1Q84

Los mundos paralelos.

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Haruki Murakami es considerado uno de los más importantes escritores japoneses contemporáneos

Haruki Murakami es considerado uno de los más importantes escritores japoneses contemporáneos, quizás el que con más fortuna ha obtenido el favor de los lectores de su país y de occidente. Al decir de sus editores españoles, este artista, nacido en Tokio en 1949, “es uno de los pocos escritores que ha dado el salto de autor de culto a autor de prestigio y con grandes ventas tanto en su país como en el exterior”.

Creador de novelas como Tokio Blues, Kafka en la orilla (proclamada por el New York Times como la mejor novela del año 2005), Norwegain Woods, ha tenido un suceso arrollador en los últimos años con una voluminosa y enigmática novela titulada 1Q84. Lamentablemente, Haruki Murakami es también uno más de los muchos importantes escritores contemporáneos que permanece desconocido para los lectores cubanos y hoy, para la mayoría de los que vivimos en la isla, resulta algo así como una referencia o un deseo que forma parte de un mundo paralelo al cual, por falta de caminos o vasos comunicantes, muchos no pueden acceder.

Inspirado en el concepto y en el título de la ya clásica novela de George Orwell 1984 (también desconocida –aunque mucho menos- para los lectores cubanos, solo que en este caso por razones fáciles de colegir), Murakami despliega todas sus sutilezas y obsesiones en este reciente libro. 1Q84 no es solo el título de la novela: es la clave de su concepto, el cual se refiere a la existencia de un mundo paralelo al que viven sus personajes ubicados en el año 1984, un año 1Q84, muy parecido pero a la vez diferente del otro, un tiempo ubicado en un espacio al que se puede acceder, pero sin conseguir que ambos mundos puedan establecer la comunicación hacia la coincidencia.

Hace unos meses cuando –privilegiado que soy en este sentido- pude leerme los dos volúmenes que conforman la extensa novela 1Q84, resolví algunas de mis “diferencias” literarias con la escritura de Murakami, y me apropié de la inquietante sensación que provoca su fábula levemente futurista, que es, al fin y al cabo y sobre todo, una reflexión centrada en la incomunicación entre los seres humanos, sus conductas, sus anhelos, debido a la ruptura entre la dura realidad del simbólico y orwelliano 1984 y su gemelo paralelo, 1Q84, no menos agreste.

Cuando menos lo esperaba, gracias a una conversación con mi esposa y a los efectos sibilinos que puede tener el buen arte sobre sus consumidores, aquella fábula de mundos paralelos del novelista Murakami se me hizo evidente como una manifestación de la más palpable y rotunda realidad cubana en la que vivo. Se trata de esta realidad en la que, además del año 2012, parece que también puede haber años que sería posible notarlos como Z012, 201S, 20L2 y, en el último extremo, el desarbolado Z0LS: tiempos y espacios que se asemejan, en ocasiones se calcan sin tocarse, se acercan incluso, pero que apenas consiguen comunicarse y, los más dramático, a veces ni entenderse.

El hecho de que la vida económica y social cubana haya generado mundos paralelos, ubicados en la misma geografía y momento, puede resultar una idea bastante extraña de admitir en un país que políticamente se impuso hace años la homogeneidad de sus moradores, en busca del sueño de que todos fuésemos iguales (aunque, ya lo advirtió el mismísimo Orwell de las utopías negativas y el Gran Hermano, siempre hay algunos que son más iguales que los otros).

Lo cierto es que hoy, en Cuba, se puede marcar la convivencia de diferentes universos que, gracias a las diversas posibilidades económicas, políticas, sociales (con todas sus consecuencias) e incluso informativas, educacionales, habitacionales y geográficas de sus moradores, se mueven por territorios separados por abismos profundos, en ocasiones hasta de los llamados “abismos infranqueables”.

