Mariano Brull pasa en silencio

Diplomático y promotor cultural, como poeta de la vanguardia literaria cubana es un verdadero desconocido para muchos lectores en la isla.

El sexagésimo aniversario del fallecimiento de Mariano Brull Caballero (1891-1956) ha pasado casi tan inadvertido en nuestro panorama cultural como el centenario de la publicación de su primer libro: La casa del silencio (1916). Uno de los poetas fundamentales de nuestra vanguardia literaria es casi un desconocido hoy para los lectores cubanos.

Nació en Puerto Príncipe, luego Camagüey, el 24 de febrero de 1891, en el hogar que poseían en la calle Contaduría el militar catalán Miguel Brull y Seoane y la criolla Celia Caballero y Varela, descendiente de una antigua familia del territorio que había recibido de la Corona el Marquesado de Santa Ana y Santa María, asunto que, por demás, jamás pareció interesar al escritor, que solo parecía creer en la dignidad de la inteligencia.

La familia debió trasladarse según los destinos que se le conferían al padre, por ello, Mariano vivió parte de su infancia en la colonia de Ceuta, antes de pasar a Málaga. Tendría alrededor de diez años cuando regresó a su ciudad natal y fue matriculado en el colegio de los Padres Escolapios, donde la mayor parte de los profesores eran catalanes como su progenitor. Ya por esos tiempos comienza a cultivar la poesía y algunos de aquellos versos aparecen en publicaciones locales.mariano-brull

Estudió Derecho en la Universidad habanera pero aunque era estudiante aplicado, no tuvo dificultades para introducirse en el ambiente intelectual y frecuentar las tertulias de la redacción de El Fígaro, asistir a teatros y animar conferencias y lecturas poéticas junto a sus amigos Pedro Henríquez Ureña y Francisco José Castellanos.

Su primer libro de poemas: La casa del silencio apareció en Madrid en 1916 con prólogo de Henríquez Ureña. En él se hace evidente no solo la lógica influencia de Rubén Darío y otros modernistas americanos, sino la veneración que el joven siente por Juan Ramón Jiménez y su búsqueda de la perfección arquetípica de los poemas.

A partir de 1917 se produce un cambio decisivo en la vida del joven escritor, cuando recibe su primer destino diplomático como Secretario de segunda clase en la Legación de Cuba en Washington. Comienza entonces una larga carrera en el servicio exterior que se prolongará por la mayor parte de su vida y lo llevará a Washington, Lima, Madrid, París, Bruselas, Berna, Roma, Ottawa y Montevideo.

En todos esos años, el escritor tuvo un hogar itinerante del que formaban parte no solo su esposa Adelaida Baralt Zacharie (1889-1952) y sus hijas Sylvia, Cristina y Ana María, sino también sus suegros: Luis Alejandro Baralt Peoli y Blanche Zacharie Hutchins, esta última una gran amiga de José Martí durante su exilio en New York. Donde fueran establecían muy pronto relaciones con escritores y artistas y animaban tertulias intelectuales en las que la poesía tenía un lugar privilegiado.

Brull, hombre de múltiples preocupaciones, fue crítico de arte, en París fue jefe de redacción de la Gaceta Musical fundada por el mexicano Manuel Ponce; y también mantuvo estrechas relaciones con Pablo Picasso y con el poeta Paul Valéry, del que tradujo La joven parca al castellano con tanta perfección como sus versiones de algunos textos de Stephan Mallarmé. Asimismo, fue quien introdujo al joven Alejo Carpentier en el mundo intelectual parisino.

Para Mariano el ejercicio de la diplomacia no era una prebenda, ni un pretexto para viajar, sino una forma superior de labor cultural. Tomó con seriedad y empeño sistemático sus labores, en las que acumuló una envidiable experiencia profesional, al margen de las veleidades políticas insulares. Gracias a él, pudo Alejo Carpentier desembarcar en París sin documentos en 1928, sin ser devuelto a la policía de Machado. Desde su sede en Bélgica ayudó Brull a salir de Europa a muchos judíos alemanes y se ocupó de gestionar la repatriación de cubanos durante y después de la Guerra Civil Española. No siempre estuvo libre de riesgos, en 1939, ante la inminencia del inicio de la Guerra Mundial, fue autorizado a regresar a Cuba con su familia, llegaron ilesos, pero el barco que conducía sus muebles y objetos valiosos fue hundido por un submarino alemán.

Su labor pública no se detuvo durante el obligado paréntesis habanero. Fue uno de los organizadores de la Segunda Conferencia Americana de Comisiones Nacionales de Cooperación Intelectual, celebrada en noviembre de 1941, en ella fue nombrado como uno de los consejeros técnicos para la creación en América de un Centro Internacional de Cooperación Intelectual, antecedente de la UNESCO fundada en 1947. En 1940 había colaborado con Chacón y Calvo en la organización de la exposición Escuelas europeas en la Universidad, para ella Brull prestó piezas de su propia colección entre las que se destacaban dibujos de Jules Pascin y Pablo Picasso, además de su busto modelado por el escultor español Enrique Pérez Comendador. Un detalle menos recordado es que preparó un volumen con Poemas selectos de Juan Clemente Zenea, precedido de su ensayo “Juan Clemente Zenea y Alfredo de Musset. Diálogo romántico entre Cuba y Francia”, publicado por la Editorial Lex en 1945, con ilustraciones de Amelia Peláez y que hoy constituye un ejemplar raro y valioso en la bibliografía cubana.

