Arte en la esfera pública

La Bienal, dentro y fuera.

Jorge Luis Baños - IPS

La Oncena Bienal de La Habana quedó atrás con su explosión de arte en la esfera pública y en los espacios institucionales

La Oncena Bienal de La Habana, recién concluida, estuvo dedicada a los imaginarios sociales y la esfera pública. Los artistas visuales convirtieron a la ciudad en un gigantesco espacio de creación y participación porque los organizadores se propusieron llevar el arte a la calle, exponerlo ante los ojos de quienes no visitan las galerías.

Instalaciones, esculturas de pequeño, mediano y gran formato, pintura, cerámica, grabado, performances, propiciaron una explosión de imágenes y colores en sitios diversos para sorpresa de los transeúntes, quienes se convirtieron en receptores casuales de arte.

Esa vocación popular de la Bienal no excluyó las exposiciones en espacios institucionales; por el contrario, se multiplicaron en sus dos vertientes: centrales y colaterales. Pero su apertura a la esfera pública le dio carácter especial al encuentro.

No es la primera vez que, en el contexto de la Bienal, los artistas confrontan sus obras fuera de las instituciones, aunque nunca antes las acciones fueron tan expansivas, irradiantes. Tampoco es nuevo que los creadores hagan exploraciones y búsquedas en comunidades habaneras. Ahí están los proyectos de José Fuster, en Playa; Muraleando, en Lawton (Diez de Octubre); o el de Cecilio Avilés en La Habana Vieja y Cerro, que no son los únicos.

Atractiva, en esta Bienal, resultó la integración en los múltiples escenarios, de actores muy diversos en cuanto a disciplinas de trabajo. Y no solamente fueron los artistas visuales; también los proyectos sumaron a filólogos, sociólogos y otros especialistas. La convergencia de los lenguajes del teatro, la danza, la literatura, el folclor, o el deporte, ampliaron la resonancia de los espacios, enriquecieron las lecturas.

La atención a los imaginarios sociales se materializó en proyectos tan sugestivos como el nominado hereG. Tribus urbanas en Cuba, curado por Yenela Miranda Bueno con la participación de diseñadores e impresores que trabajaron en la realización de carteles y vestuarios en consonancia con el tema.

Los artistas hicieron en sus carteles una representación de 10 tribus urbanas –mikis, hippies, gamers, rastas, raperos, reguetoneros, skaters, emos, punkis y metaleros–; obras que fueron expuestas en el espacio institucional de los rockeros capitalinos (el Maxim Rock), en el cine Yara y en la galería del taller de serigrafía «René Portocarrero». Pero también organizaron una pasarela en la calle G, del Vedado –sede pública de varias tribus urbanas– donde mostraron, en un desfile, la estética de cada tribu representada.

Esta acción, que trasciende la institución arte, sitúa una vez más a los artistas en el ejercicio de funciones que no han sido suficientemente ejercidas en otros ámbitos de especialización (académico, o periodístico, por ejemplo).

Ciertamente no es la primera vez que las artes visuales focalizan el fenómeno de las tribus urbanas. Recordemos el documental Close Up, estrenado en el Festival de cine latinoamericano de 2009, donde desfilan, hablan y actúan emos, góticos, rapers, dancers, skaters y una versión habanera de los flogers.

De manera que esta pasarela montada por el proyecto hereG dialogó con el espacio donde se realizó –la pasarela institucionalizada en la esfera pública– y también con Close Up que lo había hecho antes. Y, acotemos, que las tribus acudieron a la cita con los artistas, incluso los emos, superando sus depresiones.

Dada la gran variedad de espacios intervenidos por los artistas, era imposible verlo todo en un mes, por eso uno se pregunta: ¿Acaso no es mejor escalonar las acciones en el tiempo? La pregunta es pertinente, también, con las muestras en las instituciones: demasiado para consumir en 30 días. Solo a La Cabaña había que dedicarle una semana. En aquella fortaleza, atestada de arte, había exposiciones muy bien pensadas y otras no tanto. Pero, de cualquier forma, apabullante.

Las exposiciones en Bienales dejan ver algunas costuras al margen de las obras: qué interés le puso el creador a la convocatoria institucional, o bien, cuáles son las estrategias de marketing de artistas y curadores.

Por eso, algunas salas de La Cabaña te halaban más que otras, con independencia del prestigio del artista. Vimos a Rubén Rodríguez, ¬heredero legítimo de Servando Cabrera en el erotismo, atento a su espacio, más que seductor (“Arenas del deseo”), como reconociéndote y obligándote a visitarlo; y, ¿quién, al pasar, escapó al embrujo de “Gangsters en La Habana”, de Reinerio Tamayo?

Entre las estrategias promocionales de esta Bienal estuvo la apertura de los estudios del artista hacia el público, los llamados open-house, una práctica que contribuye a la descentralización de los espacios tradicionales de creación y exposición, propiciando una cercanía que dinamiza y potencia al estudio, rompiendo fronteras y tejiendo nuevos roles. Algunos proyectos en La Habana ya venían trabajando de esa forma, pero esta cita les dio mayor visibilidad.

La Oncena Bienal de La Habana quedó atrás con su explosión de arte en la esfera pública y en los espacios institucionales. Provocó, sedujo, atrajo a consumidores habituales y a espectadores de ocasión. Los primeros festejamos lo visto, pero lamentamos lo que nos perdimos. La próxima, ¿será también tan inapresable en su gigantismo?

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