Cuba

En la arena local, los hechos de sangre acaparaban el mayor espacio en 1911

Nueve años después de constituida la República, la prensa cubana mostraba en sus páginas la diversidad de los acontecimientos nacionales y foráneos con acento en los desórdenes y oscuridades de la sociedad y la naturaleza humana, según pudimos ver en las páginas del diario La Lucha, de mayo de 1911.

El suceso internacional más relevante por esos días fue La Revolución Mexicana. Titulares desplegados en la primera plana reclamaban atención hacia la guerra que tenía lugar en tierras aztecas, la cual se mostraba en su desarrollo.

En la arena local, los hechos de sangre acaparaban el mayor espacio. Uno de ellos, seguido durante diez jornadas desde su aparición el 3 de mayo, es un relato criminal que en su primer reporte exhibía un atractivo especial, el secuestro.

El campesino camagüeyano Daniel Marrero fue de compras a Sibanicú, pero nunca regresó a su hogar, en finca “La Varía”, Cascorro, y una carta reclamando cuatro mil pesos de rescate llegó hasta la esposa del desaparecido. Los secuestradores amenazaban con asesinarlo si no satisfacían la demanda.

Marrero no era un hombre de recursos, solo tenía su pequeña finca con algún ganado que ni siquiera era suyo. La guardia rural y las autoridades judiciales, en el proceso de investigación, comprobaron que el campesino era bien apreciado en la zona. Las causas del secuestro parecían extrañas y se temía lo peor.

Tres días después, oficiales de la guardia rural, apresaron, en la estación de ferrocarriles de Cascorro, a tres individuos sospechosos. Uno de ellos, armado, trató de impedirlo. Fueron encerrados para interrogatorio. Comenzó a circular el rumor del asesinato de Marrero.

El trabajo intenso de la rural, la policía y las autoridades judiciales con la cooperación de los vecinos permitieron aclarar los hechos. Uno de los encarcelados, de apellido Navarro, fue pieza clave en el caso que finalmente resultó un crimen con sabor a tragedia del teatro clásico griego.

La esposa de Marrero le era infiel con un vecino y entre ambos contrataron a Navarro y a otro individuo para asesinarlo. Diez días después, con el cadáver sin aparecer aún, la población se aglomeró en la estación de ferrocarriles de Cascorro para ver la llegada de los criminales, la esposa adúltera y el amigo traidor.

El mismo día que publicó el artículo que cerraba el caso de Marrero, el periódico destacó en primera plana el naufragio del vapor “Mérida” y la actitud valiente de su capitán, quien abandonó el buque en el último instante, cuando ya todos los pasajeros estaban a salvo, como es de rigor en la ética marina.

Mucha importancia se le concedió también, por esos días, a la Derogación de la Ley de Imprenta que regía desde 1886, la cual representaba una mordaza a la libre expresión. El proyecto fue llevado a la Cámara por el doctor Orestes Ferrara y aprobado por unanimidad. Por su trascendencia, el presidente de la República, José Miguel Gómez, se refirió al tema en una entrevista publicada en el propio órgano de prensa.

Un hecho de gran alcance social, con seguimiento periodístico ese mes, fue la huelga que iniciaron los trabajadores de la empresa de ferrocarriles en Sagua la Grande por el despido de varios obreros. La huelga se ramificó y extendió por la ciudad, se enlazó con los medios obreros de Santa Clara y llegó hasta Cienfuegos.

Dada la magnitud y alcance de la huelga, viajó hacia la provincia central el general Gerardo Machado, entonces ministro de gobernación. El futuro dictador, como buen político marrullero, convenció a los obreros a que depusieran su actitud y se restableció el orden y la calma en Las Villas.

Pero el suceso más recordado del panorama nacional en esa primavera, el de mayor impacto en la memoria colectiva, fue el juicio seguido en la causa por el asesinato de Alberto Yarini Ponce de León y el homicidio de Louis Letot.

Antes de reseñar los acontecimientos en la sala de justicia, en su primer reporte, el periodista de La Lucha ofreció un resumen de “Los hechos” y sus antecedentes. Es decir, la trama que dio lugar a la leyenda de Yarini, re-interpretada, re-construida, re-elaborada en sucesivas versiones literarias, teatrales y cinematográficas. Esta es la síntesis:

El año anterior, 1910, arribaron a La Habana proxenetas franceses e italianos que trajeron consigo un grupo de “mujeres de vida alegre” de sus respectivos países para ejercer sus artes y oficios en el barrio de San Isidro. Los “sosteners”, como les llama el diario, entraron en conflicto con los chulos locales, quienes conquistaron a varias de sus meretrices, en detrimento del negocio de los extranjeros.

La manzana de la discordia, la Helena de esta Troya moderna y marginal fue Berthe Fontaine, una de las queridas del francés Louis Letot. En una ausencia temporal del galo, en viaje a Francia, La petite Berthe pasó al harem de Alberto Yarini.

Cuando Letot regresó, al advertir la fuga de su perla, fue a conversar con Yarini. Pero como hombre de negocios que era, le dijo “que él no había venido a Cuba a matarse por las mujeres, sino a vivir de ellas”, lo cual revela que los tipos duros también son inteligentes y hasta filósofos.

Sin embargo, para sus colegas, “aquello no sirvió”. Porque, ¿dónde iba a parar el honor, la hombría franco-italiana? Había que parar el atrevimiento de los cubanos. Yarini debía recibir un escarmiento y Letot tenía que lavar su honor. A partir de entonces la cosa fue tomando mayor temperatura y el conflicto llegó a su máxima tensión.

Al atardecer del día 21 de noviembre, Louis Letot, Cesar Monna, Jean Petitjean, Juan Boggio, León Darsy, Ernesto Laviere y José Quoirriere, le prepararon una emboscada a Yarini en la calle San Isidro. Conocedores que él visitaría a una de sus mujeres en la vivienda número 60, algunos se apostaron en el tejado de la número 61, al frente, mientras otros, incluyendo a Letot, merodeaban cerca.

A las siete y media de la noche, Alberto Yarini abandonó la accesoria de Elena Morales y salió a la calle. Allá afuera lo esperaba Louis Letot, quien lo recibió disparándole. Los que acompañaban a Letot, también hicieron fuego; igualmente los que estaban en el techo de la casa vecina.

Según el periodista de La Lucha, Yarini respondió con su revólver a los disparos de Letot. Pero no solo Yarini enfrentó a los agresores italo-franceses, sino que José Basterrechea, un social de Alberto, quien estaba muy cerca, salió a batirse y aportó más balas en el frente, más propiamente en la frente de Letot, que murió allí mismo.

Basterrechea fue apresado por los guardias en la esquina de San Isidro y Compostela y el resto de la tropa de asalto unas horas más tarde en sus madrigueras, en Velazco 14 y Habana 205.

Al presentarse la causa, de acuerdo con la Ley, el fiscal pidió cadena perpetua para los confabulados contra Yarini, por asesinato con alevosía, y catorce años para Basterrechea, por homicidio.

Después de una semana de juicio, la sentencia dictada fue más asombrosa que los hechos mismos. Ya “los sucesos de San Isidro” habían pasado a la página 5 del diario, el cual reflejó así la noticia: “La sala primera de lo criminal sentenció ayer la ruidosa causa a que alude el epígrafe, absolviendo libremente a todos los procesados”. Fin del cuento, hace un siglo.

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