Adiós a los libros

La era de los ebooks pretende suplantar la literatura tradicional de papel.

Jorge Luis Baños - IPS

Internet y las nuevas tecnologías pueden convertirse en los sepultureros del libro de papel

Mientras una parte de la población mundial ni siquiera sabe leer y el libro impreso es aún prácticamente desconocido para otros muchos, en la otra mitad se especula sobre su posible, y quizá inevitable desaparición.

Internet y las nuevas tecnologías pueden convertirse en los sepultureros del libro de papel, según vaticinan los medios y los especialistas, y si eso llegara a ocurrir, supondría el comienzo de una nueva época donde el acceso al conocimiento y a la información dependería cada vez más de un desarrollo tecnológico fuera del alcance de muchas comunidades y hasta de ciertos países.

En un artículo a propósito del tema, un periodista español señalaba que quizá en un futuro no tan lejano, en naciones como China y la India, los niños ni siquiera conocerán los libros de papel porque tendrán a su disposición sus versiones digitales, y de paso se librarían de cargar a diario sobre sus pequeñas espaldas los pesados textos escolares.

Sin duda alguna la transformación ha empezado ya y al parecer resulta indetenible: el mercado norteamericano se ha convertido en el mayor consumidor de libros electrónicos y Amazon, la gran compañía estadounidense de comercio electrónico, anunció en la Feria del Libro de Madrid que sus ventas de ebooks, según el término derivado de la contracción de las palabras inglesas electronic book, ya superan a las de textos de papel.

Hace sólo unos días un amigo me comentaba que para él, fanático lector (y español, por más señas), el “Kindle” había sido un gran descubrimiento, aunque yo, habitante de un país que no se caracteriza precisamente por estar al día en las novedades digitales, no tenía la menor idea del aparato que lo había cautivado.

Entonces me explicó que Kindle no es más que el nombre comercial de un lector de ebooks, (ebook reader), un dispositivo portátil comercializado por la tienda virtual Amazon.com, que además permite comprar y almacenar los textos.

Al comprobar mi completa ignorancia sobre el tema, mi amigo me facilitó un sencillo folleto promocional (L’ebook spiegato in 20 pagine), donde se ampliaba un poco más esta información.

Existen en el mercado otros dispositivos electrónicos que también se pueden utilizar con igual fin. El folleto cita el iPod, la famosa marca de reproductores multimedia portátiles diseñados y comercializados por la firma Apple, y las tablet PC, que son pequeñas computadoras portátiles con múltiples prestaciones como la conexión a Internet, la reproducción de música o la visualización de películas. El artefacto posee una pantalla táctil que permite al usuario interactuar con ella sin teclado físico o mouse.

Está claro que en cualquier computadora común y corriente también se puede leer, pero el ebook reader fue creado con ese fin específico y por tanto ofrece mayores facilidades, como son peso y dimensiones similares a las del libro de papel, aportar una luz propia y adecuada a este fin, no provocar cansancio ocular después de un uso prolongado y estar dotado de mayor autonomía energética.

Por otra parte, mientras que los libros de papel requieren de espacio físico para su almacenamiento, con el ebook esto no representa un problema pues se puede disponer de una gran colección en menos espacio.

En sentido general, comparado con el libro tradicional su coste suele ser menor y la entrega del producto se realiza de forma inmediata. Además son más duraderos, pues no se deterioran con facilidad, y para el viajero representan una ventaja extra porque puede llevar consigo una gran cantidad de títulos. Esta opción también incluye la posibilidad de acceder a elementos multimedia, como música o animaciones.

Pero a veces ocurre en este mundo cruel que los beneficios de unos pueden convertirse en la peor pesadilla de otros, como ha sucedido en muchos países con los libreros y las editoriales tradicionales, amenazados por el peligro de la extinción.

Y esto es así porque, según opiniones especializadas, en la nueva era del libro digital las tradicionales librerías casi no tendrían razón de ser, las imprentas quedarían reducidas a su mínima expresión y el editor estaría obligado a “reciclarse” si pretende mantenerse en el negocio.