Una evidencia de cómo pueden manifestarse estas distancias me la ofreció los numerosos rebotes que provocó una crónica publicada en este mismo rincón de la red, a la cual titulé “Urbanidad” y en la que me refería, a través de un recorrido por actitudes sociales acendradas, al hecho de cuánta urbanidad hemos ido perdiendo los cubanos en los comportamientos diarios. Lo notable de esa resonancia social y lectora de la crónica fue que me permitió caer en cuenta de que quienes habían tenido acceso a ese texto, lo leían, lo comentaban, lo enviaban vía email a listados de destinatarios, son posiblemente las personas que menos cometen los desmanes descritos en el texto, mientras que los retratados en él muy difícilmente tendrían acceso a su lectura por circunstancias tan precisas como que no poseen cuentas de correo electrónico, tampoco computadoras, y apenas leen. ¿Qué cantidad de cubanos caen en uno y en otro lado del doble muro informativo y de posibilidades que separa 2012 de Z012? ¿Es posible a mediano plazo comunicar esos dos universos sociales y a la vez económicos convivientes pero informados de manera diferente y con acceso muy disímil a posibles lecturas y, por tanto, reflexiones posibles a partir de ellas?

Por supuesto, entre los que de una forma u otra tiene mayor acceso a la información y la lectura de materiales no difundidos por los espacios oficiales, existen niveles, o mundos estratificados. Los todavía muy pocos cubanos que acceden a Internet viven más plenamente en 2012 que quienes no lo pueden hacer, y si el acceso a Internet se complementa con la posibilidad de viajar al exterior (físicamente o, incluso, por persona traspuesta, como se suele decir: o sea, un socio) y comprar o leer otra literatura que por muchas razones diferentes no circula en Cuba, pues la distancia entre esos dos mundos cercanos se acentúa y hace de 2012 un tiempo mucho más lejano del ya preterido Z012, que empieza a ser, en realidad, Z01S (donde, por cierto y para variar un poco las cosas, puede llegar un cable tendido –alquilado casi siempre- por un vecino, con el cual se tiene acceso a “Sábado Gigante”, “Caso cerrado” y a los noticieros del canal 23… de Miami).

Esas distancias visibles en un territorio tan específico y sensible, también empiezan a observarse con nitidez en otros asuntos incluso más dramáticos: ahí está, por ejemplo, el grupo de personas que realizó una marcha contra la homofobia por un sendero obviamente paralelo al estadio en pleno que ofendía a los jugadores rivales gritándoles “¡Ruge, leona!”. Pero también se encuentra, por otro ejemplo más complicado, el paralelismo que marca los diferentes niveles de posibilidades económicas cada vez más acentuados en los últimos años. En este caso parece patente que hay un espacio creciente entre un pequeño sector de la sociedad con acceso a cifras económicas que malamente pueden soñar los que habitan en el mundo del empleo pagado por el Estado y el del cuentapropismo menos favorecido. Mientras el primer sector compra automóviles y casas, acude a paladares y hoteles, el otro, mayoritario, necesita procurarse ciertos inventos, hacer malabares, rogar que no clausuren las trapishoping para vivir dignamente con sus pesos cubanos en un país donde las dos monedas abrieron, hace casi dos décadas, la brecha entre mundos que se distinguen por tener notaciones distintas: CUC y CUP, con todo el rigor que la multiplicación por 24 significa entre esa C y P final de ambas siglas.

La estratificación social, económica y hasta ética que se acentúa en la isla ya tiene consecuencias y las tendrá de manera más patente en el futuro. El sueño de justicia social e igualdad, al cual políticamente no ha renunciado el país, peligra quedarse solo a nivel de sueño o, cuando menos, bastante desarbolado. Los que viven en CUP en un barrio marginal o marginalizado hablan y piensan muchas veces de manera diferente de los que ganan CUC –por vías legales, familiares u otras- y habitan los barrios más cotizados (el precio de ventas de las casas en uno y otro sitio aclararía cualquier duda). Porque ya se sabe que el hombre piensa según vive… Y para nada se vive igual en 2012 que en Z012, 201S, 20L2 y, menos aun en el tétrico Z0LS, de donde a las personas hoy les resulta más difícil salir hacia otro mundo que a los personajes metidos por Murakami en 1Q84, siempre deseosos de volver a la normalidad de 1984.

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