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En contacto con las nuevas tendencias de la poesía que se debatían con ardor en la Ciudad Luz, Brull se inclinó por la llamada “poesía pura” y aunque tomó a broma ciertos disparates, ella influyó decisivamente en su obra posterior. El ensayista mexicano Alfonso Reyes uno de sus contertulios en París recuerda el origen del término jitanjáfora que es casi lo único que nuestras actuales historias literarias reconocen en la ejecutoria del camagüeyano:

“En aquella sala de familia, donde su suegro, el doctor Baralt, gustaba de recitar versos del Romanticismo y de la Restauración, era frecuente que hiciera declamar a las preciosas niñas de Brull. Éste resolvió un día renovar los géneros manidos. La sorpresa fue enorme y el efecto fue soberano. La mayorcita había aprendido el poema que su padre le preparó para al caso; y aceptando la burla con la inmediata comprensión de la infancia, en vez de volver sobre los machacones versos de párvulos, se puso a gorjear, llena de despejo, este verdadero trino de ave:

Filiflama alabe cundre
ala olalúnea alífera
alveola jitanjáfora
liris salumba salífera.

Olivia oleo olorife
alalai cánfora sandra
milingítara girófora
zumbra ulalindre calandra

Escogiendo la palabra más fragante de aquel ramo, di desde entonces en llamar “Jitanjáforas” a las niñas de Mariano Brull. Y ahora se me ocurre extender el término a todo este género de poema o fórmula verbal. Todos, a sabiendas o no, llevamos una jitanjáfora escondida como alondra en el pecho”.

Aunque este procedimiento existía hacía siglos y lo habían empleado autores como Lope de Vega y Sor Juana Inés de la Cruz, él lo desarrolló en versos frescos, ingeniosos y llenos de buen humor, especialmente en su libro Poemas en menguante que apareció en 1928 e influyó en algunos poetas cubanos, especialmente en su coterráneo Emilio Ballagas. Sin embargo esta poesía, que algunos teóricos llamaron impropiamente “poesía pura” cedió su lugar en sus libros de madurez: Tiempo en pena (1950) y Nada más que…(1954) a una escritura más íntima y existencial, de fuerte matiz filosófico. Mas, como escribió Roberto Fernández Retamar en La poesía contemporánea en Cuba:

“La unidad de esta obra, a lo largo de más de veinte años, ofrece la sorpresa de una labor casi sin evolución, como si la objetividad que toda poesía pura comporta hubiera borrado la necesaria vida del poeta y sus necesarias alteraciones”.

Cuentan que en una ocasión Gabriela Mistral dijo a Brull de manera abrupta: “Mariano, ¿qué vas a hacer con esos cristalitos cuando seas viejo?”. La autora de Ternura no creía que la poesía de su colega sirviera para consolar ni para dar calor. Era un criterio particular e injusto, pero que ha parecido guiar a la mayor parte de la crítica cubana. Nadie niega el papel de precursor de este camagüeyano en la vanguardia literaria insular, su influencia, bien que efímera en Ballagas o en Florit, pero su opción por la “poesía pura”, los elogios que Valéry le dedicara, la obra forjada al margen de las corrientes más visibles de la escritura en Cuba, más bien son tratados con la misma reserva que por décadas acompañó el quehacer de su predecesor Julián del Casal. Es como si no se le pudiera perdonar su sensibilidad poco común, su aristocracia espiritual, el hecho de haber llegado a donde no pudieron otros.

Por mi parte no puedo dejar de conmoverme con el relato de los años finales del poeta: en 1950, durante su misión diplomática en Ottawa, falleció su suegra Blanche Zacharie de Baralt, era el anuncio del desplome de aquel hogar ideal e itinerante que había sostenido por décadas. Dos años después fue su esposa Adelaida Baralt la que halló la muerte en Bruselas. En 1954, funcionarios del régimen golpista cubano privaron a Mariano de su embajada en Montevideo con el pretexto de que desobedecía órdenes oficiales.

La familia volvió a establecerse en La Habana, en la calle 25 del Vedado. Como escribiría José María Chacón y Calvo: “Había realizado el sueño de su vida: tenía la morada ideal del poeta. Era aquella “la casa del silencio”. La rodeaban muy bellos jardines.” Todavía quedaron alientos al poeta para publicar un libro, dar alguna conferencia en el Lyceum y hasta para visitar por última vez su natal Camagüey en 1955. Lamentablemente, el escritor apenas pudo habitar aquel paraíso menos de dos años. Falleció el 8 de junio de 1956 y fue enterrado con honores de diplomático, aunque seguía en el poder el mismo gobierno que lo había destituido.

En 1983 la editorial Letras Cubanas publicó una amplia selección de su poesía preparada por Emilio de Armas, pero esta no ha sido reeditada y Brull permanece envuelto en ese silencio del que no logra hacerlo salir aniversario alguno. (2016)

Un comentario

  1. José Luis Elso Gomá

    Los Brull Seoane no eran ninguno catalán, el apellido era catalán pero ni su padre Brull Sinués( militar) ni su abuelo Brull Machado ( médico y militar) eran catalanes
    Un saludo

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