Por otra parte la reconvención no garantiza totalmente la supervivencia de los editores, puesto que las descargas ilegales constituyen la mayor amenaza contra su trabajo, tal y como lo es ya para las disqueras y las compañías cinematográficas, que han visto sus beneficios drásticamente disminuidos debido a la piratería.

Visto en abstracto, la existencia del libro electrónico debe suponer el abaratamiento de los costes de producción y, en teoría, hará posible su acceso a un mayor número de personas, siempre y cuando posean el ebook reader o cualquier otro dispositivo electrónico que posibilite la lectura, y pague por la adquisición del contenido.

Precisamente aquí se pueden apreciar algunas de las desventajas del ebook con respecto al libro tradicional, como son la condición previa de digitalización del texto, la necesidad de disponer del soporte digital para su lectura y en algunos casos del acceso a Internet, y la existencia de formatos incompatibles entre sí, según conviene a las reglas de este peculiar mercado.

Después de esta rápida y necesaria puesta al día, además de congratularme por las ventajas que trae al mundo moderno el ebook, no pude evitar una cierta alarma ante la anunciada, al parecer inevitable y seguramente poco deseable muerte del libro de papel, y que quizá no sea la única, pues todo hace indicar que la llamada prensa escrita también puede correr la misma suerte.

Sobre todo me pregunté cómo se hará llegar la información, la literatura, el conocimiento en fin, hasta esos rincones del mundo cuyas sociedades o una gran parte de su población vive todavía en una era pre-digital, y a quienes muy poco podrá servirles la existencia del llamado Proyecto Gutenberg, creado con el fin de habilitar una biblioteca virtual gratuita, con libros electrónicos por los cuales no hay que pagar derecho de autor.

Y aunque facilitar el acceso a esta avanzada tecnología mucho podría contribuir en tales sociedades a acelerar su paso a la modernidad, la brecha tecnológica –y por lo tanto social y económica-, seguirá creciendo y será aún más insalvable para quienes hoy no puedan concretar el salto.

Por eso pienso que, al menos de momento, el libro de papel no morirá. No por las razones de pura nostalgia esgrimidas por quienes siempre echaremos de menos el inconfundible olor de la tinta y el ligero crujir de la hoja entre las manos. No puede morir porque allí donde aún no han llegado las nuevas tecnologías, tal vez llegue más fácilmente el libro impreso.

Y, en medio de esas disyuntivas, pienso en el caso cubano, tan específico.

Mientras en el resto del mundo se vaticina una lenta agonía, incluso la muerte clínica para el libro de papel, en Cuba no deja de aumentar su demanda.

Ya resulta un lugar común escuchar que la tirada de un título ha sido limitada a una cierta cantidad de ejemplares por falta de papel y en muchos casos los libros agotados tampoco se suelen reeditar por esa misma razón.

Pero si el papel es tan escaso y la demanda continúa aumentando, la solución más lógica sería empezar a crear condiciones para facilitar el acceso a Internet y, con ello, la consulta de libros de texto para los estudiantes, así como de literatura y otras materias de interés general.

Sin embargo, al menos de momento nuestra sociedad no está en condiciones de asumir ese reto y continuamos dependiendo, nos guste o no, de la letra impresa. Por diversas limitaciones que no siempre obedecen a razones estrictamente económicas, lo cierto es que todavía nosotros también vivimos en la era pre-digital.

No se trata de que a imagen y semejanza de las sociedades de consumo, iniciemos una loca carrera en pos del último cacharro electrónico. Ni siquiera se trata de que cada cubano aspire a tener su Kindle, su tablet PC o una simple computadora de mesa (aunque no estaría mal).

Se trata más bien de que la propia sociedad en su conjunto empiece a tener un acceso real a esas tecnologías, las cuales ni siquiera se encuentran disponibles en nuestra red de bibliotecas.

De ahí que, quizá en un futuro no muy lejano, nuestro país se convierta nuevamente en una referencia para todos, al recibir el inmenso honor de ser declarado reserva mundial del libro de papel, mientras en la mayor parte del planeta éste se haya convertido en objeto de coleccionistas.

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