Cuando sea grande…

Lucía López Coll desentraña los misterios de la vocación.

Jorge Luis Baños - IPS

El contexto y la coyuntura son definitorios a la hora de elegir profesión

Si mi mamá me preguntaba qué iba a estudiar cuando fuera grande, yo decía lo primero que me venía a la mente, aunque casi siempre respondía “maestra”. Claro que cuando tenía 5 o 6 años adoraba a mi “seño”, una cariñosa, educada y respetable señora, que al final del curso hasta me obsequiaba un libro (pagado de su propio bolsillo, ver para creer), a modo de reconocimiento por mis excelentes notas y buena conducta.

Las cosas cambiaron un poco cuando llegué a cuarto grado, pues la nueva maestra, una bonita joven con minifalda, tenía la peculiar costumbre de lanzarle el borrador a los niños que hablaban en clases. Sus métodos eran poco ortodoxos pero bastante efectivos, ya que después de unos cuantos tiros de advertencia, los indisciplinados preferían enmendarse para no correr riesgos innecesarios. Sin duda alguna este es un ejemplo clásico de vocación equivocada, pues la profe gozaba de tan buen control, velocidad y dominio de la zona de strike, que habría sido un pitcher estelar en cualquier equipo de pelota. Pero todos tenemos un mal día y aquella vez su primer lanzamiento se le quedó alto. A Ricardito se lo llevaron corriendo al Policlínico donde le dieron tres puntos en la frente. Dudo que a mi ex compañero de clases, donde quiera que esté, se le haya olvidado aquel death ball que le dejó como recuerdo una simpática cicatriz.

Quizá eso influyó negativamente en mi incipiente vocación y con el paso de los años fui olvidando mi infantil inclinación hacia el magisterio. Durante el período de la escuela al campo, mientras cursaba la secundaria, en los campamentos se organizaban charlas nocturnas sobre la necesidad de maestros y se trataba de convencer especialmente a los militantes y a los mejores alumnos para que optaran por las carreras de Pedagogía. Yo me debatía entonces entre “dar un paso al frente” y la terrible evidencia de mi falta de interés hacia esa profesión. ¿Sería falta de vocación o quizá el resultado de aquella singular experiencia con la maestra de malograda vocación beisbolera?

El problema es que tampoco se me ocurría qué otra cosa podía estudiar, ni a qué me iba a dedicar en el futuro pues me gustaban tanto las letras como las ciencias, aunque detestaba la geografía, tal vez por mi congénita falta de orientación. Sin embargo, no tenía dudas de que iba a continuar mis estudios en la Universidad pues en aquellos años era lo que se esperaba y se necesitaba de nosotros los jóvenes. También nuestros padres, que ni lo habían soñado para ellos, sí soñaban con ver a sus hijos descender los peldaños de la famosa escalinata universitaria con el Diploma en la mano, aunque después de cinco años uno descubriera horrorizado que en lugar de ingeniero en realidad uno quería ser humorista.

Casi al terminar el Pre-universitario mi mamá estaba cada vez más preocupada con mi falta de “vocación”. En aquella época se discutía mucho sobre ese concepto tan lleno de sutilezas. ¿Existe la vocación o simplemente se trata de un rezago pequeño-burgués? Y si en verdad existe ¿se debe seguir esa disposición natural o por fuerza mayor (especialmente si lo requiere el país), debemos ignorarla para responder al llamado del deber?

Creo que el misterio de si existe o no la vocación aún está por resolver aunque tratándose de un asunto tan complejo no hay respuestas simples. Tal vez el día menos pensado nos sorprende la revelación de un talento ignorado hasta entonces, o quizá nunca lleguemos a descubrirlo y transitemos por la vida sin poder desarrollar nuestras verdaderas habilidades. ¿Acaso todos nacemos con alguna vocación o son las circunstancias las encargadas de orientarnos en un sentido o en otro?

Porque vamos a ver, yo soy de esas personas incapaces de vender un vaso de agua en medio de un desierto, y por eso supongo que si me hubiera tocado en suerte tener 16 o 17 años en esta época, habría sido una total fracasada en comparación con algunos jóvenes de mi barrio que a esa temprana edad tienen su vocación muy bien definida y hasta tienen montado un negocio de venta de viandas y vegetales. Y es de admirar su talento innato para convencerte de que ellos venden el mejor producto y el más barato. Supongo que cuando los padres les preguntaban a esos niños lo que deseaban ser cuando crecieran, contestaban algo así como “vendedor”, “comerciante” o “viandero”, profesiones que en mis años de estudiante no eran tan atractivas ni tenían tanto prestigio como hoy.

