Ay, la pelota

Leonardo Padura analiza el estado actual del deporte nacional y afirma que “algo más que un juego es lo que está en juego”.

Archivo IPS Cuba

La actuación cubana en los juegos panaméricanos fue una de las peores de la historia del beisbol nacional

Hace ya demasiado tiempo que los cubanos vivimos entre espejismos, creados por diversos sectores de la sociedad y alegremente alimentados por ciertas esferas de decisión y de creación de opinión.

Con verdades a medias, o con el ocultamiento de realidades, hemos hablado, entre otros ejemplos, de la recuperación del sector azucarero, para luego terminar descubriendo el desastre al que llegó la zafra del año pasado; o se pretendió la universalización y municipalización de la educación superior, cuando en realidad lo que se necesitaba era la formación de técnicos y obreros calificados.

Por supuesto, también hemos oído y leído, hasta la saciedad, que Cuba es una potencia deportiva y que el beisbol cubano goza de excelente salud, que se recupera, que la Serie de Oro (2010-11) mereció su nombre y que, a pesar de los cambios en los torneos internacionales, nuestras actuaciones son, cuando menos, meritorias.

La verdad, sin embargo, es que desde hace una década el beisbol cubano apenas logra alguna que otra corona en la arena internacional, no ya en torneos de primer nivel, incluso en ocasiones hasta en competiciones menores, a los que el resto de los participantes no envían sus primeras (o siquiera segundas) nóminas pero los cubanos llevan a sus mejores jugadores en activo en el país.

La derrota sufrida en el partido por el título contra Holanda en el recién finalizado Campeonato Mundial efectuado en Panamá no es, pues, obra de la casualidad, ni siquiera de la lógica (la posible mayor calidad del contrario) y mucho menos de la mala suerte (que más de una vez he oído invocar): es el fruto de una crisis interna que una y otra vez explota cuando la selección de los mejores jugadores del patio enfrenta a rivales internacionales. Cuba ha pasado a ser, del eterno monarca que siempre fue, a una especie de subcampeón ad perpetum (en el mejor de los casos) en cuyo juego se manifiestan los males de una organización interna que clama a gritos por muchísimas renovaciones, incluso cambios “de concepto y estructura”. Romper el espejismo, como lo hace la dura realidad de las competencias…

Como son tantas las penas que matan al beisbol cubano (y se agolpan unas a otras), me detendré a enumerar y comentar algunas de las que, quizás, pudieran tener soluciones inmediatas. Obviaré, por ello, el tema de las migraciones de jugadores establecidos y de talentos emergentes hacia los circuitos profesionales, pues más que una decisión solo deportiva, implica varias resoluciones de carácter político. O la también peliaguda cuestión de la transmisión de partidos del mejor beisbol que se juega fuera de la isla (como se hace con el fútbol o el tenis). Incluso, no entraré en el territorio de lo subjetivo con la idea de que los jugadores cubanos compiten con un exceso de presión de carácter extradeportivo.

Para empezar habría que mencionar la prensa especializada. Aunque algo está cambiando, la asentada ausencia de espíritu crítico, analítico, de seriedad incluso, campea por su respeto en el sector. El triunfalismo que suele exhibir resulta, hace tiempo, sencillamente patético. Proclamar, por ejemplo, que una serie nacional como la pasada, donde cualquier jugador bateaba más de 20 jonrones no era un síntoma de una enfermedad peligrosísima, constituye una falta de respeto a la inteligencia de los conocedores. Y al no cumplir su rol de crear conciencia del problema tampoco esa prensa podrá, por ende, responderse a la pregunta que hoy se hace todo el país: ¿y dónde se meten esos jonrones en los torneos internacionales? ¿Por qué un día batea y otro no lo hace ese equipo de jonroneros?

Para seguir, es evidente que existe en Cuba una crisis de capacidad de decisión en los mánagers de los equipos provinciales y en los nacionales. La más evidente de sus torpezas está en el empleo de los lanzadores, cuyas funciones no se respetan, ni en Cuba ni en el extranjero. Pero, tras esa garrafal indisciplina técnica y táctica, van la práctica de un beisbol asentado solo en la ofensiva por la ofensiva, gracias a la brecha que deja la baja calidad de un por ciento notable de los lanzadores que participan hoy por hoy en nuestras series nacionales. Se abusa del toque de bola pero se olvida el robo de bases, se desestima el corrido y bateo y se apuesta al batazo: se esquematiza un deporte que no admite esquemas sino la aplicación de la infinidad de variantes aplicables en cada momento, cualidad a la que debe su grandeza. Los errores y horrores que se comenten desde el timón de la selección nacional, muchas veces son hijos de esa falta de coherencia táctica, estratégica y hasta humana con la que los directores técnicos se pasean por el campeonato cubano.

