Con moraleja y final feliz

Havanastation: el hit del verano.

Radio Rebelde

Carlos y Mayito son capaces de olvidar sus “diferencias” para convertirse en auténticos amigos

Conseguir que una película de ficción logre divertir y establecer una comunicación inmediata con el público más joven y con los adultos al mismo tiempo no es cosa fácil. Pero la esquiva fórmula del éxito, más codiciada incluso que el vampisol, parece ser un patrimonio familiar, a juzgar por las expectativas generadas por Havanastation, el primer largometraje de ficción de Ian Padrón.

El joven cineasta ya había probado su capacidad para atraer la atención del gran público sobre su trabajo, cuando su documental Fuera de liga, dedicado al equipo de béisbol de la capital, Industriales, fue excluido de los circuitos oficiales de exhibición, pero alcanzó una gran difusión por canales alternativos, incluidos los bancos particulares de alquiler de DVDs.

Por el contrario Havanastation ha disfrutado de una buena promoción y sin dudas se ha convertido en la película más popular de este tórrido verano – aunque tampoco hay mucho donde escoger-, a juzgar por las grandes colas frente a los cines de estreno para satisfacción de su director, quien ha declarado que su mayor premio ha sido ver la sala colmada de público de todas las edades.

Y aunque apenas comienza su andadura por el circuito de Festivales Internacionales, la película ya recibió su primer reconocimiento, el Founders Prize Best of Fest, en la categoría Founders awards del Festival Traverse City, en Michigan, compartido con Romantics anonymous, del director francés Jean-Pierre Améris.

Como casi toda obra artística, Havanastation tiene defensores y detractores. Algunos sostienen que su aceptación se debe sobre todo al uso de fórmulas ya conocidas y explotadas en diversas cinematografías (especialmente en Hollywood), con probada efectividad, mientras otros aprueban su intención de mostrar ciertos aspectos conflictivos y menos divulgados de nuestra realidad. En mi opinión parte de su logro radica precisamente en la acertada conjunción de ambos aspectos.

Ciertamente Ian Padrón acude en Havanastation a un esquema ya utilizado tanto en dramas como en comedias a lo largo de la historia del cine, al plantear de manera paralela la historia de dos individuos de diferentes estratos sociales, cuyos caminos se cruzan por determinadas circunstancias y, a partir de ese encuentro, se ven compulsados a revisar sus presupuestos de vida y referentes éticos.

Sin embargo, uno de los aciertos del realizador es la adaptación orgánica de ese esquema a la realidad cubana, para mostrar determinados problemas y contradicciones vigentes aquí, aún cuando no logre esconder del todo las huellas de sus modelos, ni pretenda desenterrar las causas que han originado esa situación, en un país que durante décadas se había planteado borrar definitivamente las diferencias sociales y elevar de manera equilibrada el nivel de vida de sus ciudadanos.

En su empeño Padrón juega con varias cartas a su favor. Una historia con las proporciones justas para entretener y hasta inquietar (pero no demasiado), por la suerte de sus personajes, bien calzada por el profesionalismo de la fotografía y la banda sonora, especialmente de la música, y con la frescura y simpatía de sus dos protagonistas, interpretados con acierto y gracia por los niños Ernesto Escalona y Andy Fornaris, del grupo de teatro infantil y juvenil “La Colmenita”.

Los detractores, em cambio, opinan que se trata de una historia demasiado “light”, que se queda en la superficie y no profundiza en los orígenes de esas desigualdades, que lejos de desaparecer aumentan cada día, aunque la brecha aún no resulte tan visible e insalvable como en otras sociedades.

Algunos temas que podrían haber sido polémicos, apenas quedan esbozados a lo largo de la trama, como la responsabilidad de esa joven maestra en el extravío de uno de sus alumnos, la presencia de una retórica oficial que se ha ido vaciando de su verdadero sentido, o el gasto de recursos en grandes movilizaciones, sugerido por esa gran panorámica de un paradero de ómnibus repleto de vehículos dispuestos para el traslado de los participantes en el desfile del 1º de mayo.

A partir de la historia de dos niños que han crecido en barrios distantes no sólo en el sentido físico, sino social y familiar aunque son compañeros de clase, Padrón parece más interesado en reflexionar sobre la manera de enfrentar y sobrellevar esas diferencias en especial dentro del ámbito educativo e involucrando directamente a los padres y a la escuela, más que en el análisis y la crítica a ese estado de cosas.

Resulta significativo que el origen de los recursos de la familia que posee un nivel de vida superior al de la media de los cubanos, es totalmente legítimo. No hay por aquí funcionarios corruptos ni actividades ilegales, una práctica ya bastante habitual entre nosotros y que hubiera obligado al director a penetrar en un terreno mucho más complejo que tal vez lo desviaría de su objetivo principal.

La pareja compuesta por un músico de éxito y su esposa, disfrutan del “privilegio” de una buena casa, con auto en el garaje, despensa bien surtida y viajes al extranjero, y además exhiben una buena educación y son portadores de determinados valores que tratan de transmitir a su hijo, como la disciplina y el amor al estudio.

Un hogar que parecería perfecto si no fuera por la sobreprotección de los padres hacia el muchacho, lo que a la larga afecta su capacidad de valerse por sí mismo, el empeño en protegerlo de amistades poco “adecuadas”, lo que también limita su relación con otros niños, o el marcado interés por complacer sus gustos, aunque resulten un poco costosos y no se encuentren al alcance del todos sus compañeros de clase.

Del otro lado se encuentra una familia “pobre pero honrada”, como se decía en otros tiempos, en la que falta la figura de la madre fallecida y donde el padre está pagando una condena en la cárcel por defender un código ético engendrado en un medio donde es necesario luchar cada día por la subsistencia, incluso a través de la violencia.

Un día Mayito se ve catapultado al mundo real, ajeno y hostil al que pertenece Carlos, que sin proponérselo se ve convertido en una especie de lazarillo en un barrio con pésimas condiciones de salubridad, hacinamiento y hasta pobreza. Sin embargo, Mayito aprende por experiencia propia la necesidad de valerse por sí mismo, el esfuerzo y el placer que produce trabajar para obtener cualquier cosa, o simplemente de bañarse en el aguacero en compañía de otros niños. Carlos, por su parte, empezará a cuestionarse un código ético basado en la violencia, que en cierta medida fue el causante de la separación de su padre.

Como era fácil suponer desde un principio, tras algunas peripecias simpáticas y otras situaciones difíciles y hasta peligrosas, los niños aprenden nuevos valores y lealtades imprescindibles en un entorno donde la solidaridad es vital, en tanto todos dependen de los otros en algún momento. Y en ese toma y daca, Carlos y Mayito son capaces de olvidar sus “diferencias” para convertirse en auténticos amigos.

Con todos estos ingredientes, se explica que la película logre alcanzar una buena comunicación con niños y adultos, pues si unos disfrutan de las aventuras infantiles, los otros serán inducidos a reflexionar sobre el tipo de educación que podemos o debemos darles a nuestros hijos y la influencia que esta tendrá en la creación de valores a lo largo de su vida y para su futura inserción en la sociedad.

A pesar de algunas preguntas e inquietudes que perduran al terminar su proyección (¿cómo detener el proceso de marginalización en algunos sectores de la sociedad? o ¿cuánto influyen el entorno y la familia en la formación de valores?, entre otras), Havanastation resulta una película con moraleja y final feliz que instala a Ian Padrón entre las jóvenes promesas del cine cubano actual.

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