Seguramente el contexto y la coyuntura son definitorios a la hora de elegir profesión y si ahora tuviera su edad posiblemente sería como ellos y no habría tardado tanto en encontrar mi extraviada vocación. Quizá yo me habría inclinado por la venta de dulces variados o bisutería, ocupaciones al parecer mucho más rentables económicamente que casi todas las carreras universitarias.

Ocurre en ocasiones que uno descubre su verdadera vocación un poco tarde, (aunque ya se sabe que nunca es tarde si la dicha es buena). Yo incluso he pensado a veces en olvidarme del periodismo y dedicarme a la albañilería o a la plomería, sobre todo cuando he tenido necesidad de realizar alguna obra en la casa que requiere del trabajo de alguno de esos operarios, cuyos oficios sin duda se cuentan entre los más solicitados y mejor remunerados en todo el país. Aunque confieso que más atractiva me resulta la carpintería si bien se trata de un trabajo bastante raro entre las mujeres, e incluso entre los hombres, debido a la dificultad de acceder a la materia prima, un recurso demasiado valioso para malgastarlo en muebles y otras chucherías. Pero si alguna vez la madera empieza a comercializarse de manera liberada, como los materiales de construcción, quizá todavía esté a tiempo de reorientar mi vida y hacer como esas personas que inclusive han alcanzado la tercera edad y todavía están dispuestas a empezar de nuevo, impulsados por el loable deseo de desarrollar sus verdaderos talentos.

He conocido médicos que en sus ratos libres o una vez jubilados, se dedican a alquilar su carro, porque en lo profundo de su ser quizá siempre habían soñado con ser taxistas. Y hasta tengo una amiga productora de cine que se decidió a rentar uno de los cuartos de su casa en El Vedado y de pronto ha descubierto sus dotes como administradora, asistente de limpieza y cocinera, todo en uno, y se siente de lo más feliz de la vida.

Otros se dan cuenta mucho antes de que han cometido un error al escoger una profesión equivocada. Rectificar a tiempo es de sabios, como escuché decir a un veinteañero que hacía cola en el rastro para comprar materiales. Según le relataba a un amigo, el muchacho había estudiado enfermería pero muy pronto descubrió que aquello no era lo suyo. “Es un trabajo con mucha responsabilidad”, decía. “Imagínate que si un día inyectas a un niño y empieza a sangrar un poco, la madre te quiere comer, y por doscientos y pico de pesos al mes no vale la pena. Así que lo dejé y eso es lo que gano en un día por chapear un patio o cargando materiales de construcción”.

La gran movilidad social ha beneficiado mucho a los cubanos y ya los hijos no están obligados a heredar el oficio de sus padres para continuar la tradición familiar. En la época pre revolucionaria si tu padre era carpintero o zapatero, casi por plantilla te tocaba ser carpintero o zapatero porque el mismo viejo se encargaba de enseñarte su oficio, aunque no tuvieras vocación. Ahora nadie espera que el hijo de un campesino se dedique también a ese trabajo tan duro y al parecer extremadamente complejo, a juzgar por las múltiples dificultades que todavía sigue afrontando la agricultura en nuestro país.

Particularmente recuerdo de pequeña a unos primos lejanos que entonces vivían cerca del deslucido (y para mi entrañable) pueblo de Batabanó, en las afueras de La Habana, y cuyos padres tenían una pequeña finca. Ellos habían sido campesinos toda la vida y aunque deseaban que sus hijos se “superaran”, aspiraban a que en el futuro los jóvenes conservaran el terruño. Pero los muchachos sólo pensaban en salir de aquel “atraso” que representaba vivir en una casa de tablas de palmas, sin electricidad, agua corriente y otras comodidades de la vida moderna. En cuanto pudieron se marcharon (más bien escaparon) del pueblo para no volver: uno empezó a trabajar de chofer de la ruta 38 y el otro estudió en una escuela de deportes y se hizo maestro de educación física y nunca más pusieron un pie en medio de un surco de aquella tierra “colorá”.

Sin embargo últimamente se escuchan historias de personas nacidas en la ciudad, que cuando tuvieron la posibilidad de trabajar un pedazo de tierra aunque fuera en usufructo, abandonaron la vida citadina y se convirtieron en campesinos sin contar con ninguna experiencia anterior. ¿No estamos aquí ante una prueba prácticamente irrefutable y ejemplar de ese gran enigma que llamamos vocación?

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