Y, para terminar, el manido tema de la estructura. Parece palmario que celebrando 90 partidos en los que el nivel competitivo no es precisamente elevado no se puede jugar buena pelota. Hoy por hoy una serie nacional con menos conjuntos, o con sistemas de ascenso y descenso de los equipos a un primer nivel, o cualquier otro que garantice una concentración de calidad resulta un alarido que no se acaba de escuchar a pesar de lo que se observa. El colmo de la contradicción resulta que, al dividirse política y administrativamente una provincia, también se le aplique una división deportiva de la cual todos sabemos que saldrán dos equipos débiles: porque en este caso es pura división, no multiplicación. ¿Era imprescindible hacer dos equipos de uno y hasta alterar el calendario global de la serie?

Más de una vez he dicho -porque lo siento así desde hace muchos años-, que la pelota es más que un juego para los cubanos: constituye una cuestión de idiosincrasia, cultura, identidad nacional. Ganar o no ganar en un campeonato no significa una catástrofe, pero no ganar casi nunca sí: y de proporciones mayúsculas. Perder un Mundial de pelota contra Holanda anda cercano a la afrenta.

El hecho de que haya en Cuba más fanáticos del Barça o del Real Madrid que de Cienfuegos o Las Tunas resulta algo que invita a pensar. El mundo vive hoy una crisis de muchas aristas, un cambio de época con la llegada de la era digital, y existen valores que precisan ser conservados con el mayor celo posible, pues el destino de casi todo está en discusión. Como cubano, creo que el disfrute de la pelota es uno de nuestros asideros a lo que fuimos y somos. Parece evidente, entonces, que no se trata solo de un juego lo que está en juego.

2 comentarios

  1. Josué Portal

    Hola Padura,

    Ver a Cuba como una potencia deportiva, por la cantidad de medallas que obtiene en eventos internacionales, es un espejismo ¿Es a ese espejismo al que se refiere? Le pregunto porque me parece interpretar un paralelo con el asunto cañero y la Municipalización…

    Si fuera ese, para mí carecería de sentido sostenerlo, no solo porque cada vez menos gente necesita de este y por tanto no se les aparece –para ser exactos, cada vez “hay más fanáticos del Barça o del Real Madrid que de ” …; se lo dice el padre de uno de 8 años, y le juro que mi influencia al respecto ha sido nula– sino también por el creciente coste que eso supondría, al no depender exclusivamente de lo que haga o invierta el estado cubano. Yo diría que en el mundo actual la cosa va más de lo que hagan los otros, influidos sobretodo por lo que demande el público mundial, del cual no somos más que una minúscula fracción.

    Mi propuesta para romper el espejismo es sencilla: renunciar al mismo. Quizás ha llegado el momento de que las autoridades se ocupen de luchar en serio por que se alcancen los fines más legítimos del Deporte: que los ciudadanos se ejerciten físicamente en las condiciones apropiadas; que se propicie que los eventos deportivos, con independencia de su patrocinio, proporcionen el máximo esparcimiento a los ciudadanos ¿Se le ocurre otro fin?

    Sobre el primero, el más difícil, creo que se llegaría bastante tarde, pero algún día habrá que empezar. Sobre el segundo, y para el caso de la Pelota en particular, me atreveré a emitir dos sugerencias. La primera es que se potencie la “capacidad de decisión en los mánagers de los equipos provinciales y en los nacionales” dándole mayor autonomía a los equipos, obviamente a través de sus directivos -mánagers incluidos. Un equipo es una empresa. A eso me refiero. La segunda es que se abandone lo esencial del esquema territorial. Por supuesto, los equipos requieren de una sede. Lo que propongo es que, por principio, el alistamiento de los jugadores se desligue del aspecto territorial. La inclusión de un pelotero en la nómina de un equipo debería ser más el resultado de una negociación equipo-jugador, lo más igual a igual posible. Esto, por supuesto, sería extensible a todos los empleados de un equipo.

    Mi segunda propuesta se basa, simplemente, en la evidencia.

    Me parece que ambas propuestas no serían otra cosa que un paso intermedio, imprescindible para lidiar con el inexorable futuro que se nos avecina.

    Un saludo especial de alguien que no sigue ningún deporte, pero que sí los disfruta y practica.

  2. Frank

    Seguimos machacando sobre mojado. LO vuelvo a repetir, hace rato ya que nuestros directores de equipos no dirigen ellos al Cuba, recuerdan las caras y papelazos de los últimos 5? 5 directores diferentes, con mentes diferentes , ganadores en nuestra nacional, de cierta manera algo más innovadores que los otros, llegan a los mundiales y clásicos y no aplican ninguna de las fórmulas que los ayudaron a distinguirse, hacen una rotación desastrosa del pitcheo que ya fue mal escogido de antemano y mueven el banco de una forma que parecen niños amateurs experimentando. Por favor que me convenzan a mi que de esas decisiones son de ellos . Eso sin hablar de las demás cosas que menciona Padura. En fin la pelota.

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