Héctor Zumbado: en el cielo del humor y más allá

“Riflexiones” sobre quien nos hizo reír pero también pensar.

Foto: Tomado de www.cibercuba.com

Ante la desaparición física del escritor y periodista Héctor Zumbado, en fecha reciente, no vale acudir al lugar común “deja un gran vacío” porque este ya existía hace más de dos décadas. Desde entonces, las condiciones en que transcurría su vida fueron un misterio y su ciclo creativo había terminado pero ahora, con su partida definitiva, llegarán recuentos y valoraciones de su obra que sitúen, con mayor precisión, su lugar en la literatura y el periodismo cubanos.

El ámbito mayor de H. Zumbado fue el periodismo. Sus punzantes crónicas en las secciones “Limonada” y “Riflexiones”, de Juventud Rebelde, hicieron época y conquistaron masivamente a los lectores. Recogidas en libros, en 1978 y 1980 respectivamente, dieron la oportunidad de llegar a un público más diverso y de superar la contingencia del periódico.

El resto de su bibliografía incluye Amor a primer añejo (1980), El american way (1981), ¡Esto le zumba! (1981), Prosas en ajiaco (1984), Riflexiones (2) (1985), Nuevas riflexiones (1985), Kitsch, kitsch, ¡bang, bang! (1988), y Perfume y olor (1998).

La obra de Zumbado es multigenérica. Él frecuentó el artículo, la crónica, el cuento, el ensayo, y acudió a los recursos que consideró útiles para cada texto. Como situó al humor en el centro de su estilo es usual encontrarlo etiquetado como humorista; mas su periodismo y su literatura trascienden esa clasificación.

En el “prílogo” a Limonada, en 1978, el escritor señaló: “Creo que, en general, Limonada intenta hacer crítica de costumbres, especialmente de algunas deficiencias de temperamento, carácter y personalidad, de ciertas actitudes negativas y otros vicios heredados desde los tiempos de Colón”.

Pero, ¿solo de los vicios heredados hablaban las limonadas? Ciertamente no. Desde mayo de 1969, en que se publicó “La bicicleta”, hasta marzo de 1979, cuando salió “El reloj”, los lectores de Juventud Rebelde se deleitaron con treinta y ocho crónicas que satirizaban no solamente las adaptaciones y transformaciones sufridas por los males heredados, sino también otros vicios surgidos en la nueva época.

En las formas expresivas de las limonadas —como será igualmente en las riflexiones— aparece lo que identificará la escritura de Zumbado: su estilo narrativo, el cual aprovecha la riqueza de la literatura posmoderna pues se vale del pastiche, los discursos populares y marginales, el eclecticismo, la intertextualidad, y la contaminación genérica, entre otros muchos elementos.

Por la diversidad empleada, sus artículos y crónicas de costumbres rebasan ese género periodístico que alcanzara gran altura entre nosotros en el siglo XIX, continuara con fortuna en la primera mitad del siguiente, y que Zumbado se propuso rescatar y superar.

Dos años después de compilar las limonadas, el autor hizo lo propio con las riflexiones; y un año más tarde (1981), con los cuentos. En ¡Esto le zumba!, título de la colección, encontramos, igualmente, la sátira de personajes, actitudes, modos de ser, la representación paródica de conductas sociales y humanas pero no pocas veces dotada de otros valores y matices que la convierten en pieza de arte.

Mencionaremos una tríada de cuentos que validan la última aseveración. Los tres están situados en continuidad en el libro, pero sus contenidos y modos expresivos son muy diferentes entre sí. Solo se semejan por la utilización de un narrador en tercera persona.

“El tipo que creía en el sol” es un cuento prestigiado desde lo académico: el profesor Salvador Redonet lo incluía en sus cursos de narratología en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana hace unos veinte años. Ese aval lo sitúa en una elite.

En esencia, se trata de una narración que discurre sobre la creación y las fuerzas que se le oponen y paralizan, las que también ejercen la represión, sin tener en cuenta la fuerza y alcance de las ideas.

Esa es la lectura en profundidad de un relato muy disfrutable sobre un tipo que quiere enlatar el sol y sale a vender la idea. Entonces se establece un conflicto: este hombre, que representa a los creadores, progresistas, positivos, arriesgados, enfrenta al bando de los burócratas, negativistas, calculadores, cuadrados quienes ejercen el poder y lo utilizan para frenar y anular a los primeros, “clavarle los pies sobre la tierra. Y echarle cal y arena, y hasta piedras…”

El final del relato es, como aconsejaba Cortázar, de nockout. El autor lo resuelve de manera magistral: cuando el protagonista se siente acorralado, le propina un piñazo a la latica que encerraba a la idea, y esta brota e ilumina el mundo.

“La conquista de los catayos” ofrece una muestra notable de la imaginación y el ingenio de Zumbado. Es una narración que subvierte la historia de la conquista de América. En lugar de ser los españoles quienes llegan a Las Antillas y al continente americano, son las civilizaciones precolombinas quienes descubren y conquistan Canarias y la península ibérica, invirtiendo los acontecimientos que tuvieron lugar: “Lo más simpático de todo fue que los catayos [los españoles] pensaron que el inca y la llama eran un mismo animal, sobre todo por los rasgos tan similares del rostro”.

“El presidente vitalicio” está en el linaje de los grandes cuentos minimalistas que se han escrito sobre los dictadores y su poder sin límites. Su estructura y sintaxis se ajustan a una trama donde todo encaja. El final es una bomba cuya detonación, más que matarte, te deja prisionero del efecto.

No todos los cuentos de Zumbado están a la altura de los mencionados pero este trío es suficiente para sacarlo del molde de humorista que le han impuesto. Por cierto, ni “El hombre que creía en el sol”, ni “El presidente vitalicio” son cuentos de humor.

En el nombrado “prílogo” a Limonada, H. Z. apunta: “[…] es curioso que, a pesar del proverbial sentido del humor criollo […]; a pesar de la tradición costumbrista en nuestro periodismo, apenas en nuestra literatura está presente el humor…” Y menciona (sus) excepciones. Más adelante señala que “Nuestro humor –aparte del costumbrismo periodístico– no parece estar en la literatura visual, para leer, sino en la literatura auditiva, para oír”. A continuación cita al teatro, los libretos para la radio, la música popular, y la poesía costumbrista.

Zumbado aprovecha entonces todo ese legado oral, lo incorpora en su narrativa de manera orgánica, lo funde con lo aprendido en la literatura y construye su modo de narrar. Con él nos hizo reír pero también pensar: riflexionar. No debemos olvidarlo. (2